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Eduardo Patricio Cabezas Mardones

Suboficial FACH

Agente DINA; Brigada Lautaro

Alias: José Luis Ibarra

C.I.: 6.388.726-9
Domicilio: Corcega 811 La Cisterna, Santiago

Eduardo Patricio Cabezas Mardones se destaco por su brutalidad y maldad desde sus inicios en la DINA, pronto lo llevaron a convertirse en el guardaespaldas y sombra del cruel oficial de carabineros Ricardo Lawrence (Alias: el Cachete Chico). En su asenso en el aparato represor llego a ser el segundo hombre del Grupo Delfín de la Brigada Lautaro en el Cuartel Simón Bolívar

La brigada Lautaro de la DINA era la unidad de exterminio montada por Manuel Contreras y dirigida por el mayor de ejercito Juan Morales Salgado. Esta brigada operaba desde Cuartel de Calle Simón Bolívar 8630. Las acciones hasta ahora conocidas de este grupo de agentes DINA seria la captura de la dirección del partido comunista en 1976.

La brigada funcionaba con un contingente de mas de 70 miembros, de los cuales sus miembros operativos ejecutaban la recopilación de información, detenciones, interrogatorios/tortura, ejecución y desaparecimiento de cuerpos de los detenidos.

Para estos efectos constaban con acceso a una gran infraestructura, que aparte del cuartel en si, tenían un variado numero de vehículos a su disposición, además del acceso a los helicópteros Puma, del Comando de Aviación del Ejército (CAE) que operaba desde Peldehue.

Los miembros de la Brigada Lautaro provenían de las cuatro ramas de las FFAA, además de contar con algunos agentes civiles adscritos a las diversas ramas, su conformación era mayoritariamente de sub oficiales, El hecho de que en esta brigada existían a lo menos siete agentes provenientes de la Armada, deja de claro que la institución miente cuando declaro que la Armada retiró a todo su personal de la DINA en 1975.

Otra de las características de la Brigada Lautaro, es que contaba con un gran numero de mujeres, las que como se ha ido descubriendo, se caracterizaban por su frialdad y crueldad ante los crímenes. Varias de ellas, por sus conocimientos de medicina y enfermería, cooperaban en los experimentos que se ejecutaban en el laboratorio químico de la casa de Michael Townley, en Lo Curro. Townley asistía constantemente al Cuartel de Calle Simón Bolívar para experimentar en los detenidos con el gas que fabricaba el químico Eugenio Berrios.

La información que se ha logrado rescatar hasta agosto 2007, aparece después de la investigación del caso “calle conferencia” llevada a cabo por el Juez Víctor Montiglio quien ha logrado establecer la suerte corrida por un numero de detenidos de la dirección del partido comunista, entre ellos el secretario general del PC en la clandestinidad, Víctor Manuel Díaz López, además de Bernardo Araya Zuleta, María Olga Flores Barraza, Mario Zamorano Donoso, Onofre Jorge Muñoz Poutays, Uldarico Donaire Cortés, Jaime Patricio Donato Avendaño, Elisa Escobar Cepeda, Lenín Adán Díaz Silva, Eliana Espinoza Fernández y Marta Lidia Ugarte Román.

Hasta hoy se ha establecido que Víctor Manuel Díaz López fue detenido la madrugada del 12 de mayo de 1976 en la casa ubicada en calle Bello Horizonte Nº 979, de la Comuna de Las Condes, días después de la detención de varios dirigentes del PC detenidos en el operativo conocido como la “Ratonera” en Calle Conferencia No1587.

Víctor Díaz fue llevado al centro de torturas de Villa Grimaldi, y posteriormente trasladado a “Casa de Piedra”, otro centro de torturas de la DINA ubicado en el Cajón del Maipo, lugar donde es sabido que Augusto Pinochet habría visitado a Víctor Díaz y a otros dirigentes PC ahí detenidos.

A principios de 1977 Manuel Contreras le da la orden a Juan Morales Salgado, de eliminar a Víctor Díaz, y en cumplimiento de esa orden, los agentes Sergio Escalona Acuña  y Bernardo Daza Navarro sacan a Díaz de un celda y le amarraron una bolsa plástica en la cabeza asfixiándolo, mientras la teniente (enfermera) de ejército Gladys de las Mercedes Calderón Carreño le inyectó cianuro. Posteriormente procedieron a introducir el cuerpo en bolsas plásticas, atarlo y adosarle un trozo de riel e introducirlo en sacos papero para luego atarlo con alambre y asegurarse que no se abran las amarras.

El cuerpo fue trasladado en vehículos hasta el Regimiento del Ejercito en Peldehue, donde tenían otros ejecutados traídos desde Villa Grimaldi y atados de la misma forma que Víctor Díaz. Cargaron los cuerpos en el helicóptero Puma del Comando de Aviación del Ejercito y partieron con rumbo a la costa de la Quinta Región para lanzar los cuerpos al mar.

Este modo de operar de los agentes de la Brigada Lautaro demuestra la brutalidad y deshumanización de todos sus miembros.

 Fuentes de Información: AFDD; La Nación; El Mostrador; Punto Final; Memoriaviva


El Mostrador

30 de Mayo 2007

Juez Montiglio dicta 17 procesamientos en el caso calle Conferencia

El ministro en visita Víctor Montiglio dictó este miércoles procesamientos contra ex 17 agentes de la disuelta Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en el denominado caso Calle Conferencia, en una resolución que abarca crímenes cometidos por el organismo represor entre el 2 de abril y el 9 de septiembre de 1976.

El magistrado que investiga la represión a la cúpula del Partido Comunista (PC) durante la dictadura militar encausó a miembros de la brigada Lautaro de la DINA por los secuestros del matrimonio de Bernardo Araya Zuleta y María Flores Barraza, ocurrido el 2 de abril de ese año.

Entre los imputados se encuentran Pedro Vitternich Jaramillo, Eduardo Cabezas Mardones, Jorge Díaz Radulovich, Guillermo Díaz Ramírez, Orlando Torrejón Gatica.

Otro grupo fue acusado por las desapariciones de Jorge Muñoz (esposo de la fallecida secretaria general del PC Gladys Marín), Mario Zamorano, Uldarico Donaire, Jaime Donato, Elisa Escobar, Lenin Díaz, Eliana Espinoza y Marta Ugarte, por hechos ocurridos entre el 4 de mayo y el 9 de agosto de1976. Por estos hechos, el juez encausó a Eduardo Reyes Lagos, José Ojeda Obando, Juvenal Piña Garrido, Carlos Rinaldi Suárez, Heriberto Acevedo, Emilio Troncoso Vivallos, Claudio Pacheco Fernández, Víctor Álvarez Droguett, José Friz Esparza, Eduardo Garea Guzmán y Rufino Jaime Astorga.

En el caso de Marta Ugarte fueron procesados tres ex agentes por el delito de homicidio calificado, ya que su cuerpo apareció en la playa Los Molles luego de ser arrojado desde un helicóptero para deshacerse de él. Los afectados por la decisión judicial fueron Heriberto Acevedo, Emilio Troncoso Vivallos, Claudio Pacheco Fernández.

Hasta ahora, Montiglio sólo mantenía procesados a más de 70 agentes de la DINA por el secuestro de Víctor Díaz, padre de la dirigenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) Viviana Díaz, por lo que con estos encausamientos amplía el alcance de su investigación.


The Clinic 

7 Mayo 2013

Dictan acusación contra Manuel Contreras y el rojo vip de la DINA por desaparición de matrimonio en Quintero

El ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Santiago, Miguel Vázquez Plaza, dictó acusación en la investigación por el secuestro calificado del matrimonio de Bernardo Araya Zuleta y María Flores Barraza, ocurridos a partir del 2 de abril de 1976 en la comuna Quintero, Región de Valparaíso.

