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Manriquez Pearson Ricardo

Ejercito - Capitan

  

2 de Mayo 2004 La Nacion

Nuestro hombre en Honduras

Con la noticia publicada el 12 de abril en La Nación un escalofrío recorrió a numerosos chilenos que fueron víctimas de tortura en los primeros meses tras el golpe militar. El entonces capitán de Ejército Ricardo Manríquez fue ubicado por LND hace un mes cuando se desempeñaba como cónsul general de Chile en Honduras.

En San Fernando y sus alrededores, los ex prisioneros políticos revivieron los tormentos, aplicados a veces con sus propias manos, y al leer la información sobre su paradero sintieron “repugnancia”. Rápidamente se movilizaron y redactaron una carta para el Presidente Ricardo Lagos, la que firmaron todos los partidos de la Concertación de la VI Región. Se la entregaron en sus manos en una ceremonia en Rancagua.

En el texto recordaron la crueldad que sufrieron “bajo las órdenes de este repugnante personaje”. Le solicitaron que dispusiera las “medidas necesarias para impedir que un torturador como el capitán (R) Ricardo Manríquez Pearson, continúe representando a nuestro país en Honduras, o en otro cargo de representación diplomática”.

Otras víctimas suyas comenzaron a enviar a La Nación correos electrónicos denunciándolo desde el extranjero, o mandaron cartas al director. Manríquez, que hoy tiene el grado de mayor en retiro, fue llamado por el gobierno para regresar a Chile. Se le quitó su calidad de cónsul general y se le ordenó ponerse a disposición de la justicia en San Fernando por el caso del detenido desaparecido Justino Vásquez Muñoz. También por las torturas de las que le acusan sus víctimas. “Ya no es cónsul y su carrera en esta Cancillería está acabada”, admitió un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Sin embargo, “el nazi” Manríquez, como lo recuerdan los ex prisioneros con su tez blanca y sus grandes orejas, sigue teniendo la calidad de diplomático “sin destinación” y continúa recibiendo sueldo del Estado. Su historia aparece justo ahora que el gobierno está recopilando sucesos del horror a través de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y la Tortura. En el consulado de Chile en la capital Tegucigalpa dijeron a LND que Manríquez “estaba afuera” y que “no sabemos cuando regresa”.

Manríquez fue después del golpe el jefe de la inteligencia militar en la provincia de Colchagua adscrito al regimiento de San Fernando, y como tal fue también interventor de la Policía de Investigaciones en esa ciudad. A poco andar, su fama de violento y cruel cundió en la zona y comenzó a ser temido.

Después de tres décadas

El viernes de la semana pasada, un grupo de víctimas de Manríquez Pearson se reunieron en la gobernación de San Fernando en una sesión para la cual habían esperado 30 años. Uno a uno fueron revelando a LND la historia del diplomático torturador. A veces recibía a los prisioneros en tenida de parada y con guantes, mientras en las manos golpeaba una fusta. El campesino Manuel Lorca Zamorano cayó en sus manos una noche poco después del 11. El capitán Ricardo Manríquez Pearson ordenó que lo desnudaran y lo amarraran a una silla. Lorca ya había sido sometido por él a electricidad y golpes. Pero esta vez Manríquez varió el método. Sus hombres retiraron la base de la silla y Lorca quedó sentado desnudo, con sus nalgas al descubierto. Entonces le metieron un fierro por el ano y activaron la corriente. Lorca aulló de dolor. Le quemaron el conducto anal.

