ENTREVISTA AL GENERAL (R) ODLANIER MENA, EX DIRECTOR DE LA CNI
"No tengo por qué pedir perdón"
El general que asumió la dirección de la CNI cuando Pinochet resolvió disolver la DINA y pasar a retiro a Manuel Contreras, asegura que en su período no hubo secuestros ni desapariciones. Dice que no le corresponde meter las manos al fuego por lo que haya ocurrido antes o después de él, pero hace fe de que el ex comandante en jefe del Ejército nunca dio una orden para que torturaran o asesinaran a nadie.
Aunque retirado del quehacer público, el general (r) de Ejército Odlanier Mena Salinas, ex director de la CNI, volvió al tapete noticioso con la incorporación de su nombre en la lista de los 38 ex funcionarios del régimen militar "extraditables" que elaboró el juez español Baltasar Garzón.
Aunque él dice desconocer los motivos de esa inclusión, presume que fue porque ese magistrado está investigando a los responsables de la "Operación Cóndor", que se habría desarrollado entre los años 1976 y 1983. Mena señala que tal vez esa operación existió, pero asegura que él nunca vio ni escuchó nada relacionado con ella.
Próximo a cumplir 73 años de vida, se siente aún "un soldado del Ejército chileno" y, como tal, guarda plena lealtad a su institución, al ex comandante en jefe, Augusto Pinochet, y al actual titular de esa rama castrense, Ricardo Izurieta. Hay otro militar con quien tuvo una muy tensa relación, pero de quien casi prefiere no hablar: el general (r) Manuel Contreras, quien dirigió la DINA, el organismo de seguridad que antecedió a la CNI.
Casado desde hace 48 años, tiene tres hijos y 10 nietos. Su hobby es la pesca y siente una atracción especial por el bonsai. Avido lector de libros de historia, novelas y literatura chilena, confiesa que una de las peores cosas que le podría ocurrir es quedar ciego.
–¿Por qué, a su juicio, la detención de Pinochet derivó en este debate sobre los derechos humanos?
–Realmente, el tema de los detenidos desaparecidos, nunca lo hemos dejado de discutir, no obstante que los elementos han quedado muy claramente definidos en todas partes. Y obviamente, con la situación del general Pinochet, nuevamente ha adquirido relevancia.
–¿En qué sentido ha quedado establecido el tema de los desaparecidos?
–En el sentido que creo que en nadie persiste duda de que no están presos, que están detenidos y desaparecidos. No fueron detenidos en una cancha de fútbol y asesinados ahí. Eso fue probablemente producto de cosas locales, hechas por gente muchas veces subalterna, sin el conocimiento de los superiores.
–¿Diría, entonces, que la mayoría de los casos de detenidos desaparecidos están muertos?
–Sí, yo diría que la mayoría hay que suponer que están muertos, después de tanto tiempo. Otros estarán en otra parte, con otra identidad.
–Coincide, básicamente, con la versión de Manuel Contreras Valdebenito, quien dijo que los detenidos desaparecidos están muertos.
–Le rogaría que no me haga coincidir con nadie más que con mis propias expresiones.
–General, el debate sobre ese tema rebota en una etapa de Chile que fue muy conflictiva y en la cual a usted le tocó alguna responsabilidad, como director de la CNI. ¿Cómo fue para usted la experiencia de asumir ese cargo?
–Fue de una responsabilidad muy grande. Asumí el cargo sabiendo el costo que esto me significaba. Me recibí como conductor y no sabía si iba a continuar con los mismos carros o si tenía que separar a algunos en alguna de las bifurcaciones.
–¿Y cómo lo hizo? ¿Tuvo que separar "carros" o no?
–Indudablemente. Creo que fue notorio, en el reconocimiento general de la población, el que se separaron algunos carros.
–¿Había prácticas que usted eliminó?
–No voy a hacer críticas a ningún organismo que me haya antecedido o sucedido.
–¿Pero existió alguna diferencia de métodos de trabajo entre la DINA y la CNI que usted dirigió?
–Sí, hubo diferencias, pero me abstengo de ahondar en eso, porque hay profusa literatura en Chile que habla precisamente sobre ese hecho.
–¿Es común que organismos de inteligencia recluten a gente del enemigo por medio de la tortura?
–No. Eso es desconocer absolutamente el modo en que funcionan los organismos de inteligencia. Si hay un aspecto difícil, es el reclutamiento de personal. La persona a reclutar debe estar muy motivada para que trabaje en un ambiente tan diferente a una persona normal. Muchas veces deben asumir otra personalidad, o quizás un pasado que no existe y que muchas veces es fabricado. El hilo que une estas lealtades es únicamente la fidelidad a una causa. Por eso, es una aberración incorporar a una persona torturada a un organismo de seguridad. ¿Qué seguridad puede darle una persona así?
