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Patricio Lautaro WEITZEL PEREZ

El Pato fue el cuarto de los seis hijos que tuvieron nuestros padres. No lo recuerdo mucho guando pequeño, pero era uno más de los seis "bandidos", entre los cuales yo era la única mujer. Eramos seis bestezuelas libres y felicies que haciamos correr a nuestra pobre vieja todo el día (en esos tiempos, aún joven) pero a la que igual llamábamos vieja, como lo hacernos hoy. Era el rnás chico de los cuatro grandes, pero el más alto, el mas alegre, el más rubio, el más risueño, el mas  travieso, el mas libre. Y asi se mantuvo hasta los 27 años, que fue todo lo que alcanzó a vivir. Pero, los vivió dulce e intensamente.

Hoy, cuando sus tres hermanos mayores, compañeros de juegos y correrias, ya superamos el rnedio siglo de vida, el Pato permanece entre nosotros con sus 27 años. Para sus dos hermanos rnenores, el Pato fue el ejemplo, la admiración y el amor de hermanos. Y no podría ser de otra forma. El está entro nosotros tal cual fue, tal cual fue su vida, tal cual fue su estampa, su genio y su figura. No lo endiosamos, no lo
sublimarnos. No es necesario, porque como alguien dijo una vez "El Pato era el mejor de los hermanos". En eso, sus cinco hermanos que le sobrevivimos, estamos de acuerdo.

Hacer una semblanza de él, no es sencillo. Aún nos duele, aún nos desgarra por dentro cuando hablamos de él. Y eso, pese a que lo recordamos con amor y alegría y en los mejores instantes de su vida. Cuando olvidamos que vivir la vida es algo mas que tres palabras, traemos a nuestro hermano hasta el hoy. Lo traemos vivo, entero y respirando porque él, sin una sola palabra, nos enseñó a vivir la vida, a disfrutar el presente sin complicaciones. Y eso, muchas veces lo olvidamos.

Traemos al Pato hasta el hoy, recordando lo que era su vida, lo que era su realidad, lo que era él, hasta el momento en que un poder irracional lo arrancó del seno de su familia
y le: arrebato la vida corno a tantos otros miles de chilenos.

A los 27 años, El Pato estaba casado y tenía tres hijos de cuatro, tres y un año. Trabajaba con su padre en un taller de relojería que éste tenía en el mercado de Chillán. Era querido y conocido en ese mercado que todavía huele a fruta fresca, a tomates recién desprendidos y a cilantro acabado de cortar, como en aquellos años.

Su figura alta y esbelta, su cabello rubio y risotada franca era familiar entre sus vecinos artesanos que cada día exhiben el derroche de cerámica negra que corno ninguna,
sabe reflejar el sol, o los grandes canastos llenos de mañanitas. Para El Pato, estas imágenes del Mercado de Chillan era una rutina a fuerza de ver años tras años, pero que no dejaban de ser una fiesta en la que cada día descubría algo nuevo.

En el estrecho local, trabajando junto a su padre, veía transcurrir los días tras el mostrador sin echar de menos nada: tenía a su mujer, a sus hijos, su trabajo, sus hermanos, sus amigos y ese mercado que era su mundo. Absorto en las diminutas piezas de los relojes, se inclinaba sobre su mesa de trabajo demasiado pequeña que lo obligaba a curvar rnás la espalda y enrollar sus largas piernas, adoptando una posición
forzada y asorribrosarnente infantil en su corpachón. Pero de pronto el mercado y su gente lo distraían de su tarea. Hasta su mesa de trabajo llegaban las canciones del viejo cantor ciego que junto a la pileta desgranaba los sones mexicanos con la cabeza inclinada casi rozando con sus labios las cuerdas en esa actitud tan de los ciegos.

Y El Pato, a gritos, desde su lugar de trabajo, con un despertador en una mano y una herrarnienta en la otra, le ayudaba a cantar. Otras veces, sin poder contenerse, dejaba
todo a medio hacer y se instalaba al lado del ciego y se ponía a cantar con él, un poco desafinado pero con mucha fuerza.