El magistrado determinó responsabilizar a 13 agentes de la Dirección Inteligencia Nacional (DINA) por el secuestro calificado de la pareja, proceso que se encuentra inserto en la causa denominada Conferencia 1.

Los agentes acusados como coautores son el ex director de la DINA, general en retiro, Manuel Contreras Sepúlveda, los brigadieres retirados. Pedro Espinoza Bravo, Carlos López Tapia y Miguel Krassnoff Martchenko.

Además se incluye a los ex agentes Ricardo Lawrence Mires, Eduardo Garea Guzmán, Pedro Bitterlich Jaramillo, Orlando Altamirano Sanhueza, Eduardo Cabezas Mardones, Jorge Díaz Radulovich, Guillermo Díaz Ramírez, Orlando Torrrejón Gatica y Clara Barros Rojas.

El juez Vásquez señala que según los antecedentes de la causa “los elementos de cargo analizados permiten establecer que se encuentra legalmente acreditado que el 2 de abril de 1976, entre las 22:30 a 23:00 horas, fueron detenidos por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, sin orden de autoridad competente, en su domicilio ubicado en calle Barros Luco 1220, comuna de Quinteros, el matrimonio compuesto por Bernardo José Araya Zuleta, ex diputado del Partido Comunista de Chile, y María Olga Flores Barraza, de 64 y 60 años de edad, respectivamente, siendo conducidos hasta el cuartel clandestino de ese organismo, ubicado en calle Venecia 1722 de la comuna de Independencia, Santiago, lugar donde fueron vistos con vida por varios detenidos, sin que se tenga conocimiento del lugar donde posteriormente fueron conducidos, como tampoco de su actual paradero” dice la resolución que cierra definitivamente la investigación iniciada en 1998 por el juez Juan Guzmán Tapia.


The Clinic

12 Diciembre 2008

Agente denuncia que Ricardo Claro financió a la DINA

surgen pistas que podrían ligar a importantes empresarios nacionales con el financiamiento de la policía política de Pinochet. Ex represor revela encuentros entre el empresario y Manuel Contreras. Por Jorge Escalante y Javier Rebolledo Una nueva área de investigación en Derechos Humanos promete revelar los nexos de importantes empresarios con la DINA, la policía política [...]

Surgen pistas que podrían ligar a importantes empresarios nacionales con el financiamiento de la policía política de Pinochet. Ex represor revela encuentros entre el empresario y Manuel Contreras.

Una nueva área de investigación en Derechos Humanos promete revelar los nexos de importantes empresarios con la DINA, la policía política con que Pinochet asoló el país durante los setenta. Según el testimonio de un agente que ha trabajado con diversos ministros en visita en casos de asesinatos políticos, en 1976 la cúpula del organismo represor sostuvo reuniones con diversos empresarios buscando financiamiento.

De acuerdo a una declaración judicial de mayo de 2007 del ex agente Eduardo Cabezas Mardones ante los ministros Víctor Montiglio y Alejandro Madrid, a comienzos de 1977 se produjo una reunión entre Manuel Contreras, Ricardo Claro y el oficial de la Fuerza Aérea, Arturo Ramírez Labbé. El encuentro, según Cabezas, ocurrió en la Enoteca del cerro San Cristóbal y la razón fue “ya no política, sino netamente económica”. El agente se refiere a los años duros de la DINA, cuando los fondos para llevar a cabo las operaciones comenzaron a escasear. Manuel Contreras era cuestionado por algunos integrantes del cuerpo de generales e incluso por el ideólogo del régimen, Jaime Guzmán. Además, mantenía una pelea con el jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército, el general Odlanier Mena, que terminó siendo el primer director de la sucesora de la DINA, la Central Nacional de Informaciones, CNI.

Según la declaración de Cabezas, Contreras creó una brigada especial que operó en un departamento de Avenida Bulnes en el centro de la capital, cuyo objetivo principal fue reunir fondos para la organización. Ésta la dirigió el oficial ya retirado de la Fach, Arturo Ramírez.

“El trabajo consistía en que Ramírez Labbé tenía que tomar contacto con personas importantes, como empresarios. Por ejemplo, Ricardo Claro. Creo que la labor de la brigada era tener contacto con gente poderosa económicamente, yo sólo era el chofer”, dice el ex agente Cabezas.

The Clinic fue tras la pista de las redes de financiamiento de la DINA. El Mamo se negó a ser entrevistado sobre su historia al lado de Ricardo Claro; Cabezas Mardones, también.

En sus actuales oficinas de Alcántara, en Las Condes, Arturo Ramírez Labbé tampoco quiso referirse al tema. Ramírez Labbé ha sido gestor de ventas de la Empresa Nacional de Aeronáutica (ENAER) de la Fuerza Aérea chilena para El Salvador, Panamá, Honduras y República Dominicana, y la misma función la ejerce actualmente para los Astilleros y Maestranzas de la Armada (ASMAR) desde comienzos de los años 2000.

En el 2000, representando a ENAER para Centroamérica, se vio envuelto en una controversia por asuntos de sobreprecio y disputas de pagos, entre el gobierno de República Dominicana y esta empresa por la compra de ocho aviones Pillán en 1998.

EN LA “CASA DE PIEDRA”

Otro ex agente que pidió reserva de su identidad pero que está dispuesto a declarar lo que cuenta ante un juez, y que ha prestado los testimonios más valiosos del último tiempo a algunos magistrados, relató que en el invierno de 1976 el coronel Manuel Contreras junto a Miguel Krassnoff, Alejandro Burgos de Beer –ayudante de Contreras-, el subdirector de inteligencia Rolf Wenderoth y el entonces jefe de guarnición militar de Santiago, general Enrique Morel Donoso, se reunieron con el recientemente fallecido Ricardo Claro en la casa que la DINA incautó a Darío Saint Marie, dueño del diario Clarín, en el Cajón del Maipo.

Según su testimonio a The Clinic, durante el encuentro Contreras entregó a Claro un fusil AK cargado con balas trazadoras para que saliera a disparar en los alrededores de la casa conocida como “Casa de Piedra”, y donde funcionó un cuartel secreto de la DINA.

“Subieron a una lomita, y Ricardo Claro se entretenía disparándole a troncos de pinos, mirando cómo se incendiaban los árboles enteros. La idea era demostrarle al empresario la efectividad de este tipo de bala”, sostiene el ex agente.

El ex agente afirma que él llegó al lugar un día antes junto a otros integrantes de la Brigada Lautaro para preparar el encuentro. Dice que a Claro lo escoltaron desde Santiago los guardaespaldas de Contreras de apellidos y apodos Betancourt, el Loco Olmedo, el Negro Ortega, el Abuelo Aedo y el Flaco Leiva.

Contreras recibió al empresario junto a su esposa María Teresa Valdebenito y sus hijos. “Algunos de los temas que Contreras le conversó a Claro en la velada fue acerca de los empresarios que apoyaban a los izquierdistas en contra de Pinochet. Recuerdo que le dijo ‘tenga ojo con ellos’”, cuenta el ex agente.

LA RUTA DE LA PLATA

Este mismo ex agente que pide resguardo de su nombre afirma que la relación entre el Mamo Contreras y Ricardo Claro fue más profunda. “Cuando en la Brigada Lautaro nuestros sueldos se retrasaban, nos informaban que, para cancelarnos, se solicitaría dinero a Ricardo Claro. Nuestras remuneraciones la DINA las pagaba a través de la empresa pantalla Boxer y Asper Limitada. Y el empresario depositaba ahí el dinero”, dice.

Las peticiones de dinero a Claro, agrega el ex DINA, “se hacían a través de oficios que firmaban inicialmente Manuel Contreras o Pedro Espinoza (ex segundo hombre en DINA), y durante la CNI lo seguía haciendo Álvaro Corbalán”.

El ex agente dice que gran parte de los apoyos monetarios a la DINA se afinaron a través de las frecuentes conversaciones telefónicas entre Ricardo Claro y Manuel Contreras, a través de una línea especial que no pasaba por la Compañía de Teléfonos.

