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Pedro Santiago Collado Marti

Capitán de Ejercito 

Este oficial se inicio como parte del equipo de torturadores de Iquique y Pisagua, al servicio del Fiscal Mario Sergio Acuña Riquelme, auto denominado, La Sonora Palacios. Este equipo era conformado por el sargento de Ejército, Roberto Fuentes Zambrano ("el Guatón Fuentes"), por el cabo de Ejército Juan Arturo Aguirre Guaringa, por Miguel Aguirre Álvarez, por los Tenientes Conrado García Giaier, Gustavo Abarzúa Rivadeneira, Carlos Herrera Jiménez, Carlos Irigoyen Lafuente y Pedro Collado Marti. A ellos se sumaban el Teniente de Carabineros José Antonio Muñoz y los cabos Blas Barraza Quintero, René Egidio Valdivia y Froilán Moncada. Todo el equipo -según los testigos- se encargaba de detener, interrogar, torturar e incluso ajusticiar. Entre las victimas que pasaron por sus manos se encuentran: Hugo Tomás Martínez Guillén, Williams Robert Millar Sanhueza, Luis Aníbal Manríquez Wilden Tomás Orlando Cabello Cabello, Jorge Rogelio Marín Rossel. 

En noviembre de 2008 fue procesado calidad de autor de los secuestros calificados de Rogelio Marín Rossel y Williams Robert Millar Sanhueza 

FUENTES: Poderjudicial.cl; Terra.cl; Archivo Memoriaviva

 

Terra.cl 21 de Noviembre de 2008

Corte de Apelaciones procesa a ex miembros de Ejército por secuestros de militantes del PS 

SANTIAGO noviembre 21.- La Quinta Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago sometió a proceso a los oficiales en retiro de Ejército Hans Karl Stuckrath Morera, Pedro Collado Marti y Conrado Garcia Gaier, en calidad de autores de los secuestros calificados de Rogelio Marín Rossel y Williams Robert Millar Sanhueza, ambos dirigentes del Partido Socialista que fueron arrestados tras el golpe militar en la ciudad de Iquique.

Con el fallo pronunciado por los ministros Lamberto Cisternas, Mauricio Silva Cancino y el abogado integrante Patricio González, se revocó la negativa del ministro en visita del llamado Caso Pisagua, Joaquín Billard, de encausar a los mencionados efectivos castrenses por su implicancia en estos crímenes.

Al respecto, el abogado Adil Brkovic, querellante en la causa, celebró el dictamen puesto que se viene a establecer que existen suficientes antecedentes para responsabilizar a los imputados y, por ende, reactivar una indagatoria que estaba siendo dilatada desde hace varios meses.

El fallo de la Quinta Sala ordena a Billard que disponga "lo pertinente para la notificación del presente procesamiento y la filiación de los procesados, y determinará el régimen que corresponda de acuerdo a lo que dispone el artículo 275, inciso tercero, del Código de Procedimiento Penal, y a las reglas generales en la materia".

Asimismo, los magistrados del tribunal de alzada desestimaron la petición de embargo que había formulado Brkovic, por no constar la existencia de bienes de parte de los inculpados.

"El tribunal a cargo de la investigación dispondrá lo necesario para establecer si hubo cambio de decisión en el Consejo de Guerra de 29 de octubre de 1973, teniendo para ello especialmente en cuenta las declaraciones judiciales prestadas en autos por Juan Enrique Sinn Bruno a y por Pedro Santiago Collado Marti e igualmente y en atención a que en el referido Consejo de Guerra se estimó inidónea para fundar la sentencia la declaración de Germán Palominos Lamas y en cambio en el Consejo de Guerra de veintinueve de noviembre de mil novecientos setenta y tres se la validó, el Sr. Ministro en visita, practicará las diligencias necesarias para esclarecer las razones de dicho cambio", consigna la sentencia.

El dictamen establece que Jorge Marín Rossel y Williams Millar Sanhueza fueron detenidos y privados de libertad, "sin que hasta la fecha se conozca con certeza sus destinos y paraderos con posterioridad a su interrogación en el Regimiento de Telecomunicaciones de Iquique".

Se acreditó que Williams Robert Millar Sanhueza y Jorge Rogelio Marín Rossel fueron detenidos los días 24 y 28 de septiembre de 1973, respectivamente, por orden de la Sexta División de Ejército, y conducidos al Regimiento de Telecomunicaciones de Iquique, lugar donde fueron interrogados.

El día 29 de septiembre de ese mismo año, la autoridad militar emitió un bando comunicando la fuga de los detenidos, no obstante, hasta la fecha se desconoce el paradero de ambos, quienes fueron incluidos como detenidos desaparecidos en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, y apareciendo de los antecedentes de la Mesa de Diálogo que sus restos habrían sido lanzados al mar.

 

11 de enero de 2009    La Nación

Procesado después de 35 años de ocultarse de la justicia

El teniente Conrado García Gaier llegó a ser a fines de los noventa el coronel a cargo del Departamento II de Inteligencia del Ejército, y antes jefe de la Unidad Antiterrorista de la CNI. Para avisar la tortura, en Pisagua tocaba el órgano de la parroquia que se llevó a la cárcel.

Era la segunda vez en la noche que el joven Luis Carló caía rodando por la escalera desde el segundo piso de la cárcel de Pisagua. Arriba, el "Monje Loco" volvió a reír con aquel vozarrón que venía bien con su estatura de más de un metro ochenta y sus ojos claros. Terminada la tortura casi diaria al adolescente, hijo de un suboficial de Ejército, el "Monje Loco" volvió a encerrarlo en la celda y bajó al primer piso.