–Se lo pregunto porque en los libros El Infierno, de Luz Arce, y Mi verdad, de Marcia Merino, ellas cuentan cómo, siendo militantes de izquierda, fueron detenidas y torturadas salvajemente. Luego pasaron a ser analistas de un equipo de la DINA. ¿Usted las conoció?
–Yo supe de esos casos. Y tienen relación con lo que le acabo de decir. ¿Cómo puede pensarse que una persona que ha sido reclutada de una forma tan rara pueda ser confiable? No recuerdo haberlas conocido... pero creo que eran tres casos que estaban afectados por lo mismo.
"no existió ninguna orden"
–¿Cómo responde usted a las acusaciones que se hacen en Londres y España en cuanto a que en Chile se violaron los derechos humanos en forma sistemática por parte de agentes del Estado en esos años?
–Yo digo que es categóricamente falso el que se hayan violado sistemáticamente o que se haya obedecido a una orden de aniquilamiento. Jamás existió ninguna orden. El propio señor Garzón sabe que nunca existió eso. O sea, hubo violación a los derechos humanos –en todas las revoluciones las ha habido, especialmente allá en España–, pero que haya sido una política sistemática del gobierno, lo descarto categóricamente.
–Entonces, ¿por qué considera que usted es una de las 38 personas extraditables que figura en la lista del juez Baltasar Garzón?
–No sé cuáles son los cargos, los desconozco. Presumo que pueda requerirme para indagar información sobre el "Plan Cóndor". Según este juez, ese plan habría tenido su desarrollo entre 1976 y 1983. Yo fui director de la CNI entre 1978 y 1980, o sea, en el medio del período que él señala. Tal vez existió ese plan, pero yo nunca tuve conocimiento de él durante mi gestión de casi tres años. Y presumo que los que me sucedieron en el cargo tampoco tuvieron ninguna participación.
–Si hubo violaciones a los derechos humanos, pero no fueron sistemáticas, como usted dice, ¿cómo fueron?
–Locales, diversas en épocas, en lugares y en distancias. El Partido Socialista particularmente la corriente de Núñez y Escalona, insisten en que se entreguen relaciones de los detenidos desaparecidos y señalan que no descansarán, aunque aparezcan los cuerpos. Pero es muy difícil que aparezcan los cuerpos, porque tendrían que estar todos juntos en alguna parte. Tendría que haberse llevado estadísticas ¿Le parece que alguna autoridad podría aceptar que se hubiese hecho eso sin investigarlo? No. O sea, no tiene destino esta política que persigue el PS, salvo una revancha permanente, un ostentar una bandera de lucha. Yo creo que es absolutamente inmoral usar los derechos humanos como bandera política. Entiendo el dolor de las personas, lo comprendo. Quien ha perdido un familiar, al marido, obviamente que tiene que tener un dolor. Pero generalmente el dolor se internaliza, las personas lo asumen. Ahora, si predomina el deseo de venganza, entonces es una deformidad del dolor o hay una maquinación para mantenerlo así.
–General, cuando usted asumió, había una serie de cuarteles de la DINA que pasaron a la CNI. Siguieron abiertos. ¿A usted le tocó visitar esos lugares y comprobar cuál era el tratamiento a los presos?
–Conocí todo, sí. No eran cárceles todas las instalaciones de la CNI, eran oficinas, eran laboratorios, eran muchas cosas, porque se cambió de rumbo. Hubo un cambio de funciones. El trabajo que yo asumí era de análisis, de inteligencia. Pero sí revisé todas las instalaciones, por supuesto.
–¿Diría que después que usted asumió allí no se cometieron torturas?
–Ninguno de mis subalternos ha sido procesado jamás por problemas de los derechos humanos. Antes habría sido yo procesado, porque era el responsable de la organización.
–Pero igual hay denuncias de violaciones a los derechos humanos en esos años que le tocan a usted. ¿Cómo enfrenta esa situación? ¿Leyó el Informe Rettig?
–No sé si es tan así que me toquen a mí. Sí leí el Informe Rettig. Este, en el libro negro que tengo por ahí, también hace una pequeña declaración: en tal fecha se recibió el fulano de tal y disminuyeron notoriamente los secuestros. No es que disminuyeran, no hubo secuestros ni desapariciones. Pero eso ha quedado como quedan las cosas en la mente de las personas. Una de mis preocupaciones principales fue que no se cometieran abusos y que se actuara en forma absolutamente legal. Por el Informe Rettig supe después de algunos casos que habían ocurrido contemporá-neamente y que yo no conocí en su momento. Recuerdo el caso de un profesor de apellido Alvarez, que llegó detenido y murió en la instalación. Pero este hombre venía con una fractura en el cráneo porque había tenido problemas con Carabineros. Entonces, se hizo un proceso donde todo quedó aclarado.