Además, sigue el ex DINA, Contreras -con la venia del empresario- infiltró a muchos agentes en las empresas de Claro para detectar opositores.

No fue ésta la única línea de financiamiento de la DINA. El organismo creó sociedades pantallas para mantener sus actividades: Pedro Diet Lobos (la más importante de todas, a cargo de un empresario amigo de Contreras y en la que participaba la plana mayor del grupo), Elissalde y Poblete, Procin, Complejo Terranova, Panandina de Inversiones, Umansol y Omega.


The Clinic

3 de Julio 2012

La historia íntima del secreto mejor guardado de la Dictadura

Desde la infancia de Jorgelino Vergara, pasando por su estadía en el único cuartel de exterminio que se conoce en Chile y su posterior vida de descolgado, el periodista Javier Rebolledo revela el episodio más violento registrado en nuestra historia. A partir de los testimonios de otros ex agentes en la causa judicial y la memoria fotográfica de “El mocito”, nos muestra puertas adentro los años en que la DINA ostentaba un poderío absoluto y cómo se produjo el mayor procesamiento en causas de derechos humanos: decenas de ex agentes nunca antes nombrados en caso alguno.

En 2007, Jorgelino Vergara, “El mocito”, protagonista del documental de Marcela Said y Jean de Certeau, reveló a la justicia la existencia del único cuartel, conocido hasta ahora, donde se exterminó personas sistemáticamente. Hasta entonces el cuartel Simón Bolívar era una especie de leyenda y la Brigada Lautaro, un grupo de agentes de la DINA cuya función era prestar seguridad a su director, Manuel Contreras, era sin duda el secreto mejor guardado de la dictadura.

“Los agentes de la Brigada Lautaro fueron los más malos de los malos. El testimonio de Jorgelino grafica lo que pasó con muchas personas en Chile, pero es muy posible que hayan habido muchos otros grupos de exterminio durante la dictadura”, explica Rebolledo, en cuyo libro Vergara se decidió a hablar de todo.

Uno de los episodios más crudos de La Danza de los Cuervos es protagonizado por los entonces tenientes del Ejército, Armando Fernández Larios (vive en EEUU, protegido tras colaborar en el esclarecimiento del crimen de Orlando Letelier) y Juan Chiminelli Fullerton (procesado por la Caravana de la Muerte, también libre). No una, sino tres veces, Jorgelino recordó haber escuchado gritos desgarradores durante una madrugada de agosto de 1976, cuando el cuartel estaba ya vacío, sólo habitado por la guardia y él, que pernoctaba allí.

Segundos más tarde, Fernández Larios golpeó el vidrio de su pieza para que se levantara a limpiar la devastación humana que había dejado. Afuera, en la oscuridad, los cuerpos destruidos de los detenidos, y Fernández Larios junto a Chiminelli, con los corvos ensangrentados en sus manos, con los gestos típicos de un consumidor de cocaína.

En medio de la noche elegían un detenido, lo sacaban del calabozo, desnudo, vendado y lo llevaban hasta un paredón. Lo acuchillaban ahí mismo. Con una manguera, escoba y paños, Jorgelino debía volver todo a la normalidad. La sangre, las vísceras esparcidas en el piso, nunca las pudo olvidar. Y las caras de los detenidos tampoco.

Por cierto no son los únicos horrores recordados en el libro. También se encuentran los episodios protagonizados por el “doctor” Osvaldo Pincetti, conocido por los detenidos de la Villa Grimaldi como el Doctor Tormento, un hipnotizador que hasta antes de la dictadura tenía un programa radial en La Serena, especializado en espiritismo.

Jorgelino le llevaba cafecito a Pincetti hasta su oficina dentro del cuartel. En varias ocasiones le tocó ver a los detenidos medio idos, drogados. “El doctor Tormento” los recostaba de espalda sobre una camilla, semi sentados, para interrogarlos mientras se miraban a sí mismos en un espejo puesto en el techo. Les clavaba una aguja en el brazo, de la que colgaba una sonda. Así el detenido veía en el espejo como su sangre caía al piso, acrecentando un charco cada vez más copioso, mientras era interrogado.

Los prisioneros quedaban psicológicamente destrozados creyendo desangrarse, pero el mocito dice que pudo ver el truco: otra sonda conectada a una bolsa de sangre escondida bajo la camilla. De otra forma, habrían muerto ahí mismo.
Pero más allá de los excesos y las prácticas del “Doctor Tormento”, existía un procedimiento estándar dentro del cuartel, no menos cruel y reconocido por Jorgelino y los demás agentes de Lautaro: Detención, calabozo (camarines) y al final del pasillo, tortura con electricidad sobre una litera de fierro, esa innovación tecnológica conocida como la parrilla.

Luego de sacarle la información, traspasarla a hojas y elaborar informes, el detenido era eliminado de la forma que los agentes determinaran. Muchas veces los mataron a golpes, patadas o con palos para aplanar tierra, amarrados en el gimnasio del cuartel o asfixiados con bolsas plásticas en la cabeza. Luego, inyección de cinco miligramos de pentotal de la mano de la enfermera Calderón, para asegurar el deceso. Una vez muerto y antes de ser “empaquetado”, el soplete en el rostro y huellas dactilares. No pocas veces, el robo de tapaduras dentales.
Así se va revelando la interna del único centro de exterminio conocido a la fecha, un relato construido íntegramente a base de las declaraciones de Jorgelino Vergara y a las confesiones que los propios agentes -todos procesados pero libres- hicieron al ministro de la Corte de Apelaciones, Víctor Montiglio, por la causa Calle Conferencia, que investiga la desaparición de tres direcciones clandestinas del Partido Comunista entre mayo y diciembre de 1976.

El mocito y yo

La primera vez que Javier Rebolledo oyó de la Brigada Lautaro, fue iniciando 2007, luego de acceder a la declaración policial de Jorgelino y la de otros ex agentes confesos. La publicó junto a su colega Jorge Escalante en el diario La Nación. En mayo de ese año partió con su cámara de video hasta el número 8630 de la calle Simón Bolívar, en la comuna de La Reina, donde familiares de detenidos desaparecidos realizaban una velatón. Era el portón trasero de un liceo. Ahí captó el momento en que un vecino se acercó a los organizadores a decirles que estaban equivocados, que el cuartel Simón Bolívar quedaba en el 8800, donde hoy se erige un condominio.

Una semana después Rebolledo volvió al lugar y tocó un par de citófonos para hablar con algunos residentes. Al condominio le decían el “condemonio”. En las noches se escuchaban gritos, en el día se veían personas detenidas, inanimadas. Muchos vecinos se fueron. Una posibilidad que no tuvo ninguno o quizás solo uno -sabría con los años el periodista- de los prisioneros políticos que atravesaron el portón doble de la antigua parcela.

Ese mismo año, poco después que Jorgelino quedara en libertad por ser menor de edad al momento de los crímenes testificados, el periodista viajó al interior de Curicó con los cineastas Marcela Said y Jean De Certeau, quienes querían hacer un documental a partir de la visión singular de un ex agente de la dictadura. Como investigador y asistente de dirección del premiado documental “El mocito”, conoció cara a cara a Jorgelino y junto a los cineastas, ganó su confianza. Fueron cinco años de investigación y 30 horas de entrevistas con Jorgelino en distintos puntos de Ñuñoa.

La confesión que hizo Jorgelino sobre los crímenes de la Brigada Lautaro, no provino de un arrepentimiento espontáneo. A fines de 2006, el agente Jorge Díaz Radulovic le dijo a los agentes de la PDI que investigaban Calle Conferencia, que el asesino del secretario general del PC, Víctor Díaz López, era un tal Jorge Vergara. No sospechaba que al pronunciar estas palabras había traído con ellas su propia condena. La policía comenzó entonces la búsqueda de muchos Jorges Vergara. Incluso interrogó al ex dirigente colocolino.

