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MARIA CECILIA MAGNET FERRERO

Acciones contra matrimonios mixtos argentino-chilenos

En la madrugada del 16 de julio de 1976, miembros del Ejército argentino detuvieron en su apartamento de calle Córdova, en Buenos Aires al matrimonio formado por Guillermo TAMBURINI y María Cecilia MAGNET FERRERO. El, médico de nacionalidad argentina, militante del MIR, radicado en Chile durante varios años, huyó la represión desatada con posterioridad al 11 de septiembre de 1973. Ella, chilena militante del MAPU, socióloga, llegó a Buenos Aires a fines de 1973. El matrimonio confesó numerosas veces a sus amigos sentirse perseguido. En la detención Guillermo Tamburini resultó herido a bala.

La Comisión estimó a la luz de los antecedentes estudiados que Guillermo Tamburini y María Cecilia Magnet desaparecieron en el contexto antes dicho, en violación de sus derechos humanos, y que en su desaparición participaro agentes argentinos, no teniendo elementos que permitan afirmar que hay responsabilidad de agentes del Estado chileno.

(Informe Rettig)


24 de Septiembre 2004 El Mostrador

Conmovedor testimonio de hermana de víctima

"Esta noche les quiero hablar de una pareja: María Cecilia Magnet y Guillermo Tamburini. Ambos fueron secuestrados de su departamento de la calle Córdoba –en Buenos Aires-en la madrugada del 16 de julio de 1976. Ambos desaparecieron en la oscuridad de la noche, en medio del silencio, sin dejar huella alguna. Ambos habían huído de la represión de los militares chilenos, instalados en el poder tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973''.

 "Sí sé que, sin importar la geografía, desde distintos puntos de la cordillera de Los Andes, muchos de los llamados “desaparecidos” fueron arrojados durante la noche a la inmensidad del océano, con sus vientres cargados de piedras para que no flotaran a la superficie. Entonces, los ejecutores de la Operación Cóndor no hicieron ningún distingo de nacionalidad, sexo, raza o religión. El enemigo era uno solo. O estás conmigo o estás en contra mío''.

"No puedo dejar de desconfiar de esa gente que habla, casi obsesivamente, de la necesidad de “mirar hacia el futuro”, de “dar vuelta la hoja”, de “no revolver viejas heridas” de “olvidar y perdonar”. Como si el dolor y el desconsuelo pudieran ser controlados a punta de instrucciones o señales de tránsito. Pare. Ceda el paso. No doblar en U. Calle sin salida''. 

 El 14 de septiembre pasado la periodista chilena Odette Magnet, ex agregada de prensa de la embajada de Chile en Estados Unidos, actualmente radicada en Washington, leyó un relato estremecedor en un encuentro sobre Chile, los detenidos desaparecidos y la Operación Cóndor, organizado por Amnistía Internacional y la Universidad de Nueva York. Ese texto, el primero en que se refería en forma pública a la desaparición de su hermana María Cecilia, secuestrada junto a su marido argentino en Buenos Aires el 16 de julio de 1976, dejó una marca indeleble en una audiencia que escuchó, estupefacta, el testimonio que daba cuenta del desgarro de una familia que nunca pudo superar esta cruel pérdida.

Desde entonces, una lluvia de e-mails instó a Odette, hija del periodista, escritor, fundador de la Falange y diplomático, Alejandro Magnet, a difundir este escrito -que nació más de las entrañas que de su mente, pero que no está exento de hondas reflexiones- también en nuestro país. Por una extraño cruce de circunstancias, la invitación a hablar en esa universidad, formulada en mayo, coincidió casi al mismo tiempo con la querella criminal que la familia Magnet Ferrero, presentó el 10 de septiembre en una tribunal de Santiago contra Augusto Pinochet. Dos semanas después de que la Corte Suprema le quitara sus fueros precisamente por la Operación Cóndor, de la que fueron víctimas María Cecilia Magnet y su esposo, Guillermo Tamburini, entre otros muchos.

Lo que sigue es el texto que Odette Magnet leyó esa noche en el auditórium de la NYU, ante un público conmovido y silencioso (las negritas y subtítulos son de El Mostrador.cl):

“Nunca habría pensado que estaría aquí frente a ustedes. Nunca, ni en mis peores pesadillas de infancia, habría imaginado que aceptaría la invitación a hablar en la ciudad de Nueva York en un encuentro sobre los detenidos y desaparecidos en Chile y en América Latina.

