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Gerhard Mucke Koshipzke

Civil


Miercoles 25 de Septiembre  2002  La Tercera

Procesan a miembros de Colonia Dignidad

La Corte de Apelaciones de Talca determinó someter a proceso a los miembros de Colonia Dignidad Gerhard Mücke y Gunther Schaffrick, en calidad de cómplices de Paul Schaefer.La resolución del tribunal señala que los imputados, que están en libertad bajo fianza, cooperaron en la ejecución de los atentados sexuales cometidos por el ex líder germano contra niños chilenos y alemanes.Mücke también se encuentra procesado desde el año 2000 por el juez especial Juan Guzmán Tapia, por la desaparición de un dirigente izquierdista detenido en 1974 y visto por última vez en el enclave.

Más indagaciones

Asimismo, la Corte resolvió instruir al juez especial Hernán González para que indague si otro colono, Uve Collen, tuvo alguna participación en los actos de pederastía cometidos por Schaefer.

Cabe recordar que el líder del enclave alemán se encuentra prófugo de la justicia desde 1997, tras ser requerido por los tribunales por secuestros y abusos sexuales de 27 niños que asistían como internos al colegio de Colonia Dignidad.


Mücke Koschitzke Gerhard alias el “tío Mau”
Colonia Dignidad, colaborador DINA




El guardaespaldas de Paúl Schäfer, Gerhard Mücke Koschitzke (alias el “tío Mau”), y Van der Berg Schürmann Karl Johann son procesados como autores del delito de secuestro y desaparición de los militantes del Mapu Juan Maino, Elizabeth Rekas y Antonio Elizondo. Como encubridor de estos delitos fue procesado el doctor Hartmut Hopp Miottel segundo a cargo de la secta alemana después de Paul Schäfer, hoy procesado y detenido en la ex Penitenciaría de Santiago.

La Nación
Equipo Memoriaviva

Domingo 7 de agosto de 2005 Nacion Domingo

El siniestro pintor de brocha gorda se fue de lengua
La confesión del “tío Mauk”

Por primera vez, uno de los jerarcas alemanes de Colonia Dignidad reconoció que allí se asesinó a “una treintena” de prisioneros. Gerhard Mücke, el guardaespaldas de Schäfer, declaró en la cárcel ante el ministro Jorge Zepeda que fue testigo directo del hecho. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa y desenterrados con una retroexcavadora en 1978.