Días después el capitán lo fue a buscar a la cárcel donde lo habían trasladado. Lo llevó a la oficina del alcaide y le dijo “mira h..., mejor pásate a nuestro lado y te va a ir bien”. Lorca, hombre duro, se negó. Manríquez se enrabió, tomó carrera, y corriendo hacia él saltó y le lanzó una patada de karateca que lo hizo revolcarse en el suelo por la violencia y el dolor. “Volvió a repetir lo mismo varias veces. Yo no podía más”, recuerda. No sabiendo más qué hacer, el capitán lo desafió a que se defendiera. “¡Pelea conche..., pelea!”, le ordenó. Pero Lorca no resistía el dolor tirado en el suelo. Botando sangre por todas partes, esa noche decidió morir. A solas en una celda, azotó fuertemente su cabeza contra el muro repetidas veces hasta quedar inconsciente. Pese a todo, sobrevivió. Al llegar a esa parte del relato, Lorca se quiebra, no puede seguir hablando y larga el llanto. En la sala donde se ha juntado con otras víctimas se hace un pesado silencio. Mira encima de la mesa la foto de Manríquez, de terno y corbata como cónsul general de Chile en Honduras, publicada por La Nación y no esconde su frustración: “Si la democracia es así, premiando asesinos, prefiero una dictadura donde al enemigo lo tengo al frente”.

Después de varias operaciones en Francia, el daño físico de la tortura le fue sanado. Hoy, a los 65 años, lleva una vida normal, pero sigue marcado por las manos del capitán.

Con guantes

El tornero Bernardo Mella Dinamarca fue detenido en Peralillo el 18 de septiembre del 73. Esa noche lo golpearon duramente en la comisaría de Santa Cruz, donde también había personal de Ejército. Perdió la conciencia y despertó en una cama. Ante sus ojos apareció un oficial de Ejército de tez blanca y orejas grandes, vestido en tenida de combate. “Te vamos a poner una inyección h... pa’ que no sufrai’ y empecís’ a hablar”, le advirtió a Mella. Era el capitán Manríquez, jefe de inteligencia de la zona de Colchagua y a cargo de la suerte de los prisioneros políticos. Su fama ya estaba cundiendo. A Mella le inyectaron el brazo y se durmió.

Días después, en el regimiento de San Fernando volvió a ver a Manríquez. “Me llevaron en la noche a una sala y ahí a cara descubierta vi al capitán Manríquez de uniforme de parada, con guantes, y una fusta que blandía en las manos. Me dijo mira conche... te estai’ yendo por las ramas, pero yo se que sabís’ mucho más y me lo vai’ a contar. Si no, te vamos a llevar a dar una vueltecita en helicóptero”, rememora Mella. Muchos años después, Mella supo que desde los helicópteros el Ejército lanzó cientos de cuerpos de detenidos al mar. Pero el prisionero no contestó lo que Manríquez le preguntaba, por armas, planos y el recurrente Plan Zeta. “Entonces me desnudaron y me amarraron a un sillón. Manríquez seguía preguntando. De repente me soltaron la corriente y sentí que la cabeza me explotaba. Manríquez ordenaba que me torturaran y seguía preguntando. Esto me ocurrió dos a tres veces por semana por un tiempo en el regimiento”, relata todavía angustiado Mella.

“Yo no sé hasta dónde la especie humana puede degradarse tanto. Es una indignación tan grande saber que ahora esté instalado como cónsul, y todavía los que fuimos sus víctimas ayudamos a pagarle el sueldo. Tengo mucha rabia. El gobierno tiene que sacarlo de ahí”, dice Bernardo Mella.

 El “teléfono”

Juan Cucumides Argomedo, ex regidor socialista, es otro de los ex prisioneros que acusa al cónsul Manríquez. A medida que avanza en su relato, el ambiente en la sala de la gobernación de San Fernando se torna angustiante. Todos estaban inquietos porque nunca habían contado con tal nivel de detalles el dolor sufrido, ni menos para que todo aquello fuera publicado.

Pero fue la irrupción del capitán, investido como diplomático de carrera, lo que los movió a contar la pesadilla que vivieron hace 30 años.

El hombre de los guantes está imputado en el proceso por la desaparición del profesor Justino Vásquez Muñoz. En esa investigación la jueza de San Fernando Sofía Adaros lo ha interrogado en los últimos meses. Manríquez no negó a la jueza haber ordenado la detención de muchas personas, como jefe de inteligencia e interventor de la policía de Investigaciones.

