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Manuel Torres de la Cruz  

General de División

 

Nombrado en su cargo por el Presidente Salvador Allende. Durante el gobierno de la Unidad Popular, tuvo la confianza del Presidente Salvador Allende, quién lo nombró Intendente de la Provincia en diciembre de 1972. Durante los paros empresariales de octubre de 1972 y agosto de 1973 asumió como Jefe de Zona en Estado de Emergencia en Magallanes. En esta condición es responsable superior jerárquico del asesinato aun impune del obrero de Lanera Austral, Manuel González Bustamante. Desde el 11 de septiembre de 1973, se autodenominó Presidente de una Junta Provincial de Gobierno junto a los Comandantes de la III Zona Naval, Carabineros y la Fuerza Aerea. Sobre este individuo recae la responsabilidad superior jerárquica de la construcción del campo de concentración de Isla Dawson "Rio Chico",primera obra pública de la dictadura, de las detenciones, torturas, ejecuciones y desapariciones perpetradas en Magallanes durante los primeros años de la dictadura.

Según denuncias de sobrevivientes, el participo directamente en la aplicación de torturas a varios dirigentes locales cuando esto estaban detenidos.

Desde 1970-1973 Manuel Torres de la Cruz fue Comandantes en Jefe del Comando Conjunto Austral, sección de las Fuerzas Armadas encargada de la seguridad de las Regiones de Magallanes y Antártica Chilena, incluyendo al trabajo coordinado con la XII Zona de Carabineros y la XII Región Policial de Investigaciones.

Manuel Torres de la Cruz fue también embajador de la Dictadura en El Salvador.. Manuel Torres de la Cruz falleció sin ser juzgado.

 

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El siguiente es un relato de uno de los testigos sobrevivientes:

 El General Manuel Torres de la Cruz trató de limpiar su imagen y conciencia a través de una visita a Punta Arenas, donde vive una de sus hijas, el año 2001. Ofreció un conferencia de prensa y fue entrevistado por el diario “La Prensa Austral”. En ese histórico reportaje negó que durante su mandato como Intendente se haya practicado la tortura; estableció para la posteridad los días felices que vivió en el austro, y de pasada criticó a los líderes de la Unidad Popular acusándolos de anarquistas, desordenados y prepotentes. Manuel Torres de la Cruz fue, junto al General Augusto Pinochet Ugarte, el más allendista del Cuerpo de Generales de Chile.  Salvador Allende le ratificó su confianza nombrándolo  máxima autoridad de la región y  éste tenía línea directa con  él Primer Mandatario.

De inmediato, según los ministros que trabajaron con el militar, se notó que tenía especial predilección por cultivar una agenda propia, ajena a los programas del gobierno. Ordenó vigilar los sindicatos y aplastó cualquier intento reivindicativo del mundo obrero y campesino. Célebres fueron los allanamientos a la Lanera Austral donde murió un trabajador y la represión a los campesinos de Agua Fresca que reclamaban por mejores condiciones de vida.

Fuimos testigos junto a  la Presidenta del Centro de Alumnas del Liceo de Niñas de esa época, Rosa María Lizama y a los dirigentes de la Juventud Socialista, Sergio Barrientos y René Gallardo, quienes nos encontrábamos en esa localidad en jornadas de trabajo voluntario,  de cómo el propio General ordenó reprimir con carabineros a campesinos y campesinas indefensas que no tenían donde vivir y nada que comer.

Manuel Torres de la Cruz murió como el cobarde que era, sin reconocer sus errores y sin pedir perdón a sus víctimas. Torturó a su amigo Alfonso Cocho Cárcamo, con quien compartía veladas y asados en los comienzos de la década del 70. Flageló a Kika González de Zanzi, quien era la Presidenta de la Corporación de Centros de Madres de Magallanes, al  estudiante del Liceo de Hombres y dirigente de la Juventud Socialista Miguel Loguercio, mientras insultaba al padre de éste, ex Secretario Regional del Partido Socialista, de nombre Sergio, quien se encontraba asilado en una embajada en Santiago.

Manuel Torres de la Cruz, supervisaba los interrogatorios a los dirigentes políticos de todos los partidos,  como le consta al Dr. Guillermo Araneda, al Mago Williams, al Coronel Manuel de la Barrera, al Coronel Carlos Soto Pelizzari, todos miembros de conspicuas familias magallánicas, de misa diaria y comunión

Manuel Torres de la Cruz, torturó personalmente al Presidente de la Central Unica de Trabajadores, Armando Ulloa Bahamonde, por quien sentía un odio especial. Y lo mismo hizo con el Secretario Regional del Partido Socialista, Hernán Alvarez Navarro, con el Secretario Regional del Partido Comunista, Francisco Alarcón Barrientos. La lista es larga: ordenó hacerle una marca con un cuchillo y estampar la letra “Z” en la espalda del Diputado  Carlos González Yacksic; dió instrucciones para que torturen con corriente eléctrica al Regidor Pedro Calisto Mansilla y sentía especial predilección  y goce al contemplar como torturaban a  las mujeres que estaban confinadas en el regimiento “Ojo Bueno”. Todas estas “operaciones privadas” las realizaba el Intendente de Magallanes en el “Palacio de la Risa”, adonde pedía trasladen a las víctimas.

Todas las semanas sobrevolaba en helicóptero el Campamento Compingin en Isla Dawson para ver desde las alturas su obra maestra: un Campo de Concentración construído con fondos fiscales del Ministerio de Obras Públicas  y la Intendencia.

Sin embargo, la ambición desmedida de este Alto Oficial se notó cuando formó una Junta Provincial de Gobierno en Magallanes, con él como Jefe Máximo. Esta actitud  no fue bien recibida por el  Alto Mando en la capital y menos en la Oficina de la Presidencia que habitaba Augusto Pinochet Ugarte en el Edificio Diego Portales. Meses más tarde, fue nombrado Inspector General del Ejército y posteriormente llamado a retiro.

Con el fin de alejarlo de la contingencia, el Dictador decide nombrarlo Embajador en la República de El Salvador, en Centroamérica. Según la colonia chilena residente andaba rodeado de guardaespaldas y la Embajada de Chile se transformó en una fortaleza inexpugnable.

Un mañana, el General salió a una reunión con autoridades del país caribeño y a la salida de la cita, frente a los edificios de gobierno, una bomba hizo explotar su vehículo antes que pudiera entrar. Torres de la Cruz se había salvado por un pelo. Lo extraño fue que la noticia del reconocimiento del atentado fue difusa. Ni el Mir u otros sectores armados de Chile y Latinoamérica reconocieron explícitamente su autoría.

El parco comunicado oficial del gobierno chileno daba cuenta del hecho y nada más. A partir de ese día El General no fue el mismo. Andaba paranoico y su deseo de volver a Chile aumentó, hasta que pudo concretarlo. No volvió a opinar de temas políticos y se recluyó en su hogar del Barrio Alto de Santiago. Su salidas se limitaban a reuniones del Círculo de Generales en Retiro y a tomar un aperitivo con sus pocos amigos en restaurantes exclusivos para ex oficiales. Hasta que supo que iba a morir y viajó a Punta Arenas, el epicentro de su accionar en la política activa. Debo dejar una imagen limpia de mi carrera como soldado, pensó,  y sin dudarlo se embarcó en una cruzada para quedar ante la historia como un héroe. Lo que no soñó este Valiente Soldado es que sus víctimas seguían vivas y lo denunciaron en la prensa local, nacional e internacional. La más brillante defensa histórica la hizo el escritor  y académico de la Universidad de Magallanes, Sergio Lausic Glasinovic,  ex prisionero dawsoniano.  El General, esa noche, en casa de su hija no pudo dormir y tuvo pesadillas con decenas de ojos que lo miraban desde el techo; esas miradas eran de los amigos y personas que traicionó en su torpe idea de querer llegar a la Comandancia En Jefe del Ejército y a la Presidencia de Chile, quien sabe por qué vía.

Aristóteles España

Calama, marzo 2003

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