Esta noche les quiero hablar de una pareja: María Cecilia Magnet y Guillermo Tamburini. Ambos fueron secuestrados de su departamento de la calle Córdoba –en Buenos Aires-en la madrugada del 16 de julio de 1976. Ambos desaparecieron en la oscuridad de la noche, en medio del silencio, sin dejar huella alguna. Ambos habían huído de la represión de los militares chilenos, instalados en el poder tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.

Esta es la primera vez que hablo de ellos en público.

María Cecilia era mi hermana. La mayor de seis hijos. Tenía 27 años al momento de su desaparición. Había sido militante del MAPU en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular. Estudió Sociología en la Universidad Católica de Washington, D.C. y, posteriormente, Economía en la Universidad de Chile. Su marido, Willy, como le decía todo el mundo, era argentino, médico, militaba en el MIR, en la extrema izquierda. Por separado, hacia fines del ’73, él y ella viajaron rumbo a Argentina. Se casaron en enero de 1974 en Buenos Aires.

Pero la fiebre represiva fue contagiando uno por uno a los países de la región. En marzo de 1976, los militares argentinos también arrebatarían el poder a punta de metralla y tanque. Sólo cuatro meses más tarde, Cecilia y Willy caían víctimas de la llamada Operación Cóndor, una tenebrosa pero eficiente red tejida por las policías secretas de Chile, Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay y Paraguay, la cual sería responsable de la muerte de miles y miles de hombres y mujeres. En cada uno de estos países, los militares compartieron un solo propósito y una misma obsesión: exterminar al enemigo. El enemigo era todo aquel que se oponía, el disidente, el terrorista de entonces.

Después de ocho años de dictadura, Argentina arrojó el sangriento saldo de 30 mil detenidos- desaparecidos. Cuarenta de ellos eran chilenos.

Una lluviosa tarde de julio

Recuerdo que llovía esa tarde de julio en que sonó el teléfono de mi casa en Santiago. Entonces yo vivía con mis padres. Contesté la llamada. Una mujer, con voz asustada, pidió hablar con mi padre.

-Papá, te llaman -grité por el pasillo.

Mi padre tomó la llamada. Yo estaba a su lado. Mi madre, en su dormitorio. Recuerdo que se puso pálido, tartamudeó un par de palabras, preguntó de qué tipo de accidente se trataba, dijo algo más que no entendí y luego se quedó en silencio, con el auricular en la mano. La mujer le había colgado.

Viajó a Buenos Aires apenas pudo. La atmósfera de terror quitaba el aliento y la tensión enrarecía el aire. El departamento que ocupaban había sido allanado, saqueado, violado. No sólo secuestraron a Cecilia y Willy sino que se llevaron sus pertenencias, comida, lo que encontraron a mano. Dejaron los libros. El anillo de matrimonio de mi hermana fue encontrado bajo su cama.

Los vecinos, paralizados por el miedo, se negaron a hablar. Le aconsejaron a mi padre que ni se acercara al departamento. Sólo logró saber que fueron sacados del departamento como a las cuatro de la mañana. Un joven vio cómo fueron obligados a subir a un automóvil. Según esa misma fuente, Willy habría gritado su nombre, se habría identificado como médico y habría resultado herido a bala durante la detención.

No voy a entrar en detalles, pero mi padre hizo todo lo que era entonces posible para encontrar a María Cecilia, para saber de ella y su marido. Al final, para responder una sola pregunta que lo persigue hasta hoy. ¿Dónde están? Varios días más tarde volvió a Santiago con las manos vacías.

A partir de entonces, como en tantos otros casos, las versiones fueron contradictorias, confusas. Por muchos años, enterramos y desenterramos a mi hermana y mi cuñado, según la fuente de turno. Otro rumor daba cuenta de que un médico había encontrado en una celda un recado escrito por mi hermana que decía “avisen a Willy Tamburini que estoy bien.” Hasta que los rumores cesaron y no hubo más versiones. Ni oficiales ni extraoficiales. De lo poco que sabemos, no hay testimonios de otros detenidos sobre su paradero, no sabemos de nadie que los haya visto en algún centro de tortura.

El enemigo era uno solo

Sí sé que, sin importar la geografía, desde distintos puntos de la cordillera de Los Andes, muchos de los llamados “desaparecidos” fueron arrojados durante la noche a la inmensidad del océano, con sus vientres cargados de piedras para que no flotaran a la superficie. Entonces, los ejecutores de la Operación Cóndor no hicieron ningún distingo de nacionalidad, sexo, raza o religión. El enemigo era uno solo. O estás conmigo o estás en contra mío.

La Comisión Rettig -creada en Chile en 1990 por el Presidente Patricio Aylwin– estimó, a la luz de los antecedentes, que Guillermo Tamburini y María Cecilia Magnet desaparecieron en violación de sus derechos humanos, y que en su desaparición participaron agentes argentinos, no teniendo elementos que permitan afirmar que hay responsabilidad de agentes del Estado chileno.