Abrió el órgano que había hecho trasladar desde la parroquia de la legendaria caleta y comenzó a tocar. No lo hacía bien, pero algo sabía. Anunciaba con los acordes que comenzaba la función. Dentro de sus celdas, al par de centenares de prisioneros se les apretó el estómago.

Conocían de la bestialidad del "Monje". Lo bautizaron así por el órgano, pero el teniente Conrado García Gaier, de monje no tenía nada. Fue el oficial más brutal del campo de concentración de Pisagua después del golpe militar de 1973.

Esa noche ordenó a todos bajar a formar en el patio de la cárcel y los obligó a quitarse la ropa. Estaba helada la noche en Pisagua y soplaba fuerte el viento, aunque era noviembre.

El "Monje" tenía preparados los dos grandes tambores de aceite. Las piedras también estaban listas arriba del cerro. Eligió a los dos detenidos que darían inicio a la particular sesión, y les ordenó subir, custodiados por soldados. El cerrito tenía unos 150 metros de altura y una caída bien inclinada.

Conquistada la cumbre por los presos, el teniente García gritó desde abajo a sus subalternos que los metieran dentro junto al montón de piedras. ¡Partieron! mandó el "Monje", y sus hombres empujaron los tambores cerro abajo con su carga humana. Pararon allá lejos, más cerca del mar, que rugía agitado. Los dos hombres salieron gateando, ensangrentados y mareados.

Antes de sacar a los otros que rodarían por la pendiente, el "Monje" obligó a los prisioneros a tenderse en el suelo de tierra y piedrecillas dando la espalda al cielo estrellado.

Varios tiritaban de frío. De dos zancadas, el "Monje" regresó al teclado religioso y manoteó algunos acordes que sólo él comprendía. Pero daba lo mismo, pues su público le temía dignamente y no le arrojaría huevos ni tomates.

El órgano dejó de sonar y el "Monje" bajó corriendo los pocos escalones del primer piso al patio. Entonces comenzó a saltar encima de las espaldas desnudas, corriendo a través de esa alfombra humana. De vez en cuando se detenía y apaleaba a alguno al azar. Y continuaba su enloquecida carrera gritando insultos, con los ojos grandes claros bien abiertos para no caer.

Por la tarde del día siguiente, cuando el sol quemaba sin piedad, la amplia plancha de metal que cubría una parte del patio de la cárcel ardía. Ahora el teniente García revelaba otro de los muros grises de su mente enferma. Volvió a ordenar formación.

Esta vez a dorso descubierto, para que el sol terminara hiriendo la piel de los detenidos. Subió volando como un ángel los escalones desde el patio al primer piso, y soltó una tormenta de notas en el instrumento recorriendo varias veces con las dos manos todo el largo del teclado.

Después, cuando algunos desvanecían afuera, sacó a unos pocos y les mandó sentarse encima de la plancha de fierro hirviendo. Allí los dejó hasta que comenzaron a gritar de dolor por las quemaduras en sus nalgas, a pesar del pantalón.

La tradición del "Monje Loco" volvía a cumplirse, anunciando tortura con el sonido que más amó Bach tocando para reyes y eruditos de alcurnia.

Los dramáticos días y noches de Pisagua bajo el manto poco sagrado del "Monje Loco" han sido recordados por decenas de ex prisioneros en las miles de fojas del proceso que se instruye por los crímenes de lesa humanidad ocurridos en Pisagua. Entre otros, por Luis González Vives y Luis Morales Marino. La historia del "Monje Loco" en ese campo de concentración quedó incrustada a punta de sangre y dolor en ellos para siempre.

Treinta y cinco años más tarde, y por primera vez, la semana pasada la mano de la justicia alcanzó a Conrado García. Al final no pudo seguir haciéndose pasar por un coronel retirado que nada había tenido que ver con los crímenes de la dictadura.

La Quinta Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago lo procesó y ordenó al juez Joaquín Billard su arresto y fichaje por el secuestro y desaparición de Jorge Marín Rossel y William Millar Sanhueza, ocurrido en Iquique entre los días 23 y 25 de septiembre de 1973.

Junto al "Monje Loco" cayeron también por primera vez los oficiales ya retirados Karl Hans Stuckhart y Pedro Collado, por entonces encargados, junto a García, de la inteligencia militar en esa ciudad. El "Monje" se fue después a Pisagua. Billard había exculpado a los tres de ambos secuestros.

El abogado querellante Adil Brkovic manifestó su satisfacción "porque nos costó mucho cazar a este siniestro personaje". Por el Programa de Derechos Humanos del Ministerio de Interior actuó para ello el abogado Rodrigo Cortés.

Una mañana de invierno de 1998 llamé al coronel Conrado García. Le dije que necesitaba hablar con él. Que tenía veinte testimonios judiciales en su contra. Ex prisioneros lo acusaban de torturador y tener una mente desviada. Me recibió en el séptimo piso del edificio de las Fuerzas Armadas. Lo encontré de uniforme, fumando y paseándose nervioso. Me invitó a su oficina.

Le mostré los testimonios. Negó todo. Me dijo que era ahora el comandante del Departamento II del Ejército. O sea, de inteligencia. Alto cargo. Le dije que no le creía, pero que en mi reportaje pondría su versión. Me insistió en su inocencia. Me paré entonces para irme. De pronto se levantó y me tomó del hombro.

“Mire, don Jorgito, no me cague mi carrera por favor, quiero ser general y estoy a punto de serlo”, me dijo con los ojos bien abiertos. Guardé silencio para ganar unos segundos. Me sorprendió el coronel. Volvió a ofrecerme un cigarrillo y un café que no acepté. “Lo siento, no puedo llegar a un pacto con usted, voy a publicar mi reportaje”, le dije y me fui.

Años después supe que el “Monje Loco” había sido también jefe de la temida Unidad Antiterrorista de la CNI.


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