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Buque Escuela "Esmeralda", Valparaiso

V Region

           

    En la provincia de Valparaíso la Armada empleó como lugares de reclusión, interrogatorio y/o tortura los Buques "Lebu", "Maipo" y el Buque Escuela "Esmeralda", estos tres en el puerto de Valparaíso; la Base Aeronaval "El Belloto"; la Academia de Guerra Naval y especialmente una de sus dependencias, el "Cuartel Silva Palma".   Según los antecedentes aportados por la Comisión contra la Tortura de la Quinta Región señalan que por la Esmeralda deambularon alrededor de 500 detenidos políticos, 1000 por el Buque Maipo y 4000 por el Buque Lebu, barco cedido por la compañía Sudamericana de Vapores. Los mismos informes sostienen que por el Estadio de Valparaíso pasaron cerca de 3000 mil personas, por la Academia de Guerra y el Cuartel Silva Palma, 4000, todos los cuales fueron torturados y muchos de ellos, asesinados.

 Inmediatamente después del 11 de septiembre de 1973, el Buque Escuela "Esmeralda" fue utilizado por la Armada de Chile como centro de detención y tortura en el puerto de Valparaíso, según ha sido fehacientemente demostrado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (Informe 24/OCT/74), Amnistía Internacional (Informe AMR 22/32/80), el Senado Norteamericano (Resolución 361-16/JUN/86) y el Informe de la Comisión Nacional (Chilena) de Verdad y Reconciliación (Tercera Parte, Capítulo I, Sección 2 f.2.). Los testimonios de que la "Esmeralda" fue efectivamente usado como cámara de tortura flotante son múltiples y coincidentes. Entre ellos destacan los del abogado chileno Luis Vega, actualmente residente en Israel; el ex-funcionario del Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario, Claudio Correa, actualmente residente en Inglaterra; y el profesor universitario y ex-alcalde de Valparaíso, Sergio Vuscovic, actualmente residente en Chile.

 Según el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (Informe Rettig), en el caso del Buque Escuela "Esmeralda", las investigaciones practicadas por esta Comisión permitieron comprobar que una unidad especializada de la Armada se instaló en su interior con el objeto de interrogar a los detenidos que se encontraban en la misma nave y a los que eran traídos de otros recintos de reclusión de la Armada. Esos interrogatorios, por regla general, incluían torturas y malos tratos." La "especialización" de la mencionada unidad no necesita mayores explicaciones.

 Aunque el número de detenidos a bordo del Buque "Esmeralda" varía según los testimonios pues se los trasladaba de un barco a otro a medida que iban siendo interrogados. El Senado Norteamericano (1986) indica que llegó a haber 112 de ellos. Según la evidencia disponible, en un momento hubo unas 40 mujeres detenidas, las cuales fueron sometidas a todo tipo de maltratos, torturas, vejaciones y violaciones. Entre los detenidos cabe destacar la presencia del sacerdote católico chileno-británico, Miguel R. Woodward, quien falleció a consecuencia de las torturas cuando el 22 de septiembre de 1973 se le llevó al Hospital Naval de Valparaíso por indicación de un médico de la misma Armada. Aunque la Iglesia Católica reclamó su cuerpo, nunca le fue entregado y se lo sepultó en una fosa común sobre la cual posteriormente se construyó un camino. El caso del Padre Woodward está debidamente acreditado en las investigaciones del juez Baltasar Garzón de la Audiencia Nacional de España, Sumario 19/97-J, incoado en contra de Augusto Pinochet y otros por los delitos de genocidio y terrorismo internacional desarrollados a través de múltiples asesinatos, conspiraciones para el asesinato, secuestro, torturas y desapariciones (Auto de fecha 03/NOV/98, Antecedente Décimo). La detención del Padre Woodward a bordo del "Esmeralda" fue informada por primera vez en septiembre de 1973 por el periódico "La Estrella" de Valparaíso, cuando toda la prensa y demás medios de comunicación, incluido "La Estrella", se encontraban bajo estricto control y censura militar.

Las investigaciones hechas por sus familiares y las cortes demuestran que: "tras pasar por el buque Lebuel padre Woodward fue llevado a La Esmeralda, en ese entonces comandada por el Capitán de Navío (r) Jorge Sabugo Silva. En el barco, fue golpeado incesantemente hasta reventar sus órganos. Cuando estaba moribundo a causa de las torturas, el médico a bordo llamó al capitán Carlos Fanta, entonces comandante del crucero Latorre y máxima autoridad naval de la zona, ya que el Almirante José Toribio Merino se encontraba en Santiago. Le dijo que 'había un cura que estaba muy mal, que tenía una hora de vida'. El Capitán Fanta envió a La Esmeralda a su médico, Doctor Kenneth Gleiser, actualmente contralmirante encargado de servicios sanitarios de la Armada. Según el libro Sangre sobre La Esmeralