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Mario MARTINEZ RODRIGUEZ

Mario MARTINEZ RODRIGUEZ, Demócrata Cristiano, Secretario General de la FEUSACH y Secretario de Finanzas de la CONFECH. El Sábado 2 de agosto de 1986 alrededor de las 12:00 horas, Mario Martínez sale de su casa ubicada en la comuna de La Florida, avisando a sus padres que iría a la casa de un amigo a devolverle su mochila y unos libros, destino al que nunca llegó.

Días después, el 4 de agosto un campesino encuentra el cadáver del joven Martínez en la playa de Las Rocas de Santo Domingo vestido y con una mochila en la espalda. El informe de autopsia consigna que la causa de la muerte fue asfixia por sumersión, no constatándose lesiones atribuíbles a terceros.

Según versiones recibidas en esta Comisión, Martínez se sentía seguido y amenazado debido a su trabajo como dirigente estudiantil. Además, se encontraba elaborando un informe sobre los agentes de seguridad que operaban en la Universidad de Santiago. Estas circunstancias, unidas al hecho de que su cuerpo fue encontrado en el Balneario de Santo Domingo, lugar que nunca mencionó visitar, hacen dudar sobre las causas de su muerte, careciendo esta Comisión de antecedentes suficientes para formarse convicción de cómo sucedieron los hechos.

(Informe Rettig)


UN AMIGO Y COMPAÑERO DE LUCHAS

En memoria de Mario Martínez Rodríguez*

Esta historia comienza con una afirmación. “Nosotros echamos a Pinochet”

Conocí a Mario en 1984, cuando comencé a asistir, dos veces por semana, a unos cursos nocturnos que se impartían en un local ubicado en el sector de Santa Rosa con Avenida Matta. Según me habían dicho, ésta era una iniciativa de un grupo de cristianos por el socialismo, que suscribían los postulados de la Teología de la liberación.

Me inscribí en el curso de Historia del Movimiento Obrero. Los cursos eran gratuitos y para que pudiéramos asistir con cierta regularidad, recibíamos un pequeño viático para la micro y en los recreos un café y un sándwich, que para muchos constituía casi el único alimento del día. También se nos distribuía gratuitamente los resúmenes escritos de las materias tratadas en las clases. Los profesores eran excelentes y la mayoría de los alumnos éramos jóvenes trabajadores que participábamos en organizaciones sociales o políticas, por lo general, en ambas. También había trabajadores cesantes, administrativos de pequeñas empresas y algunos liceanos y estudiantes universitarios.

En aquella época yo trabajaba leyendo medidores al mismo tiempo que asistía a unos talleres de diseño gráfico, estudios que después continuaría en la universidad ARCIS. Recuerdo que aquel invierno fue especialmente duro y creo que asistíamos a estos cursos fundamentalmente para no morir de miedo y desesperanza ante la implacable política del dictador, que transformaba el futuro en un hoyo negro galáctico. Cada noche, superando el temor natural que rodeaba cualquier actividad que escapaba al control dictatorial, íbamos a escuchar la historia de nuestro país, esa que no se leía en los libros ni se enseñaba en los establecimientos escolares. Las clases se basaban exclusivamente en las exposiciones de los profesores quienes nos describían en detalle las luchas obreras de principios de siglo y el surgimiento de las organizaciones sociales, sindicatos y partidos populares. Cada vez que preguntábamos algo, el profesor nos hacía reflexionar llevándonos al fondo de los problemas, a la lucha de clases y por lo general terminábamos discutiendo la coyuntura, es decir, lo que estábamos viviendo día a día. Yo no tenía muchos más argumentos que los que mi propia práctica política me dictaba, pero en las asambleas poblacionales había aprendido a hablar como un avezado político. Entonces, en las clases, cuando a veces Mario planteaba una idea era yo quien se la cuestionaba y por lo general tanto el profesor como mis compañeros compartían y apoyaban mis intervenciones, algo que me comprometía y asustaba a la vez. Finalmente el timbre ponía fin a nuestras discusiones y nos dispersábamos por las calles hacia distintos puntos de la ciudad.

