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Caso Heyder - La muerte del capitán y el silencio del general


Por un cuarto de siglo, los padres y hermana del oficial creyeron lo que les dijo el Ejército: que Osvaldo Heyder fue asesinado por el MIR. Sin embargo, el surgimiento de antecedentes que ignoraban los han llevado a convencerse de que el militar fue en realidad asesinado por la DINA. En el desgarrador descubrimiento, ha caído la fotografía de Augusto Pinochet que la madre de Heyder tenía junto a la de la víctima.

Por: Alejandra Matus

Lola Goycolea tuvo durante más de 25 años el retrato de Augusto Pinochet sobre su escritorio, junto a fotografías de sus nietas y de su hijo Osvaldo Heyder, un capitán de Ejército. Tenía razones personales para admirar al general, aparte de las políticas: él le dio personalmente el pésame por la muerte de Osvaldo, quien -según creyó por un cuarto de siglo- murió en un atentado de extremistas de izquierda.

Pero este verano, mientras su hija Adriana le leía uno de los testimonios que darían un giro radical a la versión sobre el asesinato de su hijo, Lola, de 87 años, arrancó de su marco la foto del general y la rompió.

“Fuimos engañadas por muchos años por esa institución llamada Ejército”, afirma Adriana Heyder Goycolea, quien reside en Alemania, en una entrevista con La Nación realizada en su último viaje a Chile, en febrero pasado.

En un café ubicado a un costado de los tribunales de justicia, Adriana cuenta que una carta anónima que recibió en 1995 la impulsó hacia la búsqueda de la verdad sobre la muerte de su hermano; verdad que hoy cree muy distinta de aquella que le dio consuelo por tanto tiempo.

La asistente y pedagoga social de 59 años vive desde 1970 en Europa. Cada año regresa para visitar a sus padres. En este último viaje, sin embargo, vino a hacer algo crucial: contratar a los abogados que presentaron hace unos días, por primera vez, una querella criminal contra quienes resulten responsables del homicidio del capitán Heyder.

En un vuelco total de la versión que su familia conoció, creyó y aceptó por casi 30 años, la querella -acogida a tramitación el pasado martes 30 de abril por el Tercer Juzgado del Crimen de Talca- apunta el dedo acusador hacia la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, y a la Colonia Dignidad.

Soldado desde niño

Osvaldo Heyder Montoya, hoy de 94 años de edad, es descendiente directo de alemanes y, como muchos de ellos, se estableció en el sur de Chile. Militante radical, fue gobernador de Coronel bajo el gobierno de Juan Antonio Ríos.

Allí se casó con Lola Goycolea, la administradora del hospital y a sus dos hijos, Osvaldo y Adriana, dio una formación laica. Al asumir Gabriel González Videla, Heyder Montoya abandonó la carrera política y se mudó a Concepción. En esa ciudad, como era de rigor, los niños fueron inscritos en el Colegio Alemán. Al terminar la enseñanza media, Osvaldo inició estudios de Derecho, por dar en el gusto al padre, pero se retiró a los dos años porque su vocación era realmente otra.

“Mi hermano aprendió a marchar antes que a caminar”, afirma Adriana. “De niño, seguía a los soldados en los desfiles y los imitaba. Siempre quiso ser militar”.

Osvaldo Heyder fue militante del Partido Radical en su juventud y masón, pero al ingresar a la Escuela Militar en Santiago abrazó el principio de no deliberación y renunció a la política. Abandonaría la masonería más tarde al convertirse en oficial de Ejército. Egresó en 1964, como subteniente en el arma de Infantería. En 1971, ascendió a capitán.

Su hermana Adriana estaba en Alemania cuando se enteró sobre el golpe de Estado. Su hermano le explicó, tres días más tarde, por teléfono, que la acción era necesaria “para salvar a la Patria”.

“En nuestro círculo social, todas nuestras amistades hablaban de ‘pronunciamiento militar’. Para nosotros no había duda sobre su validez”, afirma Adriana. “Mi hermano me decía: ‘Todo lo que se hace, se hace por Chile’”.

