Quienes somos ] Boletin ] Busqueda ] Pinochet en Londres ] Centros Detencion ] Complices ] Empresas ] Fallos ] Criminales ] Tortura ] Exilio ] ecomemoria ] Desaparecidos ] Ejecutados ] Testimonios ] English ]

Augusto Heriberto Tadeo CARMONA ACEVEDO

El 7 de diciembre de 1977 falleció Augusto Heriberto Tadeo CARMONA ACEVEDO, periodista y militante del MIR, según la prensa de la época en un enfrentamiento con efectivos de seguridad, en un inmueble ubicado en calle Barcelona N° 2524, de San Miguel.

                                    Conforme a las declaraciones de un testigo presencial recibidas por la Comisión, los hechos realmente transcurrieron de modo diferente.  Aproximadamente a las 20:30 horas de ese día llegó al barrio una veintena de vehículos que cubrieron toda una manzana.  De ellos descendió un numeroso grupo de civiles fuertemente armados.  Allanaron la vivienda ubicada en calle Barcelona N° 2425 y la contigua a ésta.  Entraron disparando pero no había nadie.  Luego ordenaron que todos los vecinos que estaban presenciando los hechos se fueran a sus casas. Como a la medianoche llegó caminando un individuo, se paró frente al umbral de la casa signada con el N° 2425 y extrajo unas llaves para abrir la puerta.  En ese momento le dispararon desde dentro de la casa dos o tres veces, cayendo al suelo.  Los agentes se marcharon rápidamente.

                                      La Comisión supo que los agentes de la CNI habían dado con Augusto Carmona gracias a información que les fue proporcionada por una detenida.

                                      La Comisión, considerando los antecedentes que obran en su poder, ha llegado a la convicción de que Augusto Carmona fue ejecutado por efectivos de la CNI, en violación de sus derechos humanos.

 (Informe Rettig)


Augusto Carmona:

El «Pelao», o un desangrado son

por Lucía Sepúlveda Ruiz

 NOMBRE

Augusto Tadeo Heriberto

Carmona Acevedo

 

LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO

Santiago, 26 de septiembre de 1939

 

ESPECIALIDAD

Egresado de Periodismo de la Universidad de Chile y de la Escuela de Bibliotecología

 

LUGAR Y FECHA DE MUERTE

Santiago, 7 de diciembre de 1977, en Barcelona Nº 2524, San Miguel.

 

ACTIVIDADES

Líder estudiantil y sindical. Jefe de conflicto en la toma de Canal 9 de TV de la Universidad de Chile. Jefe de prensa de Canal 9. Redactor de la revista Punto Final. Dirigente del MIR.

 

SITUACION JUDICIAL (1996)

Causa radicada en el Primer Juzgado del Crimen P.A.C., Rol 90043-10. Se encuentra en estado de sumario.

Cuando la CNI lo asesinó, el 7 de diciembre de 1977, el Pelao se llamaba Oslo para sus compañeros de lucha. Tenía 38 años, dos hijas de tres y doce años, un corazón recauchado que desbordaba en amor, una compañera y una causa a la que se había entregado con la misma pasión que puso siempre para vivir y amar.

Se negó a asilarse (vivíamos en la clandestinidad), asumiendo las tareas que su partido, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), le asignó en su política de conducir el repliegue del movimiento de masas e iniciar la resistencia al golpe militar.

Perseguido

Augusto fue jefe de prensa de la emisora del MIR, radio Nacional, y miembro del Consejo de Redacción de Punto Final. En 1973 se desempeñó como jefe de prensa de Canal 9 de Televisión de la Universidad de Chile y fue líder de la toma de la estación.

Como dijo él mismo la noche anterior a su muerte, leyéndome un poema de Bertolt Brecht, Sí, divulgo secretos. Entre el pueblo/estoy, explico/ cómo engañan, y predico lo que ha de venir/... Marcado estoy a fuego, vaya adonde vaya/para todos los propietarios. Mas los no propietarios /leen la orden de detención/ y me conceden refugio./ A ti te persiguen/me dicen/por buenas razones.