En estos cursos nocturnos, Mario siempre utilizó su nombre real; en cambio yo me hacía llamar Daniel Osses y mis compañeros me apodaron Dany “El Rojo”, como el líder del Mayo francés. Mario era un joven de estatura regular, de aspecto fuerte y porte decidido. Usaba unos gruesos lentes de mateo y se vestía como todos los universitarios de esos tiempos: blue jeans, parca y zapatos deportivos. Recuerdo que tenía una manera muy especial de hablar, pronunciando cada frase con mucha fuerza, como si todo lo que decía fuese importante, urgente y con sólidas bases teóricas. Era inteligente, estudioso y capaz de abordar diversos temas. Se notaba que leía mucho, varias veces me recomendó algunas lecturas que, en mi caso, se limitaban a los documentos de mi partido y a los textos que publicábamos en las revistas y folletos clandestinos.

Al calor de las discusiones en clases nos fuimos conociendo, simpatizamos y comenzamos a compartir nuestros respectivos idearios políticos. En aquella época teníamos entre 22 y 23 años. Él militaba en la JDC, aunque era muy crítico de las posturas de algunos líderes del PDC –una vez me contó que se había negado a leer un texto de Gabriel Valdés en su Universidad. Por mi parte, yo pertenecía a una pequeña organización socialista, la CNR, que no vio la necesidad de contar con una Juventud puesto que todos éramos muy jóvenes. A través de nuestras conversaciones me fui dando cuenta de que Mario, si bien militaba en un partido pluriclasista y de centro-derecha, con una importante trayectoria en la vida política nacional, se identificaba mucho más con nuestras ideas y práctica políticas. Me pregunto si Mario habría continuado militando mucho tiempo más en la JDC, porque varios compañeros del curso, también de la JDC, se integraron posteriormente a las filas del MIR.

Después de las clases, con un grupo de compañeros solíamos reunirnos en alguno de esos pequeños bares atiborrados de gente de la Avenida Matta, para terminar las discusiones en torno a una jarra de chicha. Recuerdo que sólo una vez Mario aceptó acompañarnos, por lo general, acostumbrábamos caminar conversando de los temas tratados en las clases, especialmente de la coyuntura nacional. En estas improvisadas reuniones callejeras, le pasábamos revista a la actualidad internacional - Nicaragua, Cuba, los países del Este, la recesión económica norteamericana -, a la actualidad nacional - el golpe de Estado en Chile, las salidas posibles a la dictadura, la política que impulsaban nuestras organizaciones en las universidades y poblaciones - para aterrizar finalmente en el trabajo político que hacíamos cotidianamente, él en la UTE y yo en la población. Justamente nuestras mayores discrepancias tenían que ver con el trabajo político que hacíamos en nuestros respectivos frentes de masas: cuáles eran las formas de acción más eficaces para acumular fuerzas, los contenidos del programa político que permitiría derrocar a la dictadura, las tareas urgentes que imponía la coyuntura. Siempre discutíamos apasionadamente, recurriendo a la ironía y exponiendo con énfasis los argumentos que habíamos logrado asimilar en las escuelas de cuadros partidarias. Estoy seguro de que después ambos íbamos a despejar las dudas que habíamos suscitado en el otro con nuestros jefes de grupo. Estas discusiones se fueron transformando en un aliciente más para asistir a los cursos nocturnos.

Por lo general, cuando uno está con gente tonta, acostumbra decir tonterías. Con Mario uno se sentía más inteligente. Recuerdo que una vez recibimos a un grupo de nuevos alumnos y alguien tenía que decir unas palabras de bienvenida. “Habla tú – me dijo – yo voy a aburrir a estos huevones”. Ambos fuimos candidatos a la presidencia del centro de alumnos; tengo claro que me eligieron a mí porque la izquierda era mayoría entre los estudiantes. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, aprendíamos el uno del otro y, sobre todo, nos respetábamos. Muy pocas veces bromeábamos, tal vez porque pertenecíamos a una generación de jóvenes prematuramente maduros. Tampoco hablábamos de nuestra vida personal. La política de resistencia ocupaba todos los espacios, era urgente parar la máquina de muerte de la dictadura. Nos sentíamos preparados para enfrentar nuestra propia muerte o la noticia de la muerte de otros, sabíamos que nos enfrentábamos a una dictadura violenta y nos sentíamos capaces de enfrentarla también con violencia.

Una de las últimas veces que me encontré con Mario fue en Vicuña Mackenna con Avenida Matta; recuerdo que lo invité a tomarnos una bebida. Él estaba interesado en mi trabajo poblacional y me pidió que le pasara unos ejemplares del boletín Los 3 Antonios que publicábamos en ese sector de avenida Grecia. Acordamos que se los llevaría a un punto que fijamos en Alonso Ovalle con Arturo Prat, detrás del Instituto Nacional. Mario no llegó; cuando volvimos a vernos me contó que había tenido que asistir a una reunión y me pidió disculpas. Después no pudimos seguir asistiendo a los cursos con la frecuencia que hubiésemos querido y nuestros encuentros se fueron espaciando cada vez más. Ambos estábamos demasiado ocupados en nuestras tareas políticas.

El 6 de agosto de 1986, como cada mañana al levantarme, sintonicé el noticiario de Radio Cooperativa. Al escuchar la noticia del hallazgo de su cuerpo en Santo Domingo, sólo atiné a sentarme y llorar.

En el cortejo que acompañó a Mario al cementerio había cientos de banderas rojas, del MIR, del MDP. No asistimos al oficio religioso, pero cuando sacaron su ataúd de la iglesia lo recibimos con gritos de rabia y de dolor. Lo recibimos con los cantos y las consignas de la izquierda, porque Mario era casi uno de los nuestros, él era demasiado consecuente como para no serlo. Era un joven honesto que había luchado realmente contra la dictadura para cambiar la historia. Por cierto, nuestros gritos y banderas incomodaban a los personeros del PDC, Manuel Bustos nos miraba con evidentes muestras de indignación. En el cementerio intervinieron algunos oradores, sin embargo, no recuerdo sus palabras. No habíamos ido allí para escuchar a la DC, sino para acompañar a Mario Martínez, nuestro amigo y compañero de luchas.

Más adelante supe que en La Florida se organizaron algunas actividades en memoria de Mario, a las que no pude asistir. También supe que fueron violentamente reprimidas. Posteriormente circularon rumores: que Mario habría estado investigando a grupos de seguridad de la UTE; que lo había secuestrado un grupo de ultraderecha y guardias de la UTE, a los que “se les había pasado la mano”; que después la CNI y sus cómplices - la prensa especializada en “montajes”-, habían hecho lo suyo para ocultar la identidad de los culpables. Lo cierto es que hasta hoy se desconocen los nombres de los asesinos de Mario Martínez.

Años después, en 1989, aparecieron unos murales firmados por la Brigada Mario Martínez, en apoyo a la campaña presidencial de Patricio Aylwin. Ironías de la historia.

Daniel Osses (Dany “El Rojo”)

* Mario Martínez Rodríguez, militante de la Juventud Demócrata Cristiana, Secretario General de la FEUSACH y Secretario de Finanzas de la CONFECH.
Alrededor del mediodía del sábado 2 de agosto de 1986, Mario salió de su casa ubicada en la comuna de La Florida. Le dijo a sus padres que iba a la casa de un amigo a quien debía devolverle una mochila y algunos libros. El 6 de agosto un campesino encontró el cuerpo sin vida de Mario en la playa de Las Rocas de Santo Domingo. Según el informe de autopsia, había muerto por asfixia por inmersión sin constatarse lesiones atribuibles a terceros. Según versiones entregadas a la Comisión Rettig, Mario Martínez habría manifestado que estaba siendo objeto de seguimientos y amenazas por su calidad de dirigente estudiantil y que estaba elaborando un informe sobre los agentes de seguridad que operaban en la Universidad de Santiago.


 

 

 


Esta pagina fue modificada el 17/07/2010

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