El Preso Número Nueve y el Gorrioncillo Pecho Amarillo eran las que más le gustaban. Y las cantaba, las silbaba o hacía percusión con las delicadas herramientas, sobre cualquier cosa, haciendo saltar piezas de relojes, repuestos y todo lo que ponía por delante de sus ademanes musicales. Le sobraba vida, vitalidad, energía y ganas de vivir la vida... de comérsela. Y se la comía cada mañana en su tazón de café con leche, en los grandes panes con queso o en las gruesas sopaipillas cubiertas con mantequilla o dulce de mora que le hacía su madre. Y seguía viviéndola y comiéndosela durante el día en los kilos de fruta, en los paquetes de maní, en los helados, en la docena de panes de huevo como el niño que no se harta de esas cosas, como si fuera muy poco el tiempo que tendría para ello.

Sus 27 años eran insaciables y su corpachón sin fondo, alto y huesudo, lleno de vida hasta rnás arriba de la frente.
Cuando el poder gobernante lo arrancó de su hogar el 1 de octubre de 1973, a ese pequeño local del mercado de Chillán le quitaron la vida y para su padre se convirtió en un enormereloj angustioso, demasiado quieto y silencioso. Faltaba su risa, sus cantos grotescos, sus flexiones, sus bruscas estiradas que siempre provocaban algún destrozo.

Fue doloroso. Fue duro. Casi insuperable.

Por muchos años la muerte del Pato, la suerte que corrió el país, pareció desperdigar a su familia arrasada por un huracán incontenible, destructor, violento. Pero aún así, heridos, separados, cada uno le dio su fuerza al que parecía que iba a caer, aferrado al recuerdo del Pato que para quienes lo amamos vivo dentro de nosotros, es sinónimo de VIDA.

Ruby Weitzel P.

(Extraido del libro Memoria Historica de los Detenidos  Desaparecidos de Nuble)


 

El 1º de octubre de 1973 tres personas fueron detenidas por civiles y personal de Carabineros de la dotación del Retén Schleyer, en el domicilio de uno de ellos:

                    -          José Gregorio RETAMAL VELASQUEZ, 21 años, estudiante de la Escuela Normal.

                    -          Patricio Lautaro WEITZEL PEREZ, 26 años, relojero, militante de la Juventud Radical Revolucionaria.  Estuvo detenido antes del 11 de Septiembre, sindicado como el autor de un atentado a una radio de Chillán y dejado en libertad por el Ministro a cargo de la investigación por falta de méritos, el 18 de septiembre del mismo año.

                    -          Arturo Lorenzo PRAT MARTI, 21 años, estudiante de la Escuela Normal y militante de la Juventud Radical Revolucionaria.

                             A pesar de los esfuerzos de sus parientes, la presencia de los detenidos no les fue reconocida en ningún recinto.  El 24 de Diciembre de ese año, el padre de Patricio Weitzel encontró un grupo de al menos nueve cadáveres, amarrados con alambres y con huellas de balas, a orillas del río Ñuble en el puente El Ala.  Entre ellos reconoció el de su hijo y lo escondió provisoriamente.  A raíz de una petición suya , el día 26 de diciembre, concurrió al lugar el juez de Chillán que estaba conociendo de una denuncia por presunta desgracia, quien ordenó levantar los restos y trasladarlos a la morgue local.  Los restos de Weitzel y Retamal fueron inhumados en el cementerio de la ciudad.  El certificado de defunción de Weitzel Pérez señala como causa de la muerte:"Anemia aguda.  Perforaciones balísticas múltiples.  Homicidio".  Se presume que fue muerto el mismo día de su detención, según lo indica el reloj que portaba. 

                             En cuanto al tercer detenido, Arturo Prat Martí, no se tuvo noticias tras su arresto , aunque es dable presumir que corriera la misma suerte que quienes fueron aprehendidos junto a él.

                             La Comisión se formó convicción que la ejecución de Weitzel y Retamal y el desaparecimiento forzado de Prat a manos de agentes del Estado, constituyeron violaciones graves de los derechos humanos.  Se funda este convencimiento en el hecho de encontrarse acreditado sus arrestos y reconocidos posteriormente los cuerpos de dos de ellos, entre varios cadáveres de ejecutados.

(Informe Rettig)

 


Esta pagina fue modificada el 17/07/2010

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