El 11 de septiembre de 1973, mientras La Moneda era bombardeada, Augusto y yo escuchamos la noticia de la muerte de Salvador Allende en las oficinas de Prensa Latina, la agencia cubana de noticias. Cuando atravesamos la ciudad confundidos entre la multitud, Augusto dejó atrás para siempre al periodista destacado. Al día siguiente, quemamos nuestros pasaportes y —por precaución— la foto en que aparecíamos abrazados por Fidel en La Habana, antes de abandonar el departamento que arrendábamos en la calle Cóndor. Pensábamos que no teníamos derecho a correr una suerte distinta de la que esperaba a los miles de chilenos que no podían asilarse ni tenían medios para viajar al exterior.

Amado

Pero nunca pudo clandestinizar su corazón, que tanto amó y fue amado por sus mujeres, su familia y sus amigos. Miembro del comité central del MIR y del secretariado que dirigía la lucha en Chile, el Pelao para sus amigos, no fue nunca un burócrata. Cuando lo mataron, intentaba asilar a un colega, también del partido. Este personaje abrió antes los flancos por donde la CNI pudo finalmente detectar y golpear la red que trabajaba con Augusto.

La clandestinidad, una suerte de exilio interno, era contradictoria con las tremendas necesidades afectivas del Pelao. Era gozador, comunicativo y aficionado a las reuniones sociales. Si alguien no tenía donde vivir, de inmediato le ofrecía su casa. Luego del golpe, en cambio, nadie podía saber dónde vivíamos y no se debía visitar a la familia o los amigos, vigilados o demasiado atemorizados para recibirnos. Los mundos personales se derrumbaron; éramos tan sólo él y yo, y el partido.

La decisión de tener un hijo la discutimos antes del golpe. Hablábamos de cómo las mujeres vietnamitas hacían la guerra pero también el amor, y tenían hijos. Escogió para su hija el nombre de Eva María, tomado de una cumbia muy popular en ese verano del '74, cuando él acariciaba mi panza de embarazada... Me decía que nunca había estado tan bella. El sol de El Quisco salía para todos, haciéndonos creer que el tiempo retrocedía, nada pasaba y podíamos seguir amándonos como si nuestro mundo no se hubiera acabado para siempre. En marzo del '74, con indecible alegría vimos nacer a nuestra hija. Y confiando en la victoria, optamos por no inscribir su nacimiento, para evitar problemas represivos. La ley chilena aún no le confiere a Eva María su derecho a reconocerse como hija de Augusto Carmona.

Vivíamos como pensionistas en una pequeña pieza de Nueva Seminario. El pasaba por vendedor de libros de una editorial mexicana. Eramos felices. El amor y la certeza de estar haciendo lo correcto, nos hacían olvidar el horror del golpe, el miedo y la ruptura del mundo cotidiano. Augusto resplandecía, la ternura se le salía del corazón, cuando hablaba sobre su hija, a quien llamaba La Pelaíta.

Caracterizado por sus amigos como «machista», El Pelao asumía con gusto el rol de cuidar a la niña, ya que él no circulaba frecuentemente para no ser reconocido. Se había cortado y encrespado el pelo castaño, habitualmente largo y lacio. Pero las gafas que usaba para cambiar de aspecto no lograban opacar la mirada de los expresivos ojos cafés que resaltaban en su cara pálida.

No pudo seguir sus controles en la clínica de la Universidad Católica donde fue operado en 1972 de un reemplazo aórtico. Bromeaba diciendo que tenía una ventaja: se iba a desangrar rápido, porque tomaba un medicamento anti coagulante y su corazón no resistiría.

Dieciocho años después, hablé con sus amigos de adolescencia, buscando las huellas que lo condujeron a la trampa en la casa de Barcelona 2524, comuna de San Miguel, donde un operativo de la CNI lo mató por la espalda, cuando ingresaba a la vivienda, el 7 de diciembre de 1977.

Retrato

La psicóloga Livia Sepúlveda, su amiga entrañable, lo evocó así: «Entre los valores fundamentales que tenía el Pelao estaban la lealtad y la consecuencia humana, unidos a su concepción de la amistad, del compromiso y la incondicionalidad. Otro rasgo básico era su apasionamiento, la intensidad de sus pasiones amorosas, literarias o políticas. Y también su romanticismo, el amor a los ideales, el estar dispuesto a vivir la vida de una manera íntegra. A los trece años le diagnosticaron un soplo al corazón y dijeron que debía llevar una vida tranquila, ordenada. Pero desde estudiante fue bohemio, bueno para el baile, el trago, las mujeres y la literatura. Tenía una vida interior muy profunda que lo hizo estar en contacto con la muerte desde muy temprano. Una endocarditis lo mantuvo meses hospitalizado el año en que fue elegido Salvador Allende. Su capacidad de disfrutar la vida era enorme. Era muy querible, un «cebollero» nato: le gustaban el tango y los boleros. La «Balada para un loco» fue como nuestro himno generacional...»

