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Ricardo Monje Mohr

13 de Mayo 2007 La Nación

La confidente del torturador

Por primera vez la mujer de un implicado en crímenes durante la dictadura cuenta la experiencia de ser la confidente obligada de pasajes horrorosos de nuestra historia. Después de guardar un culposo silencio, Patricia Gallardo Callahan se atrevió a romper con el miedo que la inmovilizó por más de tres décadas. Su ex marido, Ricardo Monje Mohr, estuvo a bordo de la Esmeralda y actualmente es un alto funcionario de la ENAP.

Atormentada durante 34 años por las confesiones que le hizo su marido, el teniente primero (R) Ricardo Monje Mohr, uno de los infantes de marina que estuvo a bordo de la Esmeralda y el Maipo en los días posteriores al golpe militar, Patricia Gallardo decidió dar “un grito de libertad” y contar a LND esa verdad que hasta ahora le quita el sueño.

Nunca pensó, cuando tenía 20 años, que el entonces gentleman de beatle rojo al que conoció en Punta Arenas se transformaría en asesino y agente de seguridad.

Era Navidad y una prima la invitó a una celebración en el Club de la Unión de Punta Arenas donde le presentó a un marino de Osorno, con quien desarrolló una estrecha amistad casi inmediatamente. Ella se sentía protegida por su estirpe varonil y en 1971 contrajeron matrimonio en Punta Arenas, la ciudad natal de Patricia y lugar de destinación de Monje.

Fue así como en 1972 por motivos de trabajo el matrimonio se trasladó a Viña del Mar. Allí Patricia comenzó a vivir la peor pesadilla de su vida, que se atrevió a contar a este diario una vez que leyó el artículo “El exorcismo a la Dama Blanca”, publicado hace tres semanas (edición del 22 de abril), donde se revelan detalles de la avanzada investigación sobre los crímenes cometidos en el buque escuela Esmeralda.

Mientras leía los nombres de algunos de los infantes de marina responsables de los tormentos contra los detenidos en el improvisado centro de torturas, Patricia se daba cuenta que los conocía a todos. Sin embargo, faltaba uno fundamental, su ex marido, quien habría sido el jefe directo de los marinos, y que a su vez había estado bajo las órdenes del capitán de navío (R) Ricardo Riesco. Éste ya reconoció en el proceso que presenció torturas en el buque escuela.

Patricia contó a LND que, aunque no tiene justificación, no se había decidido a hablar antes por miedo (está separada de hecho con Monje y en proceso de divorcio). Y durante años vivió, según asegura, violencia intrafamiliar. Quizás por eso, al iniciar la conversación, sus manos tiemblan y las ideas continuamente se pierden en su mente. Tiene demasiados recuerdos amargos, pero sin duda el más duro tiene relación con la muerte del jefe del departamento de investigaciones de Aduanas y militante socialista, Luis Enrique Sanguinetti Fuenzalida, ocurrida el 14 de septiembre de 1973. “Mi marido no tendría por qué haberme entregado una información de esa naturaleza. Yo no estaba preparada para una cosa así. No fui a la Escuela Naval, no era su par ni su compañera de armas, sino su esposa. Hasta ahora ha sido un cargo de conciencia terrible”, reflexiona la mujer antes de entregar los detalles que enriquecen y ponen rostro a la versión que hasta ahora se manejaba acerca de la mue rte de Sanguinetti.

Según el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Sanguinetti se habría suicidado en “un rapto de desesperación” en la cubierta del carguero Maipo –buque que estaba atracado en el molo de Valparaíso junto al Lebu y a la Esmeralda-, producto del lamentable estado en que se encontraba luego de haber sido víctima de torturas.

La misión del 11 de septiembre

-¿Su marido le habló sobre el caso de Luis Sanguinetti?

-Me dijo que lo detuvieron en el edificio de Aduanas con un grupo de comandos.

Según él, Sanguinetti y más funcionarios de ese departamento estaban acuartelados, intentando defender el lugar. Por eso los tomaron detenidos y me contó que los llevaron hasta la Esmeralda.

-¿Le entregó detalles sobre el trato que le dieron?

-Sí, lamentablemente me contó. Mi gran error debe haber sido preguntar cuál fue su misión la noche del 10 al 11 de septiembre. En forma muy despectiva me dijo que había visto morir a una persona por sus ideales, que obviamente no eran los de él.

-¿Cómo le relató el pasaje?

-Me contó que este hombre no quería seguir contestando más preguntas, que no tenía nada más que decir y que prefería morir. Entonces lo llevaron a la cubierta del Maipo y lo instigaron de tal manera para que se suicidara, diciéndole “que si era....”, (se detiene y piensa). Me reveló las palabras que usaron contra él, pero no quiero repetirlas para no dañar a la familia del señor Sanguinetti. Luego abrieron las compuertas de las tres bodegas que estaban vacías. Según, mi ex marido, Sanguinetti se tiró desde ahí.

-Usted tuvo la posibilidad de entregar esta información a organismos de derechos humanos ¿Por qué no lo hizo?