Tras el golpe, Heyder fue enviado al Regimiento Maipo, en Valparaíso, como oficial del Servicio de Inteligencia Militar, SIM, el organismo de seguridad tradicional del Ejército.

En el viaje que hizo para la Navidad de 1974, Adriana vio por última vez a su hermano con vida, pero sólo décadas más tarde reparó en el significado de las palabras que él le dijo en esa velada: “Yo soy un soldado, no un asesino”.

El 5 de junio de 1975, Osvaldo Federico Heyder Goycolea, a los 35 años de edad, fue hallado muerto en el interior de su automóvil, en Pencahue, en el cerro de La Virgen, en las afueras de Talca.
La autopsia determinó que había fallecido por “herida de bala transfixiante del cráneo”. El capitán, traductor de español-alemán para el Ejército, había llegado desde Valparaíso, tras sostener un altercado con personal de la recién creada DINA. Pero sobre sus desaveniencias con el organismo de seguridad no sabía ni siquiera su familia.

La versión oficial del Ejército fue que el capitán había muerto en un atentado del MIR, porque Heyder indagaba en Talca una supuesta internación de armas.

Aunque tal conclusión fue ampliamente difundida en la prensa en su momento, el Ejército no ahondó en las investigaciones del crimen, y fue reticente, en los años venideros, a exhibir su nombre entre los mártires de la institución. A fines de 1975, en documentos oficiales, se afirmó solamente que Heyder murió en un “accidente” en “actos de servicio” y su esposa y sus tres hijas –la última de las cuales había nacido apenas unos meses antes de su muerte— comenzaron a recibir una pensión de viudez.

El viaje de Adriana

El día que su padre la llamó para contarle sobre la muerte de su hermano, Adriana Heyder tuvo que emprender un viaje horrible desde Hamburgo. Pese a sus esfuerzos, no llegó a tiempo para los funerales y debió contentarse con visitar su tumba. Un grupo de militares y su cuñada, Cecilia Contador, la esperaban en el aeropuerto y la llevaron directo al mausoleo militar.

A la hermana del capitán le llamó la atención que el nicho de su hermano, muerto en un supuesto acto de guerra, estaba cubierto con cemento crudo y parecía que alguien había escrito su nombre pasándole el dedo, sin ninguna delicadeza. No se incluyó epitafio con ninguno de los elogios que el teniente coronel Hamilton Rosales Rerrueta, segundo comandante del Regimiento Talca, leyó en su funeral.

En los días posteriores, Adriana oyó por primera vez, en la voz de un oficial de alto mando del regimiento, una versión extraoficial que circuló también entre los compañeros de generación del capitán: que Osvaldo se había suicidado, pues le apremiaba haber robado dinero de la tropa o porque habría tenido “líos de falda”. Uno de los organizadores del velorio le dijo lo mismo al padre de Adriana. Este -según se describe en la querella que acaba de presentarse- reconocería hace muy poco, en fotografías de prensa, al hombre que le hizo esa afirmación: era Marcelo Moren Brito, uno de los jerarcas de la DINA en Villa Grimaldi y, precisamente, uno de los oficiales que viajó a Valparaíso en 1974 y cuyo poder Heyder habría desafiado.

Aunque los Heyder-Goycolea ignoraban estos detalles en 1975, la posibilidad del suicidio les pareció siempre la menos probable. No sólo porque no creían que su hijo hubiera robado o le hubiese sido infiel a su esposa, sino que porque, según Adriana, “significaba que mi hermano se puso un arma en la nuca para quitarse la vida y nadie se mata así”.

Empero, en cuanto al atentado del MIR, pese a que esa organización negó en su momento autoría en el hecho y a pesar de que a la fecha de lo ocurrido, la mayoría de sus dirigentes estaban escondidos, presos o muertos, la familia no dudó de la versión oficial del Ejército. “Tal vez porque era lo que más nos gustaba creer”, relata Adriana.

Esa convicción se les afianzó cuando, a fines de junio de 1975, el comandante en jefe del Ejército, designado ya Presidente de la República, general Augusto Pinochet, los convocó a una cita privada en el casino de oficiales del regimiento Guías de Concepción. “El nos mandó a buscar en un auto especial. Nos abrazó y nos dio el pésame. El le dijo a mis padres: ‘Ustedes debieran sentirse orgullosos porque han dado un hijo en defensa de la Patria’”, cuenta.

Por muchos años, los Heyder-Goycolea atesoraron el recuerdo de ese encuentro y valoraron el gesto de Pinochet. “Nos creíamos la muerte. Nos sentíamos orgullosos”, dice Adriana.

Una extraña muerte

Todos los compañeros de generación de Osvaldo Heyder –un curso más antiguo que el del actual comandante en jefe, Juan Emilio Cheyre- llegaron a generales y hoy están retirados. Entre ellos estaba el mayor general Víctor Lizárraga, quien llegó a ser jefe del Comité Asesor del Comandante en Jefe entre 1994 y 1998.
El nombre del capitán Heyder, en cambio, quedó inscrito por la Corporación de Reparación y Reconciliación –continuadora de la labor iniciada por la Comisión Rettig- como uno de los pocos militares víctima de la “violencia política”, descripción genérica que se usó para distinguir a quienes murieron en atentados de la izquierda de aquéllos que perecieron en manos de agentes del Estado durante el régimen militar.

No obstante, según Adriana Heyder, a partir de 1995 las piezas comenzaron a encajar de una manera totalmente distinta para ella. Ese año, recibió en su casa en Alemania un sobre anónimo que contenía un artículo publicado en La Epoca, en 1992, bajo el título: “La muerte de los duros. Las huellas de posibles ajustes de cuentas y venganzas en organismos de seguridad”.

Bajo el subtítulo, “un capitán sensible”, la nota narraba las posibles causas del asesinato de Heyder, sobre la base del testimonio del ex preso político, Erick Zott, quien había viajado a Chile, desde Austria, para testificar en una causa contra Colonia Dignidad.

El reportaje sostenía que la conducta humanitaria demostrada por Heyder hacia los prisioneros políticos en el Regimiento Maipo de Valparaíso, lo habrían hecho enfrentarse con un oficial de menor graduación, pero en ese momento, de mayor poder: el teniente Fernando Laureani, a cargo del grupo Vampiro de la DINA.

Al leer esa crónica, Adriana Heyder renegó de la versión que hasta entonces creía y se empeñó en investigar más sobre la muerte de su hermano. Recién hace unos meses consiguió comunicarse con Zott. Así se enteró de que su hermano pudo haber cometido un segundo gran pecado, a los ojos de la DINA: poco después de la partida de Laureani, el comandante del Regimiento Maipo reconoció, respondiendo a un oficio de los tribunales, que ocho prisioneros desaparecidos en Villa Grimaldi habían pasado por su cuartel. La DINA, que había negado toda participación en los hechos, se vio obligada entonces a admitir los arrestos.
El oficio que provocó tal bochorno al entonces coronel Manuel Contreras, director de la DINA, debió ser redactado contando con información proporcionada por el capitán Heyder.

Tras estos acontecimientos, describe la querellante, Heyder fue enviado a Talca en castigo y, unas semanas después, fue asesinado.
La última carta que el capitán Heyder escribió a su hermana está fechada el 23 de mayo de 1975, 13 días antes de su muerte. Al recibirla, ella se conmovió por sus palabras inusualmente cariñosas: “(…) Te recuerdo mucho pero por motivos de mi pega no te puedo escribir. Aunque tú no lo creas a diario te recuerdo y te quiero. Dios quiera que salgamos adelante con Chile. Te quiero más de lo que tú crees. Te recuerda tu hermano Osvaldo, ‘el viejo’”.

Derecho a la verdad

En su paso por Santiago este verano, Adriana Heyder contrató a los abogados Ciro Colombara y Hernán Fernández, quienes le ayudaron a reunir nuevas evidencias, como la declaración del ex cofundador de Colonia Dignidad, Hugo Baar.

Este dijo a Amnistía Internacional que, en una fecha imprecisa entre los años 1975-1976, esa organización dio apoyo y encubrimiento a un grupo de la DINA que partició en el atentado “a un importante oficial de Ejército”. El único hecho de ese tipo cometido en los terrenos cercanos a la entidad creada por Paul Shäfer fue el asesinato de Heyder.

Según el abogado Colombara, el crimen contra el capitán habría tenido un doble efecto: venganza contra el oficial que cuestionó los métodos, procedimientos y objetivos de la DINA en su época de afianzamiento; y amenaza contra otros oficiales que se oponían al estilo de Manuel Contreras.

El jurista argumenta, sobre la base del principio del “derecho a la verdad”, de reciente aceptación en la jurisprudencia internacional, que no se debe aplicar la Amnistía ni la prescripción a este caso. “En situaciones de violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos, el Estado tiene el deber, y las personas el derecho, de conocer la verdad de lo que ocurrió”.

En la entrevista con La Nación, antes de regresar a Alemania, Adriana Heyder sostuvo que no busca el castigo contra los autores del asesinato, sino sólo saber la verdad. “No la verdad que más me guste, sino simplemente la verdad”.

El ídolo que tenían en Pinochet sus padres, dijo la mujer, se ha derrumbado. “El Estado me debe la verdad que escondió el comandante en jefe de la época. El tiene que haber estado informado de la valentía que tuvo mi hermano al oponerse a la brutalidad de la DINA”.

“A mí me interesa reivindicar la imagen de mi hermano y del Ejército, porque no todos sus miembros actuaron mal. Hay un Ejército con principios democráticos arraigados y hay que rescatarlo”, agregó. “Si mi hermano respetó las convenciones internacionales sobre trato a los prisioneros, lo hizo ciñéndose al juramento militar. Si murió por eso, el suyo fue un acto heroico y mis padres tienen derecho a saberlo antes de morir”.

La lista de Heyder

Guardando las proporciones y al igual que el alemán Schindler lograra salvar a unos 200 judíos de la muerte en los campos de concentración nazis, el capitán Heyder se jugó por retener en el regimiento Maipo y con ello salvarle la vida a una decena de presos políticos. Así lo reveló el reportaje publicado en diario La Epoca y que cambió las convicciones de la hermana y los padres del oficial sobre su muerte. De hecho, muchos ex agentes y oficiales murieron en extrañas circunstancias, por venganza hacia traiciones o conductas consideradas como “blandas”.

En el caso del capitán Heyder, según esa crónica, le correspondió recibir “al grupo Vampiro” de la recién creada DINA “que viajó desde Santiago, comandado por el entonces teniente Fernando Laureani, con la misión de detener a la directiva regional del MIR”.

Heyder era el encargado de proporcionarle los medios materiales a Laureani para que realizara su misión.

Erick Zott narró que conoció al capitán entre el 17 y el 25 de enero de 1975. “(Heyder) se acercó a hablarme una noche y me empezó a contar quien era él y qué hacía. Me detalló aspectos de su vida personal. Yo pensé que estaba tratando de ganar mi confianza, cumpliendo el rol del bueno. Después trató de hacerme entender que ése era su primer trabajo con la DINA y que no compartía lo que había visto hasta entonces y que no era partidario de las torturas ni los métodos de interrogatorios”.

Heyder le confidenció al detenido que había sido compañero de Laureani Maturana en algunos cursos de inteligencia y aunque éste era teniente, un grado inferior al suyo, era quien daba las órdenes. Según Zott, Heyder le demostró que era sincero en sus afirmaciones.

“En el Maipo había una veintena de detenidos y la DINA pretendía trasladarnos a todos a Santiago. Heyder se enteró un día antes de la operación y me preguntó qué podía hacer. Yo, para no mencionar a nadie, sólo le dije que tratara de dejar en el regimiento al mayor número de detenidos, pues ya estaba en conocimiento que era peor llegar a la Villa Grimaldi. Y él lo hizo”.

El capitán, arguyendo que necesitaba interrogar a los presos, se las ingenió para retener a la mitad, todos los cuales sobrevivieron. De los doce que se llevó Laureani, desaparecieron ocho.

Las acciones del capitán no pasaron inadvertidas para Laureani, quien, cuando se marchaba a Santiago, discutió a viva voz con él delante de los prisioneros. Al final, el capitán impuso su grado y el teniente se conformó con llevarse a los máximos dirigentes.






Primera Linea - Domingo 5 de Mayo de 2002
 


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