Finalmente, en enero de 2007, llegaron al interior de Curicó, cerca del Lago Vichuquén. Jorgelino se dedicaba a la tala de bosques. Con una extensa cicatriz en la frente, la única marca visible de su pasado, vivía precaria pero tranquilamente junto a su mujer en una cabaña. “Los estaba esperando hace mucho tiempo”, les dijo a los agentes de la PDI y partió con ellos a declarar a Curicó. Luego de testificar por cerca de ocho horas, sus dichos resultaron tan gravitantes que el ministro Montiglio, a cargo de Calle Conferencia, suspendió sus vacaciones en la Quinta Región y ordenó que lo trasladaran de inmediato a Santiago para que se lo dijera cara a cara.

Sigilosamente, en menos de 3 meses, la PDI detuvo a gran parte de los implicados y los mantuvo incomunicados. En los careos iniciales con “El mocito” casi todos lo negaron, pero dos lo reconocieron: el coronel a cargo de la Brigada Lautaro, Juan Morales Salgado y un subordinado de éste, Jorge Pichunman. Era suficiente. Por su parte, Jorgelino reconoció a cada uno de los agentes con nombre, apellido y chapa.

Los amigos del “Mamo”

Parte de la vida de Jorgelino se hizo conocida tras el estreno del documental El mocito (2011). En junio de 1974, a los 15 años, sin padre y en situación de pobreza, llegó a servir, desde las cercanía de Curicó, comida a la casa del jefe de la DINA, Manuel “Mamo” Contreras. El responsable fue su hermano José Vicente, quien trabajaba para el general en retiro Galvarino Mandujano, compadre del “Mamo”.

En el libro se detalla cómo, con una chaqueta blanca y una humita negra atada al cuello, vivió la intimidad de una familia poco convencional. Con el tiempo se ganó el cariño de todos, sobre todo de “la tía Maruja” (María Teresa Valdebenito, ex esposa de Manuel Contreras). Lo llevaban a veranear al exclusivo balneario Rocas de Santo Domingo. Durante esos años, hizo el desayuno, compró el diario, sacó a pasear al perro Kazán, cargó el maletín y la metralleta del jefe del clan, aprendió artes marciales, el uso de armas largas y cortas y, de a poco, comenzó a sentir la necesidad de serle mucho más útil a su patrón.

En el hogar del director de la DINA vio por primera vez al agente Michael Townley, entonces simplemente “el gringo” para él. Estaba a cargo de la tecnología de la casa, sistemas de radio y teléfono de línea cerrada, con comunicación directa a sus unidades y a Pinochet. A veces lo veía enseñándole inglés a Alejandra, la segunda más chica del clan Contreras.

También fue testigo de la visita de importantes personalidades a la casa ubicada en Antonio Varas con Pocuro. Ese mismo año le sirvió unas copas a Juan María Bordaberry, dictador uruguayo y colaborador en los crímenes masivos rotulados como “Operación Colombo” y “Operación Cóndor”. Pero más común era ver, con sus familias y bebiendo, a otros miembros del servicio de inteligencia, como Alejandro Burgos De Beer, Miguel Krassnoff, Marcelo Moren Brito, Pedro Espinoza y Juan Morales Salgado, el jefe la Brigada Lautaro, entonces encargada de su guardia personal.

¿Pinochet? Para el cumpleaños de Contreras en mayo de 1976, Jorgelino dice que aparecieron dos guardaespaldas en un Ford Mercury enviado de regalo por el propio Capitán General. Lo envolvieron con una inmensa cinta de regalos. Cuando el “Mamo llegó”, sin embargo, no le dio mayor importancia. No sonrió y solo dijo algo como “chuta”, recuerda el mocito. Luego leyó la tarjeta sobre el parabrisas y subió a su dormitorio.

En ese auto viajó toda la familia a Colonia Dignidad. Jorgelino se fue con los guardaespaldas en caravana. A los colonos los recuerda con “cara de locos” e incluso para él y los agentes de Contreras, ese lugar resultaba extraño. Allí mataron el tiempo jugando carioca. Su relación con la seguridad del “Mamo” se había estrechado.

En el libro y según Jorgelino, “El Viejo Valde” (Héctor Valdebenito Araya) decía que “allá los detenidos se iban a dormir con los pescados pero sin órganos”. Y el “Negro” Ortega pensaba que se llevaban las partes a Bélgica. Pero entonces, Jorgelino estaba más preocupado de parecerse a Bruce Lee, hacer bien el ponche con pisco que tomaba el “Mamo” y de las clases de artes marciales y de tiro que la familia le regaló. El chico de 15 años quería algún día llegar a ser un militar, un profesional.

Hoy Jorgelino dice que no llegó a sentir amor por la familia, pero sí admiración por el coronel. A esas alturas (entre 1974 y 1976), como Lautaro lo hizo con Pedro de Valdivia, el mocito se había ganado la confianza de su patrón al punto que no solo era conocido como “el regalón del ‘Mamo’ Contreras”, sino que éste lo recomendaría para una nueva misión: formar parte de la Brigada Lautaro. Javier Rebolledo apunta que “es probable que el ‘Mamo’ Contreras no se haya esperado que desde su propia casa viniera tantos años después el mayor testimonio de la DINA”.

Su misión sería hacer los cafés, luego guardia y cuidar a los detenidos, con el grupo de agentes de mayor confianza del director de la DINA. Ilusionado, Jorgelino hizo las maletas y partió al cuartel general. Pedro Espinoza lo recibió y anotó su nuevo nombre, para su carné de agente: Alejandro Dal Pozzo Ferretti. Desde ahí en auto a Simón Bolívar 8800.

Conejillos de indias

Era junio de 1976 y a pesar de su juventud, Jorgelino rápidamente entendió que Simón Bolívar era un centro de exterminio. En promedio ningún detenido duraba más de una semana. Quien entraba allí solo podía salir con un riel amarrado con alambre al cuerpo, envuelto en un bolsa de polietileno y un saco papero, para luego ser dejado en la maleta de un auto con dirección al campo de entrenamiento militar y base aérea de Peldehue. Desde ahí, al mar. Otro destino eran los piques de la Cuesta Barriga.

“Los detenidos venían de otros cuarteles a recibir las sesiones de tortura práctica y también la última exprimida de limón o servir a los agentes para darse un gustito. Yo no entiendo qué puede tener que ver en un interrogatorio con electricidad, agarrar a pailazos en la cabeza a una mujer embarazada de cinco meses, como ocurrió con Reinalda Pereira”, cuenta Rebolledo.

Se refiere al episodio contado por Vergara para el libro. Pereira, recién detenida, por la Brigada Lautaro fue brutalmente interrogada por Ricardo Lawrence, Germán Barriga y la enfermera Gladys Calderón. La mujer, recuerda Jorgelino, pedía que la mataran. En vez de eso, Lawrence fue a buscar una sartén y la golpeó hasta destruirla. Al mismo tiempo, Barriga efectuaba simulacros de ejecución con una pistola vacía sobre la sien de la mujer.
Barriga se suicidó en 2005. Nunca reconoció sus crímenes. Alegaba que no lo dejaban vivir, acosándolo por crímenes inexistentes. Hoy es casi un mártir para los fanáticos de la dictadura.

El mocito también fue testigo de los inhumanos últimos días de Daniel Palma. Al dirigente comunista lo atraparon en agosto de 1976 y a pesar de su avanzada edad, los agentes Héctor Valdebenito, Manuel Obreque, Eduardo Oyarce, Bernardo Daza y Juvenal Piña le aplicaron la Gigí (máquina que genera electricidad con una manivela) en sus genitales y debajo de la lengua, como solían hacerlo con todos.

La última vez que Jorgelino lo vio, fue en el gimnasio, sentado en una silla, esposado y golpeado por varios agentes con un palo para compactar tierra. El mocito dice que caía, lo levantaban y “le volvían a dar”. Con los huesos quebrados agonizó toda la noche hasta la muerte.