Mientras Livia hablaba, recordé La Jaula, una boite de Plaza Baquedano donde el Pelao me conquistó bailando boleros el año '69, después de conocernos reporteando en el Congreso. Yo me reía de su gusto por el tango, sin entender que ésa era su vida, Piazzola y Gardel, un tango emparentado con el son, con la nueva trova cubana y las canciones de Silvio Rodríguez que acompañaron las largas noches en clandestinidad.

Livia cree que su adolescencia se modeló en el Instituto Nacional con sus amigos, todos muy destacados: «Mi padre, Adonis Sepúlveda, en esa época miembro del comité central del Partido Socialista, los influyó mucho. El grupo tendía al existencialismo y Adonis se amanecía con ellos discutiendo, a grito pelado, problemas éticos, filosóficos y políticos. Augusto tenía una curiosidad vinculada a la justicia y la verdad. Su honestidad era genuina, sin esnobismo, sin pedantería. Augusto fue el segundo de cinco hijos de una familia nortina, de extracción popular, que lo matriculó con esfuerzo en el Instituto Nacional».

Opciones

En ese espacio juvenil lo evocó el ensayista Grinor Rojo, de la promoción 1957: «Lo mejor es que recuerde tu lugar dentro del lote, entre Antonio (Skármeta), Carlos (Cerda), Dito (Vargas), Douglas (Hübner), Manuel (Silva), Mariano (Silva), Raúl (Sotomayor), Samuel (Carvajal) y yo; de esto hace ya casi cuarenta años. Zaparrastrosos, entumidos de frío en aquellas mañanas del invierno de los años cincuenta, con las grasientas gualetas del abrigo hasta más arriba de las orejas, en la esquina de Arturo Prat con la Alameda, fumándonos el último pucho y discutiendo sobre cómo lo íbamos a hacer para salvarnos de la mierda de mundo en que nos había tocado vivir. Como recordarás, Pelao, fue entonces cuando escogimos. Antonio quiso ser escritor, Carlos político (últimamente también es escritor), Dito, Douglas y Samuel iban a hacer películas (además de quebrar el Hipódromo cuantas veces pudieran); Manuel escribiría versos (ya los estaba escribiendo) Raúl pintaría (pintaba ya) y Mariano y yo alguna cosa íbamos a escribir también, aunque no tuviéramos todavía muy claro qué. En ese lote, Pelao, tú fuiste el que apuntó más alto. Tú escogiste actuar, y actuaste. Escogiste convertirte en un héroe cuando tenías quince años. No nos dimos cuenta entonces, y ha tenido que pasar todo este tiempo para que yo empiece a sospechar que lo tuyo fue una elección realizada al mismo tiempo que las nuestras, pero no como las nuestras. Una meta, desaforada, excesiva, sobre todo en ese espacio social en que los héroes se habían acabado hacía tantísimo tiempo. Pero ser un héroe fue lo que tú escogiste, y otros contigo, en otras partes del territorio nacional. A ti y a ellos, que estaban despiertos cuando los demás dormíamos o sublimábamos, hoy les estamos rindiendo este homenaje. Sé que te vas a reír, que vas a pensar que todo esto que estoy escribiendo no es más que una huevada. Pero también sé que te gusta, que aunque hoy te estés cagando de la risa, esto también formaba parte del programa».

Por los canales de la clandestinidad, circuló, en 1978, un poema de Manuel Silva Acevedo. Lo tituló En memoria de un héroe de la resistencia: En muchos años más /cuando el mundo no sea más vasto que una aldea/ tal vez habrá un solo pueblo unido sobre la tierra/ y quizás la bandera del hombre/ será izada los domingos en la plaza/ y aunque no sé cuales serán sus colores/ presiento Augusto, hermano mío/ que el color de tu sangre/ estará estampado en el emblema de la libertad.