-Tendría que entrar en detalles que no corresponden, pero había miedo, siempre lo hubo. Ha intentado declararme loca, como cuando la Comisión Rettig pasó por donde vivíamos y hasta el día de hoy trata. Si es cierto, bienvenida sea mi locura, porque después de muchos años puedo gritar la verdad y hacerla pública.

Y me he sentido cobarde por no hacerlo. No tengo excusa, seguramente para muchas personas no voy a tenerla, pero sí había razones.

-¿Qué tareas cumplió después Ricardo Monje?

-Entre el ‘73 y el ’75 estuvo a cargo de los comandos que salían todas las tardes, un convoy bastante grande de camiones. Él es quien iba a la cabeza del convoy a allanar todas las poblaciones de Valparaíso y Viña del Mar. Como me había comentado a la hora que salía, yo me paraba con el auto en la playa Los Marineros y lo veía pasar.

-¿Su ex marido le contó sobre su estadía en la Esmeralda?

-Lógico. Me contó cómo a la gente detenida la llevaban a la Esmeralda y que, debido a que se llenó, empezaron a llevarlos al Maipo y a otro buque.

-¿Usted le preguntaba otros detalles sobre las acciones que llevaba a cabo?

-Yo no podía hablar nada, lo correcto era lo que él hacía. La comunicación con él era muy difícil. No había explicaciones para eso, porque no debía preguntarlo. Él contaba lo que quería contar y yo no podía ir más allá.

-¿Le habló sobre más interrogatorios o torturas?

-No se refería en esos términos. Era algo mucho más suave. Nunca ocupó la palabra tortura, era mucho menos duro.

-¿Y cómo se refería a las personas que eran torturadas?

-En forma muy despectiva.

Mentir en el frío

Ricardo Monje fue contactado por LND en ENAP Magallanes, Punta Arenas, lugar donde reside actualmente. En conversación telefónica, explicó que se desempeña como jefe de seguridad de la compañía, también que fue infante de marina y confirmó que estuvo a bordo de los buques Esmeralda, Lebu y Maipo. Si bien reconoció a otros marinos que han confesado su presencia en torturas, negó cualquier participación de su parte. Respecto del caso de Sanguinetti, sólo se limitó a decir: “Desconozco esa parte y efectivamente es así. No estoy eludiendo la responsabilidad”.

En 1977 Monje pidió la baja de la institución aduciendo “pérdida de la motivación”. Difícil de comprender tomando en cuenta que se trataba de un hombre que mostraba un grado de “fanatismo extremo por la institución”, advierte su ex mujer. Sin embargo, en ese momento, Patricia le creyó y luego de una corta estadía en la capital, Monje fue contratado por ENAP Magallanes. De esta forma, el matrimonio volvía a la tierra natal de Patricia. Ella recuerda que su ex marido le propuso que ingresaran al movimiento religioso católico Schoenstatt. Patricia no tenía problema, pero le pareció incorrecto que su marido, siendo un luterano de origen alemán y oriundo de Osorno, le hiciera una propuesta de ese tipo. “Recuerdo que ahí la gente me preguntaba si él era agente y yo callé. Ricardo participaba de los retiros, hizo la primera comunión como católico. Pero en la casa en su vida diaria no rezaba. Cuando nos separamos (’87) volvió de inmediato a la iglesia luterana”, recuerda Patricia.

-¿En algún momento él le señaló que no se había alejado de la institución, sino que se había convertido en agente?

-No, pero no era evidente. Simplemente era así.

-Aparte del silencio que guardó respecto de mentiras evidentes de su marido ¿Le tocó ejercer alguna otra labor conspirativa?

-Hubo un tiempo en que Ricardo fue trasladado fuera de Punta Arenas y yo me quedé en la ciudad. Ahí sucedieron unos hechos tremendamente extraños, angustiantes para mí. Antes de irse me señaló que me iban a llamar por teléfono y que la persona al otro lado de la línea sólo hablaría si contestaba yo, nadie más de la casa. Efectivamente, me llamaban estas personas y me daban una cifra de cuatro dígitos y yo inmediatamente tenía que llamarlo a él dándole una clave de números. A las tres horas aparecía de vuelta en Punta Arenas.

-¿Alguna vez se enteró de los efectos de este trabajo de inteligencia?

-Una de esas ocasiones en que lo llamé por teléfono, él volvió a la casa y escuché que entraron unos tipos a la una de la mañana. Jamás se me ha olvidado.

Le dijeron ‘mi teniente, tenemos orden de arrestar a José Ruiz de Giorgio’ (ex senador que entonces era dirigente de la ENAP). Su respuesta fue ‘están locos.

En este momento sería como agarrar a un chancho por la cola. Yo les voy a indicar cuándo’. Al día siguiente partió de vuelta a su trabajo.

Para Patricia, la declaración policial entregada el jueves en la Brigada de Asuntos Especiales de Derechos Humanos no fue suficiente. Necesitaba también dar una entrevista pública porque hasta ese momento sentía una gran deuda con la familia Sanguinetti y con las mujeres torturadas en la Esmeralda. “Si hubiera declarado sólo con reserva de identidad habría sentido que mi labor no estaba completa y estaría actuando escondida, tal como él lo hizo”.

 

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