En otro episodio, el mocito recordó -y luego también varios de sus ex colegas en el cuartel Simón Bolívar-, que un día de 1976 entró un auto con dos detenidos vendados, custodiados por tres agentes. Eran extranjeros. Nunca supo si se trataba de dos peruanos o de un peruano y un boliviano. De lo que sí está seguro es que se trataba de conejillos de indias. Según relata, apenas pusieron los pies fuera del auto comenzaron a ser interrogados y golpeados por Barriga, Lawrence y Morales, quien con sus tacos pateaba contra el maicillo al primero que cayó.

Lo peor estaba por venir. En menos de dos semanas llegaron Contreras, Townley y Chiminelli. En el casino esperaron la llegada de los dos prisioneros esposados y vendados. El mocito hizo café y comenzó la prueba. El coronel tomó en sus manos el nuevo dispositivo inventado por el “Gringo”, una mini Gigí que disparaba un dardo eléctrico activado por control remoto. Entre convulsiones cayeron al piso.

Después volverían Contreras y Townley, con un juguetito del químico Eugenio Berríos. Los extranjeros estaban contra el muro del pabellón de solteros donde dormía Jorgelino. El experto en bombas, usando una especie de casco de astronauta, dice en el libro, sacó un tubito con gas sarín y disparó el spray a la nariz de uno de ellos. Murió al instante.

Al segundo, nervioso por su destino, los agentes Emilio Troncoso y Jorge Díaz Radulovic, el “Gitano”, debieron sujetarlo para que el asesino del general Prats disparara. Al hacerlo, sin querer roció también al “Gitano”, quien cayó convulsionado. Otro agente partió a buscar leche hasta que lo estabilizaron. Los extranjeros quedaron tendidos en el gimnasio para ser “empaquetados”.

“Pruebas con conejillos de indias, solo había escuchado de los campos de concentración nazi”, advierte Rebolledo, “lo mismo que matar a los detenidos a palos, con polines para aplanar tierra. En el tiempo que me tocó investigar causas de Derechos Humanos, no supe de algo más brutal que esto, es el punto más bajo de la dictadura”.

El Cuartel operó sistemáticamente haciendo valer su regla de oro: el exterminio. Pero toda regla tiene una excepción. Aparte de quienes sobrevivieron a la inyección letal -Ángel Guerrero Carrillo, joven mirista de 24 años que aún respiraba cuando el agente Bernardo Daza lo desnucó en la Cuesta Barriga, y Marta Ugarte, estrangulada por el agente Emilio Troncoso en un helicóptero del Comando de Aviación del Ejército antes de lanzarla al mar frente a Los Molles-, en los dominios del capitán Juan Morales Salgado, se cree, hubo solo una persona que logró salir con vida.
Jorgelino dice en el libro que fue un joven de 25 años. Lo habían golpeado ya bastante cuando decidieron sacarlo al estacionamiento para embutirle alcohol a la fuerza. Totalmente borracho, lo subieron a un auto e invitaron a Jorgelino a dar un paseo. “El mocito” cuenta que tomaron la carretera y pararon cerca de Graneros, el “Gitano” abrió la puerta y con una patada lo dejó tirado en la berma. Pudo haber sido el hijo de alguien influyente.

Los héroes no existen

El origen del cuartel Simón Bolívar es la Brigada Lautaro. La unidad fue creada en abril de 1974 para cumplir labores de “inteligencia” y seguridad del director de la DINA. Estuvo a cargo del capitán Juan Morales Salgado, secundado por el teniente Armando Fernández Larios. A principios de 1975, cuando la brigada alcanzaba la veintena de agentes, son trasladados a la parcela de La Reina. Tiempo después sumaban cerca de treinta.

Entre mayo y junio de 1976, se le da la orden a Morales de recibir a la Brigada Delfín, liderada por Germán Barriga, capitán de ejército y secundada por
Ricardo Lawrence, teniente de Carabineros. Venían de Villa Grimaldi con un cajón manzanero cargado de inyecciones de pentotal (droga de la verdad), y un grupo de cerca de veinte agentes, todos expertos en detención y tortura.

Por el centro de exterminio pasaron cerca de 80 militantes del Partido Comunista, incluyendo tres de sus directivas clandestinas completas. “Y probablemente unas 100 o 150 personas que no sabemos quiénes son”, estima el autor del libro. “Pueden ser de otros partidos, gente sin militancia. Jorgelino cuenta que los agentes comentaban la mala suerte de muchos de haber caído bajo sus manos”, agrega.

“Cuando se trata de tortura sistemática y brutal, los héroes no existen”, dice Rebolledo en el libro. La frase está en un capítulo llamado La espiral, que pone en contexto un problema clave en el esclarecimiento de las violaciones de los Derechos Humanos. “Un tabú que ha comprometido a las organizaciones y partidos de izquierda de Chile y el mundo: la colaboración de los militantes detenidos para suspender o mitigar los tormentos inhumanos a los que fueron sometidos”, escribió.

Fue el caso de Víctor Díaz, subsecretario del Partido Comunista, quien llegó a Simón Bolívar desde Villa Grimaldi en mayo de 1976. A pesar de que los prisioneros tenían las horas contadas, el militante, de avanzada edad entonces, estuvo siete meses en un centro donde máximo alcanzaban las dos semanas y según consigna la historia, los mismos meses en que cayeron tres directivas completas en la clandestinidad.

El “Chino” Díaz era “la presa mayor”. Según testificó en 2007 el agente Ricardo Lawrence, Díaz junto a dos dirigentes más, fueron llevados a la Casa de Piedra del Cajón del Maipo, confiscada al ex director del diario El Clarín, Darío Sainte Marie. Estaban con Contreras y Morales cuando entró Pinochet. Conversó principalmente con Díaz, “quien le señala que atacar al Partido Comunista era como sacar agua de la mar con un balde”.

Mientras estuvo en Villa Grimaldi, el jefe de la plana mayor de la Brigada Delfín, Alfonso Ojeda Obando, declaró que Víctor Díaz le dijo que colaboraría porque todos sus compañeros estaban cayendo y ya no tenía nada más que hacer. Jorgelino lo recuerda bien. Según cuenta se tenían estima y, por eso, le llevaba agua en un vaso plástico de cumpleaños. Y él se lo agradecía con un golpecito en la mano agachado, por la escotilla.

La última vez que lo vio con vida fue la navidad de 1976. Tenía ya la cena servida para los agentes de guardia, cuando sus compañeros salieron rumbo a la casa del “Mamo”. El mocito cuenta que pasó por los calabozos cargando su fusil, abrió la puerta de Díaz y lo llevó hasta el casino. Estaba débil. Luego de sacarle las esposas cenaron sin cruzar una palabra.

Entre Navidad y Año Nuevo, Jorgelino vio salir de la celda de Díaz a la enfermera Calderón con su neceser de la muerte. A esas alturas Jorgelino ya hacía guardias, tenía un arma de servicio y colaboraba en el “empaquetamiento” de las víctimas. Juan Morales le dijo a Jorgelino que lo necesitaban adentro. Ahí vio a los agentes Daza y Escalona junto al cadáver con una bolsa plástica en la cabeza.

Aunque después de cumplir 18 años, la memoria de Jorgelino “empieza a fallar”, este recuerdo gatilló la caída de la Brigada Lautaro. El 22 de enero de 2007, Juan Morales reconoció la orden de Manuel Contreras de eliminar a Díaz. Ese mismo día su subalterno Guillermo Ferrán lo confirmó y días después Jorge Pichunman aportó nuevos antecedentes: quien asfixió a Díaz fue Juvenal Piña, que el 27 de febrero confesaría el crimen en medio de llantos. Luego, otros agentes reconocieron los asesinatos cometidos ahí y ya no podían ponerse de acuerdo. El pacto de silencio de 30 años se había roto de forma definitiva.