–O sea, ¿lo que afectó más a la CNI fue la imagen que heredó del organismo anterior (la DINA)?
–Tendrían que contestar las otras personas. Yo asumí mi responsabilidad y le di la orientación que estimé que debía darle a un organismo de este tipo.
el té envenenado
–Usted elude hablar de su antecesor, Manuel Contreras, pero importa mucho saber cuál era su relación con esa persona, con quien llegó a tener una rivalidad tal, que trascendió incluso que él una vez lo intentó envenenar a usted.
–Eso les importará saber a las otras personas, pero a mí no. Yo trato de no establecer ninguna relación. Yo asumí en un momento determinado y di mi orientación a la organización que estaba bajo mi responsabilidad. Acepté responsablemente el puesto, sabiendo el costo que eso iba a tener para mí y para mi familia en el futuro. No estaba en una burbuja.
–Pero ese incidente del envenenamiento usted mismo lo hizo explícito una vez.
–Por supuesto que sí. Cuando hubo una presentación de él (Contreras) a la Corte Suprema, que trajo los resultados que todos estamos viendo, obviamente que creí necesario representarlo, porque fue un hecho de la causa, además está en el proceso.
–¿Y qué sentimientos guarda hacia una persona que trató nada menos que de envenenarlo?
–No tengo sentimientos de venganza.
Aunque Mena se niega a comentar directamente si en el caso del juez Garzón influyó el recurso de revisión que el general (r) Contreras envió a la Corte Suprema, donde señala que él sólo recibía órdenes de Pinochet, meses atrás reaccionó con indignación al conocer el contenido de ese recurso. "Es el broche de oro de su paso funesto por la historia de Chile", dijo entonces.
–Se sabe también que usted colaboró con el gobierno militar en el esclarecimiento del caso Letelier, entregando antecedentes. Eso lo enemistó con Contreras.
–Yo hice lo que me correspondió hacer. Inicialmente nadie sabía quién era el señor Wilson. Cuando determiné que en realidad era Townley, tuve acceso a él, a través de los medios correspondientes, y determiné que existía la posibilidad de que se hubiese cometido delito, hice lo que me correspondía: di cuenta a la justicia militar y al presidente de la República (Pinochet). Fue el presidente y comandante en jefe del Ejército quien dispuso que estos antecedentes pasaran a la justicia militar.
–¿Eso ocurrió antes o después de haber asumido usted en la CNI?
–Por supuesto que fue después. Al mes de haber asumido.
–Se lo pregunto porque la imagen de Contreras ya era difícil desde antes frente al general Pinochet. De hecho él lo sacó del puesto porque había una serie de acusaciones que recomendaban el cambio.
–Yo creo que ése es un elemento bastante valioso que cualquiera puede inferir. Si en un momento determinado a la cabeza de un organismo había una persona y se puso a una persona públicamente diferente, distinta, opuesta, por no decir antagónica a la anterior, quiere decir que hubo un propósito de hacerlo. No escapaba al conocimiento de mi general Pinochet cuál era la situación con respecto al antecesor.
–¿Qué pasó después de todos estos años con la gente que trabajó en los servicios de seguridad? ¿Dónde están? ¿Qué hacen hoy?
–No sé. Muchas veces me encuentro con muchos de ellos por ahí por las calles, con trabajos o dedicados a otras cosas, no en la Oficina del Espía, ésa que se cerró el año pasado, sino que trabajos normales.
–¿Se han reinsertado en la sociedad civil?
–Los que yo conozco están bien. Recién estuve en contacto por teléfono con uno de mis ex agentes, por así decirlo, y me saludó con mucho agrado.
–¿No están algunos de ellos asustados por las posibles reaperturas de procesos?
–De las personas que yo conocí y con las que trabajé, ninguna diría yo.
–¿Qué salida ve al tema de los derechos humanos?
–Mire, yo creo que ese tema se ha mantenido exacerbado por espíritu de revanchismo por un montón de personas que lo utilizan como bandera política. Eso es muy inmoral. ¿En algún momento esas personas piensan que puede haber concordia y paz en este país, si no hay olvido o no hay –si usted quiere– perdón? ¿En algún momento piensan que puede haber? No creo. Porque si las cosas se ponen como las dice el señor Núñez, muy irresponsablemente, en el sentido de que no basta con que aparezcan todos los cadáveres, sino que debe haber justicia, ¿cuándo piensa él que puede haber paz en Chile? ¿Cuándo supone que podemos ser una nación unitaria y civilizada? Nunca. Porque no hay solución a estas cosas. Los procesos pueden quedar abiertos, seguramente van a quedar abiertos, ¿pero es lógico que permanentemente se esté hablando sobre esos procesos? ¿Cómo piensan gobernar el país, si es que ganan las elecciones?