En 1979, Silva le dedicó su libro de poemas Monte de Venus: Una deuda de honor: A Augusto Carmona, por la unidad. Una generación después, en 1989, el escritor Reinaldo Marchant, testigo ocular de su asesinato, le dedicó su cuento Priapina, que narra simbólicamente la ejecución de Augusto. Marchant, actualmente agregado cultural en Uruguay, declaró ante la Comisión Verdad y Reconciliación, que acreditó el caso como un falso enfrentamiento.

La militancia

Augusto era periodista las 24 horas del día, pero también buscó un rol más activo en el MIR, organización a la que perteneció desde 1970. Antes pasó por las Juventudes Comunistas, pero un viaje a Polonia y Checoeslovaquia lo alejó de ese modelo. Interesado en la teoría marxista, además de los clásicos leía a Rosa Luxemburgo, Georg Lukacs y Antonio Gramsci, buscando profundizar los conceptos de democracia, cultura popular y socialismo.

Después que le reemplazaron la válvula mitral de su maltratado corazón, reclamó a sus compañeros: Supongo que consideran ustedes que no tengo fuerza, que es distinto a que me faltan. Y tal vez crean que por consiguiente, carezco de valor. En verdad, la cuestión es que si yo soy un inválido, no quiero seguir viviendo. Porque mi mundo es el mundo del Partido, que lo ha sido toda mi vida, por el cual he luchado y he vivido. Si ese mundo no me necesita, me rechaza, me jubila... Lo puedo aceptar, tal vez, porque puedo cambiarlo. Pero no quiero vivir si no sirvo para hacer todas las tareas que son necesarias para la lucha. No tiene sentido, y todo se vuelve falso y penoso.

Cuando murió, estaba a cargo del trabajo de alianzas del MIR. Insistía mucho que la causa revolucionaria es superior a las diferencias puntuales con otros partidos. Sostuvo reuniones con dirigentes de la izquierda y de un sector de la DC, para impulsar acuerdos tendientes a la formación de un movimiento amplio de resistencia popular.

Frente a la detención y desaparición de compañeros, agudizadas en 1975 y 76, el Pelao iniciaba de inmediato la campaña de denuncias al extranjero. Escribía hasta altas horas de la noche, mientras yo trataba de aislar las paredes para evitar que los vecinos escucharan su Olivetti portátil. Cuando se realizó la reunión de Cancilleres de la OEA, organizó la campaña para denunciar la situación de los desaparecidos.

La red de comunicaciones del MIR, integrada por periodistas que seguían jugándose por la libertad, se tensionó al máximo en esa oportunidad. Llorábamos al recibir los mensajes de las presas políticas desde el campo de concentración de Tres Alamos. Escribiendo sobre telas, informaban de torturas y testimonios sobre desapariciones, por ejemplo, la de nuestro amigo Máximo Gedda. La solidaridad de Augusto con los familiares de los presos le valió el respeto y cariño de quienes trabajaron con él en la clandestinidad. Era el más maduro y humano de todos nosotros, expresó Hernán Aguiló, uno de sus compañeros en la dirección del MIR.

La Universidad de Chile

La Universidad de Chile fue uno de los ejes de la vida de Augusto. En el plano académico, egresó primero de bibliotecología y luego de Periodismo; en el laboral, ejerció en el Canal 9, de la Universidad; en el sindical, fue Presidente del Sindicato de Trabajadores de la estación; y en el deportivo, fue hincha de la U.

Mientras estudiaba periodismo estuvo casado y nació su primera hija, Alejandra, con quien siempre estuvo estrechamente ligado. Cuando ella se fue con su madre al exilio, la despedida los desgarró a ambos en una herida que todavía perdura en los ojos de Alejandra, iguales a los del padre. En sus cartas, le reiteraba a la niña que ésos eran los mejores momentos de su vida y le envió un cassette con música y palabras apenas comprensibles por la emoción.