Mi familia espera desde hace años una indemnización por parte del Estado argentino, único gesto que representaría la admisión de los delitos perpetrados en contra de María Cecilia y su marido.

El 29 de diciembre de 1990, Carlos Menem indultó a los dirigentes de las juntas militares de Argentina y a otros oficiales de alta graduación encarcelados por delitos cometidos durante la "guerra sucia". Entre los indultados se encontraba el ex general del ejército Carlos Suárez Mason, con juicio pendiente en Argentina por 39 cargos de asesinato relacionados con violaciones de derechos humanos. Suárez Mason –entonces jefe de plaza en Buenos Aires- fue una de las tantas personas con quien mi padre se entrevistó en julio de 1976. Le dijo a mi padre que su hija no figuraba en ningún registro de detenidos.

Una herida que sigue abierta

Han pasado 28 años desde que mi padre recibió esa llamada telefónica. Ha caído mucha lluvia y, sin embargo, el dolor está ahí, intacto, crudo, como el primer día. Se ha dicho tantas veces que la herida sigue abierta. La frase se ha transformado en un lugar común, pero no por eso menos cierta. La herida sigue abierta porque, de otro modo, no estaría aquí. No habría querido venir a mostrarles mi herida ni venir a hablarles de mi dolor.

Sin embargo, estoy aquí por varias razones.

Primero, porque creo que el compartir siempre gratifica, aligera la carga, calma el hambre y alivia el alma. Es aquí, en el plural, en la invitación a escuchar y a ser escuchado, que uno entiende que no se está solo en la soledad, en la pérdida, en la tristeza profunda. Y que uno puede ser útil, que puede tender puentes, estirar la mano, acompañar a otros que perdieron la voz, la esperanza, la fe y la alegría.

También estoy aquí porque tengo memoria. La atesoro más que mi pasaporte. Una persona sin memoria no tiene rostro, no tiene historia, carece de identidad y pasado. No puede aprender porque no ha recogido ninguna lección, no se ha hecho cargo de ningún error. Solo amnesia. Y la amnesia es la vecina de la demencia, del vacío, la nada.

No puedo dejar de desconfiar de esa gente que habla, casi obsesivamente, de la necesidad de “mirar hacia el futuro”, de “dar vuelta la hoja”, de “no revolver viejas heridas” de “olvidar y perdonar”. Como si el dolor y el desconsuelo pudieran ser controlados a punta de instrucciones o señales de tránsito. Pare. Ceda el paso. No doblar en U. Calle sin salida.

La memoria me mantuvo viva

En mi caso, y en la de muchos otros, la memoria me mantuvo viva. Y a distancia de la locura, el abandono total, el suicidio. El deseo de recordar, la voluntad de explorar en la memoria es, en sí, un gesto de sanación. La memoria tiene que ver con el reencuentro con uno mismo y con los otros, con recuperar el centro, el sentido de pertenencia. La memoria es la patria, el paisaje que se reconoce, la madre, la hermana y el amigo. La memoria sabe a lealtad y amor porfiado.

Así como no hay regreso sin fuga, no hay mañana sin ayer. Para soñar genuinamente en un futuro, como país y como personas, debemos primero abrazar lo que dejamos atrás. Sumergirnos en la memoria y, si es necesario, en el dolor. La puerta a la paz y a la reconciliación no es el olvido. No se puede perdonar lo que no se recuerda.

No se trata de ser morboso, vengativo ni rencoroso sino de entender que si le damos la espalda al pasado nos quedaremos con las manos vacías, como mi padre cuando regresó a Santiago.

La opción no es fácil. Ni para la gente ni para los pueblos. Chile tiene serios problemas con la memoria y el dolor. Le tememos al conflicto, no sabemos pelear ni decir lo que queremos decir. Somos como los diplomáticos. ¿Conocen el cuento? Cuando un diplomático dice “sí”, quiere decir “quizás”. Cuando dice “quizás”, quiere decir “no”. Y cuando dice “no”, es que no es diplomático...

En este afán febril de avanzar, de dejar atrás el llamado Tercer Mundo, evitamos mirar hacia atrás porque el pasado nos divide. Sólo la incertidumbre del futuro nos permite soñar que algún día seremos un país unido, con una historia y propósito común. No lo admitimos pero creemos que es mejor barrer la mugre bajo la alfombra o lavar los trapos sucios en casa.