Jorge Escalante
Colonia Dignidad se parece a Macondo. O se parecía. Porque de las fantasías de los Buendía en ese pueblo fantasma con nombre de finca bananera de la colombiana Aracataca, en la finca chilena de los alemanes del río Perquilauquén, todo lo que un día pareció imaginación resultó ser más verdad que la soledad de Macondo. Todo lo que un día, un año, diez años, treinta o cuarenta años atrás se dijo (cien años es mucho), ahora es certeza. Aun lo más increíble, o lo más indecible, como los que siguen hoy traficando en las sombras con los reyes del macrocrimen, de empresa a empresa, con operaciones encubiertas, caballeros elegantes de buen decir, de buen ganar, a quienes resulta muy difícil cazar.
En los últimos días, uno de los jerarcas alemanes más siniestros de aquel pudorosamente llamado “enclave alemán”, reconoció por primera vez ante un juez que en Colonia Dignidad se exterminó a un grupo de prisioneros políticos. Y que él fue testigo de ese crimen masivo. “Una treintena”, dijo. Vio cómo una máquina retroexcavadora esperaba que los cuerpos cayeran al suelo para echarlos dentro de una fosa, debidamente abierta para ese fin. En la mortandad participaron alemanes de Dignidad y “uniformados”, reveló el jerarca.
El hombre dijo que, luego, en 1978, año coincidente con el inicio de la “Operación retiro de televisores”, ordenada por el ex dictador Augusto Pinochet, los cuerpos fueron desenterrados con la misma retroexcavadora y hechos desaparecer, esta vez para siempre.
Gerhard Mücke Koschkitze, el “tío Mauk”, que fue el guardaespaldas de Paul Schäfer, ahora preso igual que su jefe, habló. Es la primera confirmación de los crímenes dentro de la finca alemana hecha por un testigo directo de la propia jerarquía de los fabricantes de la rica miel y los embutidos Drei Spitze, entre otras cosas. Si Mücke participó o no en la matanza se trata de una versión todavía no confirmada. El depositario de esta declaración fue el juez Jorge Zepeda, hombre que maneja la información de su proceso con mano de hierro, protegido por el secreto y misterio del antiguo sistema procesal penal.
Lo que Mücke dijo es absolutamente coincidente con todo lo que se sabe sobre la variable criminal de Colonia Dignidad durante la dictadura. Amparada por el mismo Pinochet, la DINA, los antiguos gremialistas de Jaime Guzmán Errázuriz, hoy principalmente en la UDI y algunos en RN, y apoyada desde hace muchos años por empingorotados juristas de la plaza, de todos los colores del arco iris, que los han defendido por décadas traficando influencias a su favor en las cortes. Influencias que, por lo demás, nunca pudieron ser efectivas sin “la comprensión” de algunos señores magistrados.
LA BÚSQUEDA
La revelación del “tío Mauk” hecha al juez Zepeda hace pocos días en la Cárcel de Alta Seguridad, donde permanece recluido procesado como autor de secuestro y desaparición de tres militantes del MAPU, traerá como consecuencia, además de lo que corresponda penalmente -si es que hubiera dado los nombres de los autores de la masacre-, que el juez Zepeda ordene en los próximos días la apertura de esa fosa, cuyo lugar ya está fijado. Se buscará si existen pequeños fragmentos óseos de las víctimas que pudiesen haber quedado producto de la remoción con la máquina retroexcavadora. Si se encuentran piezas óseas, éstas se someterán a pruebas de ADN para verificar la identidad.
Mücke habló de “una treintena”. Y la única, o más próxima pista, dice relación con los 34 desaparecidos de Parral. O sea, ahí no más, a 40 kilómetros de la colonia. Otros prisioneros que desaparecieron fueron transportados hasta el “Estado dentro del Estado” individualmente, como por ejemplo Álvaro Vallejos Villagrán.
La búsqueda tras los fragmentos óseos se efectuará con “Arturito”, la máquina inventada por el ingeniero Gabriel Vargas, que recientemente aportó datos para ubicar el cuerpo de Luis Francisco Yuraszek, instrumento con el cual se pueden detectar, entre otros, restos humanos, o se hará con el trabajo más tradicional de arqueólogos.
Han sido muchos torturadores quienes han declarado que en Colonia Dignidad hubo prisioneros políticos y a distintos jueces en varios procesos. Entre ellos, el “Guatón” Osvaldo Romo, los ex agentes Luz Arce y Samuel Fuenzalida, y el macabro “doctor Mortis”, de nombre Osvaldo Pincetti Gac.
Un careo judicial entre el “tío Mauk” y el “doctor Mortis” existente en el proceso que instruye el juez Zepeda, realizado tiempo antes de las últimas declaraciones de Mücke, es revelador. Pincetti fue aquel que se encargó de dopar, o de matar, inyectando a los presos que desde Peldehue eran subidos a los helicópteros del Comando de Aviación del Ejército para lanzarlos al mar atados a trozos de rieles. Ello está suficientemente establecido en el proceso sobre los crímenes de calle Conferencia y en el crimen de Marta Ugarte, operación que fue repetidas veces comandada por el suicidado coronel (R) Germán Barriga Muñoz.
Esta vez, Pincetti encaró a Mücke acusándolo de haberle proporcionado una droga para administrarla a un grupo de prisioneros en Colonia Dignidad, lo que, por cierto, en ese momento el “tío Mauk” negó. Lo que ni Schäfer ni el finamente llamado “doctor Hopp” admitieron hasta hoy, lo dijo su guardaespaldas, el de las manotas, el campesino rechoncho y malhablado.
HERMANADAS EN LA SANGRE
De esta manera, la fosa que será abierta en Colonia Dignidad se viene a hermanar en la sangre con las de Chihuío, Calama y Peldehue. En todas ellas sucedió exactamente lo mismo: los prisioneros fueron asesinados, lanzados dentro y desenterrados con maquinaria pesada después de la orden dada por Pinochet en 1978 de manera cifrada, mediante criptogramas descifrados en cada regimiento por los respectivos departamentos de Inteligencia. Terminada la dictadura, las fosas fueron ubicadas, abiertas, y se hallaron piezas óseas, a veces diminutas, que mediante el examen de ADN permitieron reconocer las identidades de las víctimas, contrastando las muestras con las de familiares.
Después de 1990, en Calama fueron reconocidos 13 de los 26 asesinados por la Caravana de la Muerte. En Chihuío se confirmaron las identidades de los 17 campesinos que sufrieron igual destino a manos de los hombres que dirigía en Valdivia el ex senador designado Santiago Sinclair, que en 1973 era comandante del Regimiento Cazadores. Y en Peldehue, mediante similar excavación y búsqueda dirigida por la ministra Amanda Valdovinos, se hallaron restos que permitieron identificar a 14 de los desaparecidos de La Moneda. Todos desenterrados, todos lanzados al mar.
Esta vez podría caer quien fuera el jefe de la Brigada Regional Sur de la DINA con sede entonces en la calle Unión 262 de Parral, coronel hoy retirado Fernando Gómez Segovia. Hasta hoy, a Gómez Segovia la justicia no le ha podido echar el guante.
En la investigación existen antecedentes de cómo los prisioneros fueron trasladados en camionetas cerradas desde esa casa en Parral hasta Colonia Dignidad. Quienes manejaron esos vehículos viven todavía en Parral. Al igual que un testigo que, siendo amante de una agente que operaba en calle Unión bajo el mando de Gómez Segovia, por lo que, según él, “pasaba todo el día metido en esa casa”, presenció varias veces cómo sacaban detenidos que eran llevados a Dignidad. Pero este hombre, quien conversó en dos oportunidades con LND pidiendo reserva de su nombre, dice no haber podido reconocer a ninguno de los prisioneros, por lo que no sabe si, entre ellos, iban los desaparecidos de Parral.
El “tío Mauk”, que siempre dijo a los jueces ser un “simple pintor de brocha” (“yo pinto murallas no más”), parece haber perdido en la cárcel el miedo a su jefe “Pastor” (Schäfer en alemán), de aquel castigo que éste le propinó en 1956. En Heide, cerca de Bonn, un día Schäfer dijo a Mücke, de 23 años: “Tú está dudando, y por eso yo te castigo a 60 días de ayuno”. Él cumplió la penitencia en el pueblo de Grosschwüter y volvió fiel al lado de su jefe. Era el tiempo en que se agrupaban para viajar a Chile. El episodio siempre lo recordó Ida Gatz, una alemana que sufrió el encierro en Dignidad de su hermana Hilde. En 1945, Ida conoció a Mücke. Y juntos conocieron a Schäfer tres años después, en Gartob. Antes que iniciaran el siniestro camino chileno. LND

 

23 de Julio 2006 La Nación

¡Quemados con fósforo químico!

Con las luces encendidas de la vieja retroexcavadora Fuchs, Erich Fege salió ya oscuro desde el sector habitado del fundo y se alejó cinco kilómetros hasta el sector Chenco, dentro de Colonia Dignidad. Tenía la orden de Schäfer de cavar un hoyo ancho y profundo. Fege, nacido en Alemania en 1926, hizo la excavación y por radio le mandaron: “¡Aléjate 200 metros del lugar y mantente alerta!”.

Un grupo de efectivos del Ejército estaba ya dentro del predio. Venían desde Parral, pero pertenecían a la Escuela de Artillería de Linares.

El “Doc”, como le decían a Schäfer los militares, llamó a Gerhard Mücke y le ordenó conducir a los huéspedes hasta la fosa cavada por Fege. Él obedeció sin chistar y, con trato amistoso, guió a los visitantes. Al acercarse al lugar indicado, Mücke (mosquito) se retrasó un poco, pero antes les mostró el sitio preparado. Desde una camioneta, los militares bajaron a un grupo de detenidos, presumiblemente cinco, los mataron a tiros y los arrojaron a la fosa.

Mücke, el guardaespaldas de “Glasaugen” –como también le decían a Schäfer por su ojo de vidrio–, llamó a Fege por radio para que acercara la máquina: “¡Ahora tapas el hoyo y no preguntas nada!”, le ordenó. Enseguida guió a los oficiales, suboficiales y soldados hacia las casas de Dignidad, donde el “Doc” los agasajó con los típicos manjares de la tradición bávara.

Dentro de las alambradas de la secta caían y desaparecían los primeros prisioneros políticos. Habían transcurrido sólo algunas semanas desde el golpe militar de 1973.

Otros prisioneros –colonos sometidos por la violencia y el terror impuesto por Schäfer y sus jerarcas– sobrevivían bien alimentados en el predio, pero sufriendo como peones al servicio del rigor maléfico.

Pocos días después, Schäfer repitió la orden a Fege. “¡Sales oscuro!”, le dijo. Con la antigua Fuchs que operaba con un sistema de huinchas, el alemán enfiló hacia el mismo lugar y cavó otro hoyo similar. Un nuevo contingente del Ejército arribó al fundo desde las cercanías. Cumplida la tarea, Fege volvió a alejarse a la espera de que lo llamaran por radio, poco después de escuchar los disparos. Presumiblemente, esta vez los detenidos también fueron cinco. Murieron de la misma manera y tuvieron el mismo destino. El agasajo se repitió. “Glasaugen” era un excelente anfitrión, aunque muy mal vecino.

Los desaparecidos de parral

El macabro ritual se repitió al menos dos veces más. En total, durante los dos meses tras el golpe, al interior de Dignidad fueron eliminados y sepultados “unos 20” prisioneros, recuerda Mücke en el proceso judicial contra Colonia Dignidad.

Cifra que se aproxima a los 22 parralinos que desaparecieron entre septiembre y octubre de 1973 en cuatro oportunidades distintas. Primero, el 26 de septiembre, cinco detenidos fueron trasladados desde la cárcel de Parral a un lugar desconocido por orden del gobernador de la zona, el hoy coronel (R) de la Escuela de Artillería de Linares Hugo Cardemil Valenzuela. Otros cinco desaparecieron desde la comisaría, entre el 11 y el 15 de octubre de 1973. El tercer grupo, también de cinco, desapareció el 13 de octubre desde el retén policial de Catillo, a unos 10 kilómetros de Colonia Dignidad. Y, por último, el 23 de octubre fueron sacados siete prisioneros desde la cárcel de Parral por orden de Cardemil.

Los datos coinciden con los recuerdos de Mücke y Fege. Ellos no mencionan a otros detenidos eliminados en la colonia, aunque sí señalan que en 1974 llegó otro montón de prisioneros, pero después fueron sacados por la DINA hacia un destino desconocido.

Pero el autor material de las 40 mil fichas de amigos y enemigos de la colonia, empresarios, militares, curas, monjas y autoridades políticas de diversas épocas, el “filósofo” Gerd Seewald Lefevre, presentado siempre como el “director de la escuela de Villa Baviera”, devela que otros prisioneros sí desaparecieron desde el fundo.

Menciona a Hernán Sarmiento Sabater y Haroldo Laurie Luengo, detenidos en Parral; Pedro Merino Molina, en Coronel; Adán Valdebenito Olavaria; en Lota, y a José Hilario San Martín Llancán, que no figura en ninguna lista oficial, y a otro de apellido Santibáñez. Todos corresponden al período de 1974, año en el que fue internada una gran cantidad de prisioneros en Dignidad. En aquel tiempo, Schäfer le comentó a Seewald: “Sie dürfen nicht überleben” (ellos no deben sobrevivir). Los mencionados aparecen en fichas incautadas el año pasado en el predio alemán.

“Todos fueron quemados”

Corría 1978 cuando un día Schäfer convocó a su fiel “tío Mauk”, como llamaban a Mücke, y le ordenó: “¡Hay que limpiar el fundo! ¡Anda, sácalos y deshazte de ellos!”.

El pintor de brocha, como se autodenomina Mücke ante los jueces, pidió ayuda a Rudy Collen y Willy Malessa. La “limpieza” les tomó un par de semanas. Fue durante ese año cuando por orden de Pinochet se inició a la “Operación Retiro de Televisores”. En las distintas guarniciones militares se debían ubicar las fosas clandestinas, desenterrar los cuerpos de los detenidos asesinados y lanzarlos al mar, amarrados a un trozo de riel para hacerlos desaparecer definitivamente. La alarma había sonado en los cuarteles poco después que en una mina abandonada en Lonquén fueran ubicados los restos de 15 campesinos desaparecidos. Aunque se sospechaba, hasta ahora no se sabía que la orden también llegó a Colonia Dignidad.

Esta vez la vieja Fuchs la manejó Collen, mientras el “tío Mauk” dirigía las obras y se ensuciaba las manos enguantadas. El trabajo avanzó bajo la supervisión del “Doc”, empeñado en cumplir la orden de su general. Tras desenterrar los cuerpos ya putrefactos, “aunque aún con partes blandas”, como recuerda “Mauk”, éste y Collen metieron a cada uno en un saco bien amarrado y luego puesto dentro de otro “que tenía una sustancia que era fósforo y que quemaba fuertemente. Todos los cuerpos fueron quemados”, confesó Mücke.

Cuando la siniestra operación concluyó, “las cenizas se arrojaron al río Perquilauquén en un camión”, dijo el alemán con su gruesa voz de barítono a mal traer. Y afinó más el cálculo: “Fueron entre 18 y 21 cuerpos y conté cuatro o cinco fosas”.

Una versión, aún más escabrosa, no confirmada pero no ajena a la sofisticada ferocidad de los “benefactores”, indica que los desechos se los habrían arrojados a los chanchos.

Frente a frente

Veintiocho años después, encarcelados y respondiendo a la justicia por los crímenes de lesa humanidad, en julio pasado Mücke y Schäfer fueron careados. Mücke enfrentó a su jefe por primera vez:

“¡Basta! Ya está bueno que reconozcas tu responsabilidad. Tú diste las órdenes y después me dijiste: ahora hay que limpiar el fundo. ¡Sácalos, y deshazte de ellos!”.

Schäfer miró a Mücke con frialdad y en mal castellano dijo: “No tengo idea de qué me habla este señor”.

Mücke contraatacó: “¡Los militares entraron al fundo por orden tuya y tú me ordenaste que los guiara por los caminos interiores!”.

“Bueno, ellos entraban a la villa y hacían lo que les daba la gana, eran el Gobierno. Es cierto que pasaron centenares de militares y carabineros. Llegaban sin avisar. Pero de eso que tú dices no sé nada. ¡Estuvimos 40 años juntos, Gerhard, y todo lo que se hizo se decidió en comunidad!”.

“¡No, señor, usted daba las órdenes!”, le espetó “Mauk”.

Decepcionado, “Mosquito” se sumaba a lo que un par de semanas antes habían sido las duras quejas ante la justicia de otro peligroso hombre del politburó de Dignidad, Kurt Schnellenkamp, en contra del “Ewige Onkel” (el “Tío Permanente”):

“Paul nos engañó a todos y más encima se quedó con nuestro dinero”.

Algo parecido había proferido en el juicio “el filósofo” de las fichas, Seewald. Nacido en 1922, sostiene que estudió filosofía en la Universidad de Hamburgo y ahí aprendió “a fichar”.

“Él nos manejó a todos”, manifestó.

Ahora, todos se sentían engañados por la sagacidad extrema del ex cabo nazi que, según cuentan, no perdió el ojo en la guerra, sino desatándose la amarra de los bototos con un tenedor.

De Carrasco a Mertins

 “Ku”, como todavía llaman a Schnellenkamp dentro de Dignidad y por fuera sus amigos chilenos, tenía razones de sobra para estar enojado con el “Doc”. Por años, fue él quien dio la cara por el sur y el norte para cumplir la orden de Schäfer de conseguir armas y municiones para defenderse “de los comunistas”. Tarea que cumplía en paralelo como jefe de la planta chancadora de Bulnes, donde producen ripio y otros materiales que todavía venden a empresas de la construcción e, incluso, dicen, al Estado.

Es en sus recientes palabras en el proceso de Colonia Dignidad donde aparecen nuevos nombres de altos oficiales que, durante la dictadura, tuvieron estrechos lazos con la secta. Dedicado a conseguir pertrechos de guerra o chatarra militar que creativamente transformaban dentro del fundo, afirmó que “fue en esta oportunidad cuando tomé contacto con algunos señores oficiales de Concepción, como Washington Carrasco, Luciano Díaz Schneider y Dante Iturriaga, y otros cuyos nombres en este momento no recuerdo”.

Si de ellos también recibieron prisioneros que llevaron al predio, no lo dice.

Asimismo se relacionó con suboficiales armeros de distintos regimientos del país, con los que también conseguía algunas armas y municiones bajo cuerda “a cambio de quesos y cosas de ese tipo”.