La familia

Eva María, de 22 años, estudia antropología en la Universidad de Chile. No tenía cuatro años cuando mataron a su padre. Hoy habla de él con la voz ahogada: «Cuando pienso en mi papá, tengo sentimientos de amor, rabia y orgullo. Lo quiero mucho... Siento con mucha fuerza el impacto de los años en que estuvimos juntos, aunque no logre acordarme racionalmente de esa etapa. A través de lo que me han contado, he ido completando mi imagen de él. De todas formas, siento que el vacío, el abismo de su ausencia y la sensación de pérdida son inmensos. Al pensar en él como padre, siento rabia contra él por no estar conmigo. Me ha hecho mucha falta. Envidio la relación de otros hijos con sus padres. Cuando lo asesinaron, no estaban sólo eliminando un dirigente político; estaban dejándome sin padre».

Eva María es dirigente estudiantil universitaria y siente que esto la acerca más a su papá: «Yo me siento tan hija de él..., es un poco como ser «hija de tigre». Cuando pienso en su capacidad política y el camino que recorrió, siento una profunda admiración y respeto. Sé que él está en algún lado y que cuida de mí. ¡Me gustaría tanto que supiera que hay una generación nueva en Chile que sigue adelante a pesar de todo! Tengo la esperanza de que hombres como él de alguna manera siguen presentes».

Georgina, hermana de Augusto, bibliotecaria, lo evoca con ternura: «A mí me unió siempre un gran amor con él, aunque tomé mi propio camino en política. El era muy apasionado. Recuerdo cuando lo fuimos a ver al Hospital J.J. Aguirre con mi mamá... La situación política estaba muy complicada, y le preguntamos: ‘¿Serías capaz de defender el triunfo de Allende con tu vida?’ Y dijo: ‘Yo me levantaré de mi lecho y tomaré mi arma, caiga quien caiga’. Nosotras pensábamos que la fiebre lo hacía delirar. El sentía un gran cariño por mi madre. Y cuando ya estaba perseguido, siempre trataba de venir a verla. Cuando me separé, se quedó dos días conmigo para darme fuerzas... Nunca supimos que era del MIR, jurábamos que era socialista. Yo nunca lograré perdonar a los que lo mataron. Su muerte quebró el corazón de mi madre, y a mi papá lo destrozó psicológicamente. Mis padres se consumieron y fallecieron».

El Zorro

Gaby, su hermana mayor, profesora de francés, se remonta a la infancia: «Siempre le gustó mucho leer. Creo que compensaba el no poder jugar o hacer educación física en el colegio. Pero igual, bailar podía. Y nosotros vivíamos en fiestas en la casa. Ibamos a la matineé de las 2 al Monumental, donde daban El Zorro y otras seriales que seguíamos domingo a domingo. El le ayudaba a mi papá en la carnicería, en Las Rejas, repartiendo paquetes de carne. Veíamos los clásicos en el Estadio. Los tres hermanos mayores éramos de la Universidad de Chile. Cuando niño, mi mamá lo sobreprotegía, por su enfermedad, y eso lo impacientaba. Después del golpe, era una gran alegría vernos en la calle o en alguna casa. Lo que ocurrió fue tremendo. ¡Nosotros luchamos tanto por salvarlo de sus enfermedades, para que lo mataran los milicos! Políticamente, puedo entender lo que ocurrió, pero tengo muy presente la falta que le hizo como padre a las dos niñas, sobre todo a Evita. A mis padres su asesinato les fue quitando la vida».

La hermana menor, Bernardita, profesora de educación básica, lo evoca con todo su amor: «Lo recuerdo como una persona muy tierna, muy amorosa. Me regaló un osito. Lo veo siempre alegre, rodeado de amigos. Luego vino la época oscura, en que yo me encargaba de traer y llevar noticias a través de personas de confianza que recibían sus llamados. Pasó dos veranos conmigo, cuando Evita tenía dos y tres años. Se iba a playas solitarias para estar el máximo de tiempo con la niña; era muy apegado a ella. A veces eran las nueve de la noche y ellos todavía jugaban. Su ausencia dejó todo trunco en nuestras vidas. Me pregunto qué hubiera pasado si hubiera estado vivo; no pude asumir eso. Yo tuve que ir a buscar a Evita a una casa amiga cuando ocurrió todo, pero no podía entender los mensajes que recibí, ni lo que decían los noticiarios. Era imposible que ese extremista peligroso que apareció en los diarios fuera mi hermano que me regaloneaba... Y en la Universidad y en el trabajo, con muy pocas excepciones, actuaron como si fuera normal que a uno le mataran a su hermano. Así era esa época».

Su aporte al periodismo

Augusto entró a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile en 1959, año del triunfo de la Revolución Cubana, y egresó en 1963. Ya se definía como izquierdista cuando encabezó la primera ocupación de la Escuela, donde años después enseñaría periodismo interpretativo. La toma buscaba la participación estudiantil en los planes de estudio. Augusto editó un diario mural, El Anarco, que luego dio paso a una publicación más formal del centro de alumnos de la escuela, llamada La Calandria.

En agosto de 1967 viajó a Bolivia a cubrir para Canal 9 el juicio a Regis Debray, el intelectual francés capturado por el ejército boliviano luego de entrevistarse con el Ché. Mientras Augusto estaba en Camiri, el ejército se acercaba a Ernesto Guevara, cuya presencia en Bolivia se confirmó con la caída del campamento de la quebrada Ñancahuazú.

El 31 de agosto, cuando cayó en Vado del Yeso la columna de Joaquín, el comandante cubano Vilo Acuña, el Pelao y el camarógrafo Julio Fuentes filmaron los cadáveres amontonados en un pasillo del hospital de Vallegrande. Se trasladó a la zona en el Cessna del general Belmonte, jefe máximo de las fuerzas armadas bolivianas.

En ese episodio también murió la legendaria guerrillera argentino alemana Tamara Bunke, Tania. Esta experiencia en Bolivia lo marcó. Livia relata que lloró describiendo los cuerpos expuestos como si eso fuera un matadero; me contó que vomitaron con el horror del espectáculo. Reporteó acuciosamente el juicio, entrevistó a Debray y a otros protagonistas, pero el tema de fondo para Augusto eran las proyecciones de la guerrilla.

Regresó a Bolivia después de la muerte del Ché, por cuenta de Punto Final, revista que tuvo decisiva influencia en el pensamiento político de la época. Entrevistó al capitán del grupo que aniquiló a la columna de Joaquín, el oficial Vargas.

Con el capitán Gary Prado, jefe de la emboscada de El Yuro, reconstruyó las circunstancias de la muerte de Ernesto Guevara. Entrevistó a Inti y Coco Peredo, dirigentes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quienes se extendieron sobre las causas del fracaso militar de la guerrilla.

Augusto reporteó las complejas circunstancias políticas, incluyendo el rol del PC boliviano y de Mario Monje, su secretario general. También investigó el pensamiento del estado mayor del ejército boliviano y de la oposición política al Presidente, general René Barrientos. Se interesó además por el sector social que simpatizaba con la guerrilla, los mineros.

Sus convicciones políticas se afianzaron con esa experiencia. Lo reflejó en una práctica periodística reflexiva, interpretativa, profundamente preocupada de la guerrilla latinoamericana, tema en el que fue considerado especialista.

Durante el gobierno de Salvador Allende, integramos con el Pelao una veintena de periodistas invitados a las celebraciones del 1º de Mayo de 1971. Lideró una prolongada reu-nión nocturna con Fidel, cuya transcripción publicó Punto Final.

En sus diez años de trabajo como redactor político de Canal 9, reporteó de preferencia las luchas de campesinos, obreros y estudiantes, sin dejar de lado el acontecer político en el Congreso. Para el Canal y Punto Final cubrió los avatares de la reforma universitaria. En 1973, con el canal tomado, fue elegido jefe de prensa por sus compañeros de Nuevediario, el informativo de Canal 9, que en sus primeros años dirigió Mario Planet.

El avance de las fuerzas opuestas a Allende llegó también a la Universidad de Chile y a su canal de televisión. Los sectores contrarios al gobierno ejercían sin cortapisas el control de las comunicaciones, de acuerdo al estatuto de garantías constitucionales firmado por el Presidente Allende antes de asumir, en 1970.

Canal del pueblo

Desde agosto de 1972 hasta el 9 de septiembre de 1973, Canal 9 de la Universidad de Chile estuvo bajo control de sus trabajadores, tanto en los contenidos de la programación, como en la gestión técnica y administrativa, en una experiencia inédita en el país. Como otros colegas de su generación, Augusto creía en un periodismo de nuevo tipo, protagonizado por la base social de apoyo del gobierno del presidente Allende.

La estabilidad de la estación fue amenazada por los adversos resultados de un referéndum sobre la reforma universitaria, impulsado por la derecha. Augusto, como jefe de conflicto, convocó a la CUT, los sindicatos, pobladores y estudiantes a integrarse en igualdad de derechos al comité de Defensa del Canal 9.

Sin embargo, apenas tres días antes del golpe, el Pelao Carmona debió encabezar la penosa marcha callejera que siguió al desalojo del personal de la estación. La derrota, vivida con lágrimas de impotencia, fue decidida por el gobierno del presidente Allende. Se cumplía así una orden de la Corte Suprema, dando fin a esa experiencia desarrollada en un ambiente cargado de presagios golpistas, paros patronales y sabotajes. La lucha por la defensa del Canal 9 fue asumida también por vastos sectores de los trabajadores de los medios de prensa, que percibían las deficiencias de la política comunicacional del gobierno de la Unidad Popular y el exitoso trabajo ideológico desarrollado por la oposición a través de los medios que controlaba.

En la revista Punto Final, en 1972 Augusto escribió: «La derecha odia a Canal 9 porque damos preferencia a las noticias y posiciones de los diversos sectores del pueblo, porque atacamos sin clemencia al imperialismo y no titubeamos en usar un lenguaje duro contra la reacción; porque preferimos darle tribuna a la señora de la Junta de Vecinos antes que reproducir una declaración de un personero de la derecha...»

En la resistencia

Como el resto de la prensa de izquierda, Punto Final fue clausurado y varios de los integrantes de su consejo de redacción fueron detenidos, asesinados o desaparecidos. En esas condiciones, Augusto dirigió la primera recopilación de testimonios sobre los crímenes y atrocidades de los militares, despachando clandestinamente boletines informativos al exterior, que en México se reproducían en el Correo de la Resistencia. En la investigación realizada para hacer el reportaje sobre Fernando Vergara, el responsable de radio Liberación, descubrí el lazo invisible que unió a Augusto con ese comunicador, cuando Fernando fue el editor de esa publicación en México.

El Pelao reproducía personalmente el periódico del MIR, El Rebelde, pasando a máquina el material que otros compañeros editaban en fotos reducidas, para facilitar su lectura a otras personas .

Protagonista

Augusto formó parte de una vertiente de periodistas que asumieron el periodismo como un instrumento de lucha del movimiento popular latinoamericano. De observadores, estos periodistas pasaron a convertirse en protagonistas de esa lucha. El se negó a hacer de su profesión una herramienta de servicio al sistema.

En 1978, la Organización Internacional de Periodistas, OIP, le otorgó en forma póstuma el Premio Internacional de Periodismo, en un acto solemne efectuado en la Unión de Periodistas de Cuba, en La Habana.

Nadie puso en duda el rigor profesional de Augusto, su disciplina y honestidad. Todo ello lo utilizaba para comunicarse con las personas, a partir de una curiosidad muy honesta por lo humano, que arrancaba de su calidez personal. «Uno tenía la sensación de que podía escuchar a un niño y a un viejo también», decían sus amigos que de alguna manera lo veían siempre buscando la noticia donde la prensa tradicional miraba para otro lado.

El periodismo que ejerció el Pelao fue profundamente vital: lo que escribía tenía que ver con lo que hacía. No buscó honores, halagos ni riqueza. Sólo poseía sus libros, su grabadora y una máquina de escribir. Hacía ese periodismo que hoy escasea, ajeno a los requerimientos del mercado. Sus ojos (su mirada), sus manos (su quehacer), su corazón abierto (la pasión) nos hacen tanta falta para vivir. Y nunca más pude bailar tango.

 

Lucía Sepúlveda Ruiz es periodista, egresada de la Universidad de Chile en 1970. Fue la compañera de Augusto Carmona desde 1969.


Esta informacion ha sido extraida textualmente de:

Morir es la Noticia

Ernesto Carmona Editor

(Periodistas relatan la historia de sus colegas asesinados y/o desaparecidos)

(Tercera Edición);  SANTIAGO DE CHILE 1998

 


Esta pagina fue modificada el 17/07/2010

Si posee cualquier información sobre este caso,  nuevas o mejores imágenes, relatos, testimonios, etc., escribanos a info@memoriaviva.com

 

 
  Estas paginas han sido preparadas y son mantenidas por: Proyecto Internacional de Derechos Humanos - Londres © 1996 - 2015