–Quizás ayudaría el reconocer los excesos que se puedan haber cometido en materia de violaciones a los derechos humanos.
–Pero si ya lo expresaron, con una claridad meridiana, el general Pinochet y el general Izurieta. Hace poco, el almirante Arancibia también dijo: ‘Yo reconozco y pido disculpas por mis errores, pero no como institución, mi institución no cometió errores’.
–Cuesta creer que los superiores de una institución no supieran lo que estaban haciendo sus subalternos, más aún en instituciones militares, jerarquizadas, en que se llevan registro diario de quién entra y sale de un cuartel.
–Yo no sé si es tan así o no la cosa. Pero le insisto: con la filosofía de los señores Escalona y Núñez, ¿tendremos alguna vez unidad?
no cabe pedir perdón
–¿Usted piensa que no cabe pedir perdón?
–Pero por ningún motivo, si las instituciones no fueron responsables.
–¿Y en lo personal?
–No tengo por qué, en mi período no hubo secuestros ni desapariciones.
–Usted podrá dar fe del período suyo, ¿pero pondría las manos al fuego por períodos anteriores?
–No tengo por qué hacerlo. No es mi papel.
–Los militares argentinos comprometidos en abusos a los derechos humanos se han atrevido a declarar. ¿Por qué no sucede aquí lo mismo?
–Porque las características de las instituciones armadas son completamente distintas de un país a otro. Ellos se han visto en la necesidad de declarar por factores que ellos sabrán. Pero el fenómeno que se dio en el Ejército argentino con los "carapintadas", aquí no se daría nunca. Precisamente porque somos distintos.
–El general Martín Balza pidió perdón al pueblo argentino por los abusos cometidos. ¿Por qué el general Pinochet no ha hecho lo mismo?
–Primero, porque no se siente responsable y yo creo que no es responsable. No olvide que fui tres años director de la CNI, inmediatamente después de Contreras. Y segundo, aunque el general Pinochet tuviera ese gesto, no llegaría la reconciliación, porque como le dije anteriormente, el senador Núñez dijo que ni aunque aparecieran los cadáveres aquí habrá paz.
–¿Se equivocó, entonces, el general Pinochet cuando dijo que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera?
–Yo no creo que él se equivocó al decirla. Sí creo que esa frase fue distorsionada. Un presidente conoce lo que pasa en el país, pero es imposible que conozca todos los detalles, ello es humanamente imposible. El general Pinochet no sabía todo lo que pasaba en Chile, no conocía todos los detalles. El general Pinochet nunca, y hago fe, ha dado una orden para que torturen ni asesinen a nadie.
–A propósito de la detención de Pinochet, el general Garín dijo que si no lo liberaban podrían producirse desórdenes, no descartando una insubordinación militar. ¿Qué cree usted?
–Yo no hago comentarios sobre lo que han dicho otros generales.
–¿Y qué piensa usted que puede pasar en el Ejército si no liberan a Pinochet?
–Habrá una profunda frustración, que no la quitará el paso del tiempo, porque habríamos visto que han predominado sobre los intereses del país, intereses sectoriales, de pequeños grupos, en quienes ha predominado el odio, la revancha, la venganza.
–¿Usted cree que se puede producir algún movimiento al interior del Ejército?
–No, las Fuerzas Armadas son absolutamente disciplinadas. Claro que todos los materiales tienen cierta capacidad de resistencia y, por muy fuertes que sean, llegan a un punto de quiebre, debido a la presión que han soportado. Por eso es peligroso que se siga promoviendo el odio, que se siga denostando, acosando.
–Usted presidió un organismo como la CNI que fue vinculado siempre a la DINA. Un slogan de la izquierda era: ‘DINA-CNI asesinos del país’. ¿Se ha arrepentido alguna vez de haber ejercido ese cargo?
–No, no me arrepentí y por los fundamentos que el general Pinochet me dio al ofrecerme el cargo, siendo yo embajador en Uruguay, encontré que era patriótico recibirlo.
–¿En algún momento le dolió algo que pudo haber ocurrido por su responsabilidad en ese cargo?
–En términos generales, creo que no. Estoy orgulloso del trabajo que realicé, creo que era necesario y creo que hice todo lo que pude hacer en beneficio del país, y yo creo que en beneficio de la democracia. Incluso mucho más de lo que muchos demócratas hablan por ahí, porque lo hice personalmente, con riesgo personal.
–¿Tuvo costos personales, con su familia, su esposa, o sus hijos?
–No, somos una familia muy unida.
–En estos días hemos visto el caso del hijo de Manuel Contreras que muestra otra cara de este drama. El reconoció que los desaparecidos están muertos y eso lo enemistó con su padre.
–Yo tengo la suerte de tener una familia muy unida.
Cristina Hurtado y Oscar Sepúlveda
Revista Cosas
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