Los alemanes habían decidido incrementar su arsenal, que más tarde fue “subiendo de pelo” y sofisticación, por ejemplo, en negocios con el traficante de armas internacional y ex oficial de las SS hitlerianas Gerhard Mertins. El mismo “Ku” admitió los contactos que, acompañado por Helmuth Seelbach, otro alemán de la colonia, tuvo con Mertins en sus fundos de Durango (México) y Bonn (Alemania). Éste se transforma en el primer reconocimiento abierto de estos negocios con Mertins hecho por un miembro de la jerarquía de esta asociación ilícita criminal.

A Solas con Willoughby

A “Ku” la memoria tampoco le falla para recordar que un día de 1974 condujo el bus Mercedes Benz de la colonia hasta el estadio de Talca:

“El viaje fue para trasladar hasta Villa Baviera a unos 15 prisioneros. Cuando llegué de vuelta los dejé en el galpón de las papas en medio de la noche y le dije a Paul: ¡misión cumplida!”.

Qué pasó con ellos después no está seguro, dice, pero afirma que le parece que la DINA los sacó en un bus.

En julio de 1974, Schäfer dijo a Schnellenkamp: “Me vas a llevar al fundo Las Palmas, entre Melipilla y Las Cabras. En el camino hablamos”.

Cuando arribaron al lugar, Schäfer le explicó: “Bueno, ahora me esperas aquí porque tengo una reunión importante con el señor Federico Willoughby, él es como un ministro de nuestro Gobierno”.

“Ku” sostiene que esperó cerca de una hora. Cuando el “Doc” salió y partieron de vuelta en el vehículo, le contó:

“El agente de la DINA Miguel Becerra murió en la villa, y no conviene que se sepa que murió adentro. Cuando lleguemos, tú y Rudi [Collen] van a cargar su camioneta en el Magiruz [Deutz, un camión] con su cuerpo adentro. Lo sacan, en Parral bajan la camioneta con su cuerpo, Rudi se vuelve, y tú conduces la camioneta hasta la carretera en Linares. Te desvías por algún camino no muy transitado y lo dejas ahí, sentado al volante. Que parezca cualquier cosa. Alguien te va a seguir para traerte de regreso”.

“Así lo hice. El cuerpo ya estaba descompuesto. Creo que Becerra, a quien apodamos “Uno” porque siempre andaba solo y vivía con nosotros adentro, quería salirse de la DINA”, contó “Ku” en el proceso.

Quién sabe por qué, “Glasaugen” pareció recobrar el don del recuerdo cuando, interrogado por el episodio Becerra, expresó casi en una alegoría:

“Alguien vino un día a mostrarme una manzana mascada que estaba en la pieza de Becerra. Corté un pedazo y se lo di a las lauchas. Cayeron muertas de inmediato. A Becerra le gustaba comer de noche una manzana. Mi teoría es que lo envenenaron, por lo de las lauchas, creo.

El perrito de Magaña

El operativo militar que los alemanes llamaron “Cerro Gallo”, monte ubicado al este del río Perquilauquén, que cruza el predio de 17 mil hectáreas, se realizó en 1974. Según Mauk, “Ku”, Fege y un nuevo testigo, Franz Baar –un chileno robado a sus padres cuando niño y adoptado ilegalmente–, a Dignidad llegó una tarde un contingente de unos 500 efectivos del Ejército. Durmieron dentro y al amanecer salieron de cacería, pero humana, apoyados por helicópteros. Ninguno dijo hasta ahora si se detuvo gente, aunque algunos lo presumen.

Sin embargo, el episodio arrojó otro nombre desconocido hasta ahora –fuera de los de Manuel Contreras, Pedro Espinoza y el mismísimo Pinochet, que se pasearon por el fundo–. Un oficial de apellido Magaña que, según los testigos, pertenecía al Regimiento Chacabuco de Concepción, iba a cargo del operativo.

“Andaba con un perrito bajo el brazo”, recordaron Baar y Mücke.

Lo que les pareció fuera de toda marcialidad militar fue que Magaña, antes de iniciarse el operativo rastrillo, armó un gran escándalo porque se le había perdido su mascota y puso a alemanes y soldados de cabeza a buscarlo.

“Lo raro es que, cuando lo encontraron, se subió al helicóptero con la mascotita”, comentó socarronamente el “tío Mauk”.

Al final del operativo, Magaña le entregó a Schäfer un diploma de agradecimiento que decía: “Al General, Doctor y Profesor”.

 

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