Las lucas de Claro y los seguimientos a artistas y futbolistas

Las confesiones de Jorgelino Vergara durante las entrevistas para La Danza de los Cuervos, no sólo alcanzan al mundo militar. Uno de los nombres importantes mencionados es el de Ricardo Claro, empresario de reconocida admiración por la dictadura y cuya colaboración con el régimen no se habría limitado a ser coordinador de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos. También habría sido financista de la DINA.

Según dice Jorgelino en el libro -testimonio utilizado por el periodista Javier Rebolledo en un reportaje para The Clinic hace unos años- fue testigo de una reunión en la casa de piedra del Cajón del Maipo entre Manuel Contreras y Ricardo Claro, quien llegó escoltado por cinco agentes de la DINA. El agente Eduardo Cabezas Mardones confesó hace unos años al ministro Montiglio que fue testigo de otra reunión -“netamente económica”- en la Enoteca del Cerro San Cristóbal, donde también estuvo Arturo Ramírez Labbé, oficial de la Fuerza Aérea encargado de buscar financiamiento.
En el capítulo titulado “Alguien tiene que ponerse” se explica cómo Claro cancelaba las remuneraciones de la DINA a través de la empresa pantalla Boxer y Asper Limitada. Cuenta Jorgelino que cuando se atrasaban los sueldos, el encargado de la plana mayor, el “Viejo” Sagardía, llamaba por teléfono a la secretaria de la empresa y le decía que por favor le pidiera los sueldos a don Ricardo Claro. Lo hacía frente a todos.

Otros antecedentes que aporta el mocito tienen que ver con seguimientos a artistas opositores. En 1977, con el Partido Comunista muy golpeado y por ende, menos actividad dentro del cuartel, Jorgelino comenzó a asumir labores de inteligencia, infiltrándose en peñas folclóricas y sacando antecedentes de personas en el Registro Civil. De los que recuerda, están el actor Héctor Noguera, la actriz Schlomit Baytelman y el cantante Fernando Ubiergo.

En su lista de sospechosos también estaban los futbolistas Carlos Caszely y Leonardo “Pollo” Véliz. Jorgelino recuerda cómo le contaron el procedimiento del Comando de Vengadores de Mártires -formado en 1980 para vengar el asesinato del capitán de Ejército Roger Vergara, a manos del MIR- para incendiar el restaurante Campo Lindo, propiedad de los cracks de la selección chilena.


El Mostrador

1  Agosto 2012

Testimonios judiciales de ex agentes recuerdan su vínculo con la DINA

Ricardo Claro: el visitante del Paseo Bulnes

Fue uno de los primeros empresarios que se hizo asiduo visitante en el Paseo Bulnes, aunque ya estaba vinculado al organismo. Muchos años después, procesado y arrestado por los crímenes del cuartel Simón Bolívar, Cabezas Mardones recordó en sus declaraciones judiciales sus visitas para reunirse con Manuel Contreras y Ramírez Labbé. “El trabajo consistía en que Ramírez Labbé tenía que tomar contacto con personas importantes de universidades y empresarios. Por ejemplo, recuerdo a Ricardo Claro (…) En Bulnes, en reiteradas ocasiones me percaté de la presencia del señor Claro, del rector de la universidad de Chile y Manuel Contreras. (…) La labor ya no era política, era netamente económica”.

La nueva brigada se instaló en el Paseo Bulnes, cerca de la calle Alonso Ovalle. Transcurrían los últimos meses de 1976. La DINA aún reinaba. Pero en el horizonte aparecían nubarrones negros para su jefe, entonces coronel Manuel Contreras. Había logrado triunfar en su descarnada disputa con el jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, general Odlanier Mena. Este consideraba que Contreras convertía la ortodoxia de la inteligencia en una banda de ladrones y despiadados asesinos. Se lo dijo más de una vez a Augusto Pinochet. Otros integrantes del cuerpo de generales opinaban parecido a Mena.

El crimen de Orlando Letelier el 21 de septiembre de 1976 en Washington, autoría de los hombres de Contreras, había sellado la suerte de la DINA. Estados Unidos, uno de los principales gestores del Golpe Militar, exigía esta vez a Pinochet poner fin a su organismo estrella de la represión.

Entonces, para Contreras y sus brigadas comenzó a escasear el dinero. Pinochet tuvo buen cuidado de empezar lentamente a recortarles el presupuesto con la intención de asfixiarlos. En ese escenario nacía la última brigada de la DINA, y tal vez la menos conocida de todo el período de las cuatro letras con puño de hierro: la Brigada Económica.

Contreras habló con el oficial de la Fuerza Aérea retirado, su amigo personal Arturo Ramírez Labbé. Le pidió que fuera el jefe. ¿Objetivo?, conectar empresarios poderosos y personas influyentes que, desde sus empresas e instituciones, aportaran los primeros y desviaran los segundos, fondos para lamisión patriótica aún inconclusa.

A pesar de sus desvelos, el jefe de la DINA todavía conservaba el honor de ser el hombre más poderoso y temido de Chile después de Pinochet. Como su ayudante para todo servicio, incluido su protección personal y chofer, Contreras le puso a Ramírez Labbé a un integrante de la temida Brigada Lautaro: Eduardo Cabezas Mardones, de chapa José Luis Ibarra. Mardones venía de la FACh y se había destacado en astucia y brutalidad desde un comienzo. Por sus cualidades llegó a convertirse en el guardaespalda y todo terreno del oficial de Carabineros Ricardo Lawrence, segundo hombre del Grupo Delfín en el cuartel de exterminio Simón Bolívar.

Uno de los primeros empresarios que se hizo asiduo visitante en el Paseo Bulnes, fue Ricardo Claro Valdés, que ya estaba vinculado al organismo. Muchos años después, procesado y arrestado por los crímenes del cuartel Simón Bolívar, el mismo Cabezas Mardones recordó en sus declaraciones judiciales las visitas de Ricardo Claro a Bulnes para reunirse con Manuel Contreras y Ramírez Labbé.

“El trabajo consistía en que Ramírez Labbé tenía que tomar contacto con personas importantes de universidades y empresarios. Por ejemplo recuerdo a Ricardo Claro. (…) En Bulnes, en reiteradas ocasiones me percaté de la presencia del señor Claro, del rector de la universidad de Chile y Manuel Contreras. (…) La labor ya no era política, era netamente económica”.

El rector de la Universidad de Chile mencionado, corresponde a otro hombre de confianza de Contreras, el abogado asesor de la Junta Militar, Julio Tapia Falk.

“Agradecía a Dios el hecho de tener algo de fortuna porque ello le posibilitaba ayudar a ciertas causas y obras ‘hasta que duela’. Muchos son los que pueden dar fe de ello”, escribió sobre Claro para la revista Capital la historiadora Patricia Arancibia Clavel, poco después de la muerte del empresario en 2008.

UN AGENTE AMENAZANTE

Cuando llamamos por teléfono a Cabezas Mardones para que aportara más antecedentes acerca de la relación de Claro con la Brigada Económica y entregara nombres de otros empresarios colaboradores, éste respondió amenazante. “Yo no tengo nada que hablar con usted. ¿De dónde sacó mi teléfono? No me llame nunca más”, y cortó. Volvimos a marcar el número y de manera amable le pedimos una conversación. Después de un largo silencio, se escuchó “Ya te dije ya. ¡Cuidadito conmigo!”. Ante la diplomática despedida, no llamamos más.

Pero el debut de Claro apoyando la causa de la DINA había ocurrido bastante tiempo antes, cuando el organismo crecía y crecía y se requería cada vez más dinero que no alcanzaba a cubrir el presupuesto que se le otorgaba desde el gobierno central. En distendida conversación con el ex agente Jorgelino Vergara, más conocido como El Mocito, nos recordó que cuando entre 1974 y 1975 él trabajó como mozo en casa de Manuel Contreras en calle Pocuro con Antonio Varas, Ricardo Claro acudía “a cenar a esa casa con el Mamo. Yo lo aprendí a conocer porque era yo el que lo atendía”.

En el libro del periodista Javier Rebolledo “La Danza de los Cuervos”, El Mocito cuenta que Ricardo Claro no sólo a veces pagaba los sueldos de los agentes de la Lautaro, sino que acompañado de los principales hombres de la DINA, también disparaba balas incendiarias en fusiles de grueso calibre en los bosques del Cajón del Maipo. Era invitado por Contreras a la Casa de Piedra, que la dictadura había confiscado al dueño del diario Clarín, Darío Saint Marie, y traspasado a la DINA para que la usara como lugar de descanso y prisión transitoria de detenidos.

LA PARTIDA AL “EXILIO”

Avanzaba el tiempo y Pinochet estaba sometido a fuertes presiones y debía decidir el destino de la DINA. Ya a fines de 1976, sencillamente no contestaba los oficios personales que Contreras le hacía llegar pidiendo urgente más dinero. En los desayunos diarios entre los dos, Pinochet le explicaba que no se podía más. Se daba cuenta de que alguna razón tenían los detractores de la DINA, que iban creciendo. Pero Contreras y su monstruo hambriento le mantenían el país en orden. Para el dictador, de inmenso valor. Finalmente, Pinochet sacó a Mena de la DINE. El detractor perdía la batalla. —Pero te ofrezco la embajada en Brasil, Negro, allá vas a estar tranquilo— le dijo. Y Mena partió al “exilio”. El Negro, como le decían cariñosamente sus más cercanos, mordía la derrota. Aunque en sus pensamientos se anidó el espíritu de la venganza.

Contreras se convenció que llegaba el momento en que había que empezar a sobrevivir. Los días de gloria quedaban atrás. Estados Unidos seguía presionando con amenazas de cortar la venta de pertrechos militares, si el régimen no ponía fin a la DINA, que había osado matar en territorio estadounidense.

El Mamo sabía que habían logrado dar golpes mortales al MIR, al Partido Comunista y a los socialistas. Pero el apetito represivo era muy grande. Apenas transcurrían tres años de la guerra antimarxista. La DINA necesitaba urgente más dinero. Los tentáculos de la bestia crecían temiblemente. Causaba preocupación y temor dentro de sectores del mismo Ejército y las otras ramas de las Fuerzas Armadas.

TRES PLANES

Entonces, Contreras diseñó tres planes que operarían en paralelo. Uno conduciría a obtener recursos propios para seguir golpeando al enemigo. Debía demostrar a todos, y especialmente a Pinochet, que la DINA seguía vigente y necesaria. Para ello incursionó en la formación de empresas fantasmas, varias de ellas con vínculos en Panamá, a través del abogado panameño Guillermo Endara, quien después sería presidente de ese país entre 1989 y 1994. Ellas debían aportar lo necesario para cubrir una parte de los gastos de las brigadas operativas y el pago de informantes. Otra parte surgiría de algunos asaltos que deberían realizar los agentes más fogueados.

El segundo plan fue la formación de la Brigada Económica, el que logró con éxito.

El tercero fue el más maquiavélico. Frente a los críticos de los métodos brutos de su organización exigiendo el retorno a la ortodoxia clásica de la inteligencia militar por la que abogaba el general Mena y otros, la DINA demostraría que estaban equivocados. ¿Cómo? Generando ellos mismos lasubversión marxista, a punta de bombazos nocturnos en las principales ciudades del país. Entonces tendrían que reconocer que la DINA era insustituible. Que el peligro subversivo aún latía.

Los planes funcionaron como Contreras quería. Operaron las empresas de papel que trabaron pingües negocios oscuros y fraudulentos. Algunas fueron Entrecostera Panatlántica, Edice Investment Inc., y South Fishing Corporation.

Los bombazos dieron sus frutos, al menos por un tiempo. No fueron muy potentes. Algunas sedes bancarias, oficinas públicas y postes de alumbrado fueron los objetivos. Aparecieron críticas a la Policía de Investigaciones que dirigía el general retirado Ernesto Baeza, otro de los enemigos de los métodos DINA. Las mismas dudas de eficiencia recayeron sobre las redes de inteligencia de las Fuerzas Armadas y Carabineros. Contreras lograba por ahora justificar la continuidad del puño de hierro. Eso sí, a cualquier precio. Aún actuando como bandidos y terroristas.

Entre los aportes realizados por los amigos empresarios a la causa, hubo uno que, aunque modesto en el valor material, tuvo gran efecto de apoyo a los planes de Contreras para mantenerse en el trono. Unos meses antes de que finalmente Pinochet decidiera poner fin a la DINA en agosto de 1977 y remplazarla por la CNI, un pequeño accidente puso en evidencia que la subversión marxistaera malévolamente inducida.

Por orden de Contreras, Cabezas Mardones viajó a Concepción a retirar un trabajo de imprenta empacado en 50 cajas de cartón. “Cargué la camioneta y partí. Pero en la carretera de regreso un camión pasó a llevar la camioneta y se volaron unas cajas. Ahí vi que contenían panfletos con consignas en contra del gobierno militar. Era la política sucia”, recordó el agente en una de sus declaraciones judiciales en 2007. El actualmente fallecido juez Víctor Montiglio lo había procesado por los crímenes del cuartel Simón Bolívar.

Por esas cosas de la vida, el general Odlanier Mena recibió a fines de julio de 1977 un llamado de Pinochet a la embajada de Brasil. Por decreto 1878, el 13 de agosto de ese año Pinochet creó la Central Nacional de Informaciones, CNI. La DINA desaparecía entre la tormenta. Con Manuel Contreras arrestado en el Hospital Militar. Estados Unidos pedía su extradición por el crimen de Orlando Letelier. Mena regresaba a Santiago en gloria y majestad para asumir la dirección de la CNI. La venganza estaba cumplida.


La Nación

7 de mayo de 2013

DICTAN ACUSACIÓN CONTRA EX CÚPULA DINA POR DESAPARICIÓN DE MATRIMONIO

Manuel Contreras y otros altos jefes del ex organismo de seguridad fueron acusados por el ministro en visita Miguel Vásquez por el secuestro calificado del ex diputado comunista Bernardo Araya (en la foto) y su esposa María Flores.

El ministro en visita Miguel Vázquez Plaza dictó acusación en la investigación por el secuestro calificado del matrimonio de Bernardo Araya Zuleta y María Flores Barraza, ocurrido a partir del 2 de abril de 1976 en la comuna Quintero, Región de Valparaíso.

El magistrado determinó responsabilizar a 13 agentes de la ex Dirección Inteligencia Nacional (DINA)por el secuestro calificado de la pareja, proceso que se encuentra inserto en la causa denominada Conferencia 1.

Los agentes acusados como coautores son el ex director de la DINA, general en retiro Manuel Contreras Sepúlveda, y los brigadieres en retiro Pedro Espinoza Bravo, Carlos López Tapia y Miguel Krassnoff Martchenko.

Además, se incluye a los ex agentes Ricardo Lawrence Mires, Eduardo Garea Guzmán, Pedro Bitterlich Jaramillo, Orlando Altamirano Sanhueza, Eduardo Cabezas Mardones, Jorge Díaz Radulovich, Guillermo Díaz Ramírez, Orlando Torrejón Gatica y Clara Barros Rojas.

El juez Vásquez señala que los antecedentes de la causa "permiten establecer que se encuentra legalmente acreditado que el 2 de abril de 1976, entre las 22:30 a 23:00 horas, fueron detenidos por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, sin orden de autoridad competente, en su domicilio ubicado en calle Barros Luco 1220, comuna de Quintero, el matrimonio compuesto por Bernardo José Araya Zuleta, ex diputado del Partido Comunista de Chile, y María Olga Flores Barraza, de 64 y 60 años de edad, respectivamente, siendo conducidos hasta el cuartel clandestino de ese organismo, ubicado en calle Venecia 1722 de la comuna de Independencia, Santiago, lugar donde fueron vistos con vida por varios detenidos, sin que se tenga conocimiento del lugar donde posteriormente fueron conducidos, como tampoco de su actual paradero".


La Nacion

7 de Febrero de 2014

SECRETARIA DEL “MAMO” ENTRE 53 ACUSADOS POR CASO CONFERENCIA
La requerida para su extradición desde Australia, Adriana Rivas, aparece junto a otras mujeres como la llamada “Doctora Hoffman” entre los encausados por el exterminio de la cúpula del partido Comunista en manos de brigadas de la DINA

Un crudo relato que incluye la acción de militares en el desentierro de cuerpos desde la Cuesta Barriga con resguardo de Carabineros, y la participación activa entre otros de la extraditable Adriana Rivas, ex secretaria de Manuel Contreras, incluye la acusación del juez Miguel Vásquez contra 53 ex agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) en el caso “Calle Conferencia Dos”.

Rivas permanece en Australia y está requerida su extradición desde el pasado jueves 16 de enero por la Corte Suprema a pedido del ministro en visita que la tiene entre los encausados en este procedimiento por el exterminio de la segunda cúpula del Partido Comunista en 1976.

En septiembre de 2013, la mujer que formalmente se desempeñó como secretaria del director de la DINA realizó declaraciones a la emisora australiana SBS que causaron repercusión al decir que defendía la tortura y, además, señaló que aquellos años en que perteneció al aparato represor fueron los mejores de su juventud.
Considerada agente de la Brigada Lautaro, la mujer en esa conversación indicó que las torturas en su país durante el régimen de Augusto Pinochet eran "un secreto a voces" y las calificó de técnica "necesaria" para "quebrantar a la gente".

LA DOCTORA HOFFMAN TAMBIÉN ESTÁ ENTRE LOS ACUSADOS
La resolución considera a otras 10 mujeres todas sindicadas como participantes en las torturas a los detenidos políticos, luego asesinados y hechos desaparecer, entre ellas Berta Jiménez, Celinda Aspe y Gladys Calderón, quien habría actuado con inoculación de elementos tóxicos y que era conocida como la “Doctora Hoffman”.
En parte del documento se destaca unao de los testimonios que estableció que "Adriana Rivas y Berta Jiménez eran operativas" y que aunque "en el papel todos las mujeres eran secretarias" , se señala que "la verdad es que eran operativas" y que "Celinda Aspe era las más operativa de las agentes mujeres".

A LAS PUERTAS DE QUE SE DICTE SENTENCIAS
El proceso, que avanza a pasos agigantados para que se dicten sentencias, señala que a partir del 13 de diciembre de 1976 las brigadas de la DINA capturan en diversos operativos a Fernando Navarro Allendes, Lincoyán Berríos Cataldo, Horacio Cepeda Marinkovic, Fernando Ortiz Letelier, Héctor Véliz Ramírez, y Waldo Ulises Pizarro Molina.
La construcción del caso realizada por el magistrado señala que todos fueron llevados al cuartel Simón Bolívar de La Reina donde fueron interrogados bajo torturas, luego hechos desaparecer y que restos mínimos de algunos de estos fueron encontrados en sitios de inhumación ilegal.

EL DETALLE CON LA NÓMINA DE LOS ACUSADOS:
"I. A (1) Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda, (2)Pedro Octavio Espinoza Bravo, (3)Juan Hernán Morales Salgado, (4)Ricardo Víctor Lawrence Mires, (5)Federico Humberto Chaigneau Sepúlveda, (6)Hernán Luis Sovino Maturana, (7)Gladys de las Mercedes Calderón Carreño, (8)Eduardo Antonio Reyes Lagos, (9)Juvenal Alfonso Piña Garrido, (10)José Alfonso Ojeda Obando, (11)Pedro Segundo Bitterlich Jaramillo, (12)Jorge Laureano Sagardía Monje, (13)Héctor Raúl Valdebenito Araya, (14)Bernardo del Rosario Daza Navarro, (15)Sergio Orlando Escalona Acuña, (16)Jorge Lientur Manríquez Manterola, (17)José Miguel Meza Serrano, (18)Luis Alberto Lagos Yáñez, (19)María Angélica Guerrero Soto, (20)Jorge Iván Díaz Radulovich, (21)Guillermo Jesús Ferrán Martínez, (22)Jorge Segundo Pichunmán Curiqueo, (23)Orfa Yolanda Saavedra Vásquez, (24)Elisa del Carmen Magna Astudillo, (25)Claudio Orlando Orellana de la Pinta, (26)Eduardo Alejandro Oyarce Riquelme, (27)Heriberto del Carmen Acevedo, (28)Claudio Enrique Pacheco Fernández, (29)Emilio Hernán Troncoso Vivallos, (30)Sergio Hernán Castro Andrade, (31)Teresa del Carmen Navarro Navarro, (32)Juan Edmundo Suazo Saldaña, (33)Orlando Jesús Torrejón Gatica, (34)José Manuel Sarmiento Sotelo, (35)Carlos Enrique Miranda Mesa, (36)Víctor Manuel Álvarez Droguett, (37)Orlando del Tránsito Altamirano Sanhueza, (38)Gustavo Enrique Guerrero Aguilera, (39)Manuel Antonio Montre Méndez, (40)Guillermo Eduardo Díaz Ramírez, (41)Hiro Álvarez Vega, (42)Celinda Angélica Aspe Rojas, (43)Jorge Hugo Arriagada Mora, (44)Berta Yolanda del Carmen Jiménez Escobar, (45)Carlos Justo Bermúdez Méndez, (46)Eduardo Patricio Cabezas Mardones, (47)Adriana Elcira Rivas González, (48)Carlos Eusebio López Inostroza, (49)Italia Donata Vaccarella Gilio, Camilo Torres Negrier, Joyce Ana Ahumada Despouy, Marilín Melahani Silva Vergara, yJosé Domingo Seco Alarcón, como coautores de los delitos de secuestro calificado de Fernando Alfredo Navarro Allendes, cometido a partir el 13 de diciembre de 1976, y Lincoyán Yalú Berríos Cataldo, Horacio Cepeda Marinkovic, Juan Fernando Ortíz Letelier, Héctor Véliz Ramírez, cometidos a partir del 15 de diciembre de 1976.

II: A Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda, Pedro Octavio Espinoza Bravo, Juan Hernán Morales Salgado, y Ricardo Víctor Lawrence Mires, como coautores del delito de secuestro calificado de Waldo Ulises Pizarro Molina, cometido a partir el 15 de diciembre de 1976.

III. A Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda, Pedro Octavio Espinoza Bravo, Juan Hernán Morales Salgado, Ricardo Víctor Lawrence Mires, Eduardo Antonio Reyes Lagos, Juvenal Alfonso Piña Garrido, José Alfonso Ojeda Obando, Pedro Segundo Bitterlich Jaramillo, Víctor Manuel Álvarez Droguett, Jorge Iván Díaz Radulovich, Heriberto del Carmen Acevedo, Claudio Enrique Pacheco Fernández, Emilio Hernán Troncoso Vivallos, Orlando Jesús Torrejón Gatica, Orlando del Tránsito Altamirano Sanhueza, Carlos Enrique Miranda Mesa, Guillermo Eduardo Díaz Ramírez, Eduardo Patricio Cabezas Mardones, Carlos Eusebio López Inostroza y José Domingo Seco Alarcón, comocoautoresde tres delitos de homicidio calificado de Juan Fernando Ortiz Letelier, Horacio Cepeda Marinkovic y Lincoyán Yalú Berríos Cataldo, perpetrados entre el 15 de diciembre de 1976 al 25 de diciembre de 1976, en la ciudad de Santiago."


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