La democracia nos ha hecho bien

Con todo, debemos reconocer que Chile ha madurado como país. La democracia nos ha hecho bien. Estamos aprendiendo a hacer las cosas de manera distinta. Daremos un auténtico salto al nuevo siglo cuando seamos solidarios el año entero y podamos recuperar la confianza en nuestras instituciones, nuestras autoridades, nuestros líderes políticos, nuestros jueces y soldados.

Hemos ido entendiendo que la globalización no pasa sólo por índices económicos exitosos sino por el acceso a la verdad, la justicia y la memoria. El fallo de la Corte Suprema chilena, el 26 de agosto, que desaforó al general Pinochet y abrió la posibilidad cierta de que éste sea procesado, fue un salto enorme en esa dirección. Pero la experiencia del pasado está anidada tan fresca en la memoria y entonces contenemos el aliento porque parece demasiado bueno para ser cierto.

Sí, somos cautos pero la memoria y la esperanza aún nos mueve. Hace sólo unos días, el 10 de septiembre, la familia Magnet Ferrero presentó una querella criminal en contra del general Augusto Pinochet y quienes aparezcan responsables por los delitos de secuestro, asociación ilícita y demás conexos de María Cecilia Magnet.

Tuvimos que esperar casi tres décadas para que esto sucediera. Y aunque no estuve allí presentando la querella, recordaré ese día para siempre.

Es muy improbable que Pinochet pase un día en la cárcel. Quizás los jueces de mi país me defraudarán una vez más, pero tengo claro que no les voy a ahorrar el fracaso ni la vergüenza por su falta de coraje. Tal vez nunca abracemos la justicia y la verdad, pero nuestra búsqueda continuará. Y lucharemos en contra del olvido, la amnesia, la indiferencia. No renunciaremos al derecho de tener duelo y entierro.

Porque tenemos memoria. Yo recuerdo. Recuerdo los ojos de Cecilia, color miel, su sonrisa ancha, su piel tibia. Recuerdo que era brillante y generosa. Sarcástica, aguda. Su orgullo eran sus piernas. Vivía a dieta. Le gustaba comer, tomar, bailar. Buena para los idiomas, para leer y viajar. Le gustaban los hombres y era coqueta.

Encantadora e insoportable

Encantadora a ratos, en otros, insoportable. Era una mujer especial, llena de talentos y sueños. Y, al mismo tiempo, tan común y corriente. Con la autoridad de la hermana mayor –nos separaban siete años- me pedía libros prestados que no devolvía, usaba mi maquillaje, se olvidaba de darme los recados y me daba órdenes que ella llamaba sugerencias.

En 1972, me escribía desde Lota y Coronel, zona minera, una de las más pobres de Chile. Una carta suya, fechada el 7 de mayo. Decía: “He estado trabajando firme estas semanas y aprendiendo mucho de todo lo que voy viendo. Las condiciones de trabajo son bastante duras, mucha lluvia, frío y barro hasta la rodilla ya que aquí llueve por semanas enteras sin parar. Pero los pobladores tienen un espíritu organizado y combativo que no te permite quedarte atrás.”

Agregaba: “Aquí la gente ha sufrido mucho y los trabajos que hacen deben estar entre los más duros de todo Chile (...) He visto campamentos que hace un año o dos eran peladeros, y hoy son un ejemplo de organización de vida donde lo que se tiene se comparte. Las mujeres, sobre todo, son muy choras. Ya te contaré algunas experiencias.”

La vi por última vez en el verano de 1975. Todos la fuimos a buscar al aeropuerto de Pudahuel. Se veía bonita, contenta, flaca. Un par de días más tarde, caminamos por la orilla del mar y nos reimos como niñas cómplices. Me preguntó por mis novios y mis sueños. Le parecía tan absurdo que estudiara periodismo en la Universidad Católica, tan intervenida por los militares. Como siempre, me inundó de preguntas pero también me contó de Willy y de su nueva vida de casada.

Cecilia creía en el compromiso con otros, con la sociedad, y no en la caridad. Decía que cuando la caridad empieza por casa, normalmente ahí se queda. Y tenía razón, sólo que nunca se lo dije porque estaba cansada de encontrarle la razón. Su curiosidad era insaciable. Detestaba los lugares comunes, las respuestas fáciles que no explican nada. Sospecho que las primeras dos palabras que aprendió en su vida fueron “¿por qué?”. A veces creo que con esa misma pregunta enfrentó la muerte.

Hoy, no dispongo de otra herramienta que la palabra. No tengo otra joya que la memoria. Con una en cada mano he venido esta noche, creyendo que, quizás, sólo quizás, después de todo, mi herida sí cerrará y un día cualquiera despertaré con una cicatriz que luciré orgullosa’’


Esta pagina fue modificada el 17/07/2010

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