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Regimiento de Infanteria de Montaña N°3 "Yungay", San Felipe

 
V Región


            El Regimiento de San Felipe (“Yungay”), ubicado en Av. Bernardo O´Higgins N° 12, fue el centro principal de tortura de esa ciudad. El jefe de la Zona en esos momentos era el Comandante Héctor Orozco Sepúlveda, responsable directo de todas las acciones militares y policiales de la zona. Testimonios de numerosos presos políticos de esa época han detallado el uso sistemático de tortura en este recinto militar. Efectivos de este establecimiento son también responsable del asesinato muchos presos políticos, incluyendo a Farud Aguad, Artemio Pizarro, Wilfredo Sánchez, Mario Alvarado, José Fierro y Pedro Araya, Absalon del Carmen Wegner Millar y el joven Rigoberto Achú Liendo. Juan Alsina Hurtos, español, Sacerdote católico y Jefe de Personal del Hospital San Juan de Dios de Santiago, fue ejecutado el 19 de septiembre de 1973 en las riberas del río Mapocho por efectivos del regimiento “Yungay”.

El testimonio de un preso político de la época detalla:
“...el 13 de diciembre de 1973, después del encierro (en las celdas de la cárcel de San Felipe) y cuando era alrededor de las 19 horas, se abrió la puerta de la galería y sacaron al Dr. Absalón Wegner Millar y a Rigoberto Achu Liendo, según dijeron " A la Fiscalía Militar"; es decir, al Regimiento Yungay de San Felipe. Un lúgubre silencio cubrió el penal, porque ninguna Fiscalía actuaba a esas horas...
El Dr. Wegner, como bien lo dice el Informe Rettig, era un individuo pasivo y romanticón y tenía confianza en que todo se arreglaría y volvería a casa y a participar en el nacimiento del que sería su hijo. No tenía nada punible; sólo para los tiranos, su ideología comunista.
Lo contrario de Rigoberto "Rigo", desde su detención lo mantenían permanentemente en el Cuartel de Investigaciones. Las dos últimas semanas lo habíamos visto un par de veces porque no lograban inculparle de nada, ya que había sido un funcionario muy honesto y trabajador y pasaría a Consejo de Guerra (CG) pronto. Días antes nos habíamos encontrado Rigo y yo en la cancha de la cárcel. Estaba muy dañado físicamente, cada paso era una fuente de dolores, los verdugos en su cobarde superioridad lo estaban torturando salvajemente. Me dijo:
- " Vi a tu mamá, ¡se portó bien"!
Se refería cuando Investigaciones la detuvo y la mantuvo allí, en ese cuartel.
Hablaba calmado, no mostraba en absoluto el padecimiento que producían en él las secuelas de los vejámenes practicados durante tres meses, desde el mismo 12 de septiembre.
Sus manos estaban recogidas, como muñones, por el exceso de corriente aplicada por sus verdugos. De sus oídos brotaba sangre que en sus orejas se coagulaba. Sus sienes amoratadas como sus pómulos, su rostro desencajado, pálido, calavérico y su piel de color indefinido, sus labios rotos y resecos. Pero en sus ojos había una mirada limpia, fuerte, resuelta, era como una luminosidad que le brotaba desde la profundidad mas recóndita de su ser. Como una unión a la vida. Sentí la viva sensación de estar ante un valiente, un real e inclaudicable revolucionario.
Después incluso comprendería que había estado frente a un valioso y leal mártir.
Me dijo:
- Flaco, no te preocupes, yo no te conozco-. Y comenzó a caminar hacia su celda sin pedir ni aceptar ayuda y sin demostrar ni el más mínimo quiebre.
Admiré su tolerancia.
La verdad era que sí nos conocíamos. Que sus ideales eran mis ideales. Durante tres años, en el Gobierno Popular, cuando nos encontrábamos, soñábamos y discutíamos nuestro proceso; Rigo era una lección de ecuanimidad política, de solidaridad, de entrega.
Tenía tanta corriente en su cuerpo que los Compañeros de su celda debían cubrir su catre, de lo contrario recibía enormes shocks eléctricos. Era como una batería humana.
El día 14 de septiembre pasaría al Tribunal Militar... "Circo" o Consejo de Guerra.

Aquélla tarde del día 13, una manta oscura y pesada de malos presagios cayó sobre el penal. Sin ni siquiera contacto visual y sin aviso, todos los internos, inclusive los reos comunes, quedamos en silencio. Yo estaba en celda numero 11 de la parte alta de la Galería, con presos políticos. que eran dirigentes de la Minera Andina. Uno de ellos trató de entonar "Te recuerdo Amanda", pero no era posible. Las horas pasaban lentas y cargadas de misterio y a la vez esperanza, nadie hacía algo o dormía, el aire estaba espeso que apenas se respiraba.
Cada vez que se escuchaba la puerta, nos apostábamos en las rejas, apuntando nuestros pequeños espejos hacia la entrada, buscando una buena señal. Yo estaba imbuido en eso cuando el cabo Silva me ordenó: "¡Guarde eso!". Fue un enorme sobresalto, porque no lo había visto y porque "eso" estaba prohibido. Pero la voz del gendarme sonó trágica, no como una orden sino como una queja, forma poco común en el personal y aún menos con Silva que era de los duros.
Alrededor de las 22 horas, se escucharon disparos, gritos, amenazas, carreras y mas ráfagas de armas automáticas. Todo al frente de nuestra celda y por el lado de la calle. Quisimos protestar, gritar, pero no pudimos; todo el presidio estaba tenso. Nuestras mentes estaban tensas y pendientes, buscando en la nada una señal que nos indicara que todo era sólo un simulacro, para atemorizarnos a nosotros y a la población civil circundante. El ruido de vehículos y las carreras del personal de Gendarmería que lanzaba agua fue la clara señal de lo contrario, que habían asesinado a nuestros camaradas. Al día siguiente, todos estuvimos de duelo incluso los reos no políticos; en el exterior, las hordas dictatoriales se organizaban porque decían que era un "motín" y donde creímos que sería el comienzo de nuestro final. El jefe de la Zona, Comandante Héctor Orozco, trató de convencernos con la versión oficial, "Intento de fuga", pero eso ya lo conocíamos y Cubillos le respondió: "Coronel, usted sabe que no es verdad".
A la semana siguiente el Consejo de Guerra me regaló una condena de seis años y ciento ochenta días para la Navidad de 1973. Pero el pensamiento se posesiona sin pretenderlo en aquella Navidad negra, tanto que aún después de 28 años, esta celebración me trae a la mente no sólo a Jesús que nació, sino a Rigoberto Achu y Absalón Wegner que fueron asesinados impunemente como muchos más y en diversas fechas a lo largo y ancho de nuestro querido Chile y en una "guerra" concebida sólo en las mentes enfermas y corruptas de la dictadura.

Fuentes de Información: Informe Rettigg; Libro: “Porque fuimos médicos del pueblo”; zonaimpacto.cl; Archivo Memoriaviva.com

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