Cucumides tiene 68 años y perdió un oído. Mejor dicho, se lo destruyeron las torturas ordenadas por el capitán Manríquez. “Cuando entré a la sala él estaba sentado encima de una mesa jugando con una pistola. Me hizo unas preguntas y como no se las respondí, ordenó: “¡ya, venden a este h...!”.

Cuenta que después de eso comenzaron a darle golpes y descargas de electricidad. “Manríquez estaba presente. Escuchaba su voz que seguía preguntando. En un momento ordenó que me aplicaran el teléfono. Con ambas palmas de las manos abiertas, comenzaron a darme golpes en los oídos. Eso me hizo perder un oído. A mi Manríquez me dio muy duro, y fueron varias veces”, acusa.

Un libro

Al encuentro con La Nación acudieron también José Antonio Guzmán, Marcolín López Chaparro, Renato Vera Moreno, Gabriel Piña Salinas y Lautaro Plaza Plaza. Todos fueron víctimas del capitán Manríquez. López Chaparro perdió todos sus dientes delanteros con una golpiza y sesión de tortura en el regimiento, luego que Manríquez le dijo “mira h..., convenciste a los otros que no sabíai’ nada, pero a mí todavía no me convencís’”, y lo metió a la sala de tormentos.

Guzmán nunca olvidó que un día en la cárcel de San Fernando, el capitán Manríquez le mostró un libro que llevaba en la mano y le djo: “mira h..., mira el título de este libro”. El libro se llamaba Cómo Torturaron los Nazis.

Desde Winnipeg, Canadá, el ex prisionero Omar Rubio envió un correo electrónico recordando las brutalidades del cónsul. “Yo lo recuerdo con sus ojos azules de serpiente, chico, esmirriado, semi calvo, hábil funcionario, un hombre malo, ególatra”. Otro tanto hizo Ricardo Rementería desde Holanda. La noticia del “cónsul de la tortura” recorre el mundo, donde también se encuentran sus víctimas.

En el proceso por el secuestro y desaparición del profesor Justino Vásquez existen numerosas declaraciones de quienes fueron sus subordinados como interventor de la Policía de Investigaciones, que reconocen en el entonces capitán Manríquez como quien estaba a cargo de ordenar las detenciones y dirigir la represión en la zona. Entre ellos los funcionarios Carlos Yañez, Mario Ubilla, el subcomisario (R) Muñoz Cartes; José Valladares Salazar; y el comisario Plutarco Garrido, quien declaró a la jueza Sofía Adaros que “Manríquez estaba a cargo de los subversivos”.

Pero es el actual suboficial de Ejército retirado Francisco Marín González, alias “El Mono”, que trabajaba en la tortura directamente bajo las órdenes de Manríquez, quien proporcionó la versión más directa acerca de la personalidad de su jefe: “Mi capitán era violento, era un experto karateca. Cuando llegó Castro Souriten (otro oficial), le puso límites a mi capitán Manríquez”, testificó ante la jueza.

Los “ventaneros” y “Hamlet”

Manríquez forma parte del denominado grupo de los “ventaneros”, personas que entraron “por la ventana” a la Cancillería después del golpe militar, saltándose tanto las barreras de entrada como los escalones de ascenso regulares. Fueron cerca de 300 divididos entre civiles y ex militares, entre quienes se incluyó a numerosos oficiales del Ejército, Armada y Carabineros, que coparon ese ministerio asegurando el control de servicio exterior por parte del régimen. Manríquez Pearson ingresó con el grado de mayor de Ejército al cargo de primer secretario, saltándose tres escalones de una vez.

Ocurrido el golpe militar, unos 70 funcionarios fueron expulsados de la Cancillería considerados “no de confianza”. Entre ellos hubo 21 ministros consejeros; 5 consejeros; 6 primeros secretarios; 9 segundos secretarios; 13 terceros secretarios; y 16 funcionarios de menor jerarquía.

Días después del golpe, cuando el personal del ministerio se reintegró a sus labores, se encontraron con que varios de sus “colegas” usaban un brazalete de identificación igual al que por esos días empleaban los miembros de las Fuerzas Armadas para patrullar y detener en las calles. De acuerdo a la versión de un “Grupo Técnico” que en 1989 escribió el libro “Chile: La verdad sobre el Ministerio de Relaciones Exteriores durante el Gobierno Militar”, los de los brazaletes obligaron a estos 70 funcionarios “sospechosos” a formarse en el patio de Los Naranjos en La Moneda, y revisaron sus vestimentas y maletines. Les advirtieron que no podían salir del palacio donde entonces funcionaba la Cancillería sin previo aviso y justificación, y que al retirarse cada tarde debían mostrar sus objetos personales.

Según el libro, uno de quienes comandaba a los hombres de los brazaletes era Pedro Suckel Aguayo, actual encargado de negocios en la embajada de Chile en Perú, y una de las principales piezas de la red “Hamlet” de la Cancillería, que alimentó con información y documentos a Joaquín Lavín antes de las elecciones pasadas.

Junto al actual cónsul Manríquez ingresaron también como “ventaneros” los tenientes de la Armada Roberto Plaza Cañas y Roberto Cordero P.; el teniente de Ejército Marcelo Muñoz T.; y los civiles Juan Eduardo Burgos S., Juan Pablo Crisóstomo P., y Oscar A. Silva N., todos integrantes de “Hamlet”.

Nadie sabe quién echó a correr en San Fernando y alrededores el rumor de que “el capitán Manríquez”, como se le conoce y recuerda, había terminado internado en una casa locos y que poco después había muerto. Esto tranquilizó a sus víctimas y, en alguna medida, según coincidieron, se sintieron “reparados” con una muerte “del nazi” en esas condiciones. Estaban equivocados, el victimario había dejado su uniforme militar y lo había reemplazado por el clásico traje y corbata, propios de los diplomáticos. Hoy sigue vistiendo esa indumentaria.

 

3 de Mayo 2004 La Nacion

PS pide expulsar a cónsul torturador

El PS solidarizó con las víctimas de torturas atribuidas al entonces capitán de Ejército asignado a cargo de inteligencia y como interventor de Investigaciones en 1973 en San Fernando.

Como “incomprensible e insano para la democracia”, calificó ayer el Partido Socialista la presencia del ahora ex cónsul de Chile en Tegucigalpa (Honduras), Ricardo Manríquez Pearson, como actual diplomático “sin destinación”, pese a estar involucrado en violaciones de los derechos humanos.

El secretario general de la colectividad, Arturo Barrios, junto con dos ex presos políticos y parientes de detenidos desaparecidos, exigió al gobierno actuar en contra de quien fuera jefe de la inteligencia militar en la provincia de Colchagua, después del golpe de 1973, adscrito al regimiento de San Fernando. Los hechos han sido denunciados por La Nación en dos recientes reportajes.

 “El capitán Manríquez, a pesar de ser imputado y haber declarado como inculpado en casos de detenidos desaparecidos, sigue teniendo la calidad de diplomático y continúa recibiendo sueldo del Estado”, explicó Barrios.

Más aún, el dirigente dijo, con evidente molestia, que no basta con que Martínez haya sido destituido de su cargo en Honduras y traído a Santiago, sino que espera que la justicia actúe y Manríquez “vaya a la cárcel”.

El momento más emotivo de la rueda de prensa se vivió cuando dos ex presos políticos, José Antonio Guzmán y Bernardo Mella, recordaron entre lágrimas las crudas torturas que sufrieron en los centros de detención a cargo del cónsul.

 “En el período en el que estuve en San Fernando, el capitán Manríquez era el jefe absoluto de la cárcel, de Investigaciones, que se paseaba por la escuela con las metralletas arengando a los estudiantes los días lunes y a viva voz gritaba lo que había que hacer”, dijo Guzmán, mientras que Mella señaló que el mayor (R) dirigía los “macabros” interrogatorios.

También relataron sus experiencias Fernando Vázquez, hijo del detenido desaparecido Justino Vázquez, y Ruth Morales, hija del preso político Archibaldo Morales, quien sostuvo que Manríquez fue quien allanó su casa cuando se produjo la detención de su padre.

“Con dolor y rabia”

Al hacerse públicas las denuncias en contra del cónsul de Chile en la capital de Honduras, la Cancillería optó por llamarlo de regreso a Santiago, dejándolo en un limbo respecto de futuras destinaciones. A juicio del PS, en todo caso, “no es posible que en una democracia, en un gobierno de transición, haya personas que cumplen servicios en el exterior y que son reconocidos violadores de los derechos humanos en nuestra patria. Esas personas deben estar en la cárcel, y lo decimos con fuerza, con dolor y con rabia”, afirmó Arturo Barrios.

4 de Mayo 2004 La Nacion

Cónsul vende sus cosas para volver

El ministro consejero y hasta hace pocos días cónsul general de Chile en Honduras, mayor (R) de Ejército Ricardo Manríquez Pearson, está vendiendo algunas de sus cosas para regresar a Chile en los próximos días.

Fuentes diplomáticas en Tegucigalpa dijeron a La Nación que la noticia de su pasado torturador después del golpe militar, “cayó como un misil” en ese país. Manríquez aparece hoy, afirman las fuentes, “como un diplomático muy caballero y servicial”.

El cargo que hasta hace poco ocupó no era menor, porque en su calidad de ministro consejero, último escalafón en la Cancillería, era el segundo de la embajada, y fue quien cumplió esas funciones subrogantes. “Necesita plata, por eso está vendiendo sus cositas”, dijo una fuente diplomática desde Honduras.

Si bien la fecha de su regreso al país no está determinada aún, en la Cancillería afirman que “es un hecho que vuelve porque ya se le pidió el cargo”. Sin embargo, el ministro del Interior José Miguel Insulza afirmó ayer que a Manríquez no se le puede echar de la Cancillería “porque goza de inamovilidad por ser funcionario de planta”, gracias a una de las “leyes de amarre de la dictadura”. Precisamente, la que protege al “nazi” Manríquez como lo recuerdan sus víctimas en San Fernando y alrededores, es una de las últimas dictadas por el régimen militar que impide sacar del servicio público a quienes fueron sus funcionarios de confianza. “No sabíamos que era un torturador, pero sí sabíamos que provenía de los ventaneros”, dijo el ministro Insulza en una entrevista en Radio Chilena.

De esta manera, cuando el mayor (R) Manríquez regrese, seguirá como “diplomático sin destinación”, y nadie sabe todavía en la Cancillería donde lo ubicarán, porque, según agregó Insulza, no se puede no seguir pagándole el sueldo.

Mientras tanto, en San Fernando sus víctimas afinan los detalles para interponer una querella por torturas en contra de Ricardo Manríquez, a quien en la zona daban por muerto en una casa de locos. Sólo se enteraron que estaba vivo y que ahora era un “diplomático”, cuando La Nación publicó el 12 de abril pasado la primera información sobre su actual paradero y cargo en Honduras. La segunda nota aparecida anteayer en La Nación Domingo, produjo profundo impacto por el contenido de los testimonios de quienes fueron sus víctimas en el regimiento “Colchagua” en San Fernando, en el cuartel de la Policía de Investigaciones de esa ciudad, y en la cárcel pública.

El hombre que tenía en sus manos el destino de los prisioneros políticos en la provincia de Colchagua como jefe de Inteligencia Militar, y que a veces los recibía en uniforme de parada y de guantes para ordenar y aplicar él mismo los tormentos, está imputado por la desaparición del profesor Justino Vásquez Muñoz. La jueza de San Fernando Sofía Adaros continúa con la investigación en la cual Manríquez ya declaró, admitiendo haber dictado “numerosas” órdenes de detención.

Comisión dd.hh.

La presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, diputada PPD Laura Soto, afirmó que presentará el caso del diplomático Manríquez a esa comisión para que “pida los antecedentes a la Canciller, porque una persona así no puede seguir como diplomático”.

La diputada dijo que “lo que corresponde es que sea la comisión como tal la que se involucre en este caso, que nos parece de la máxima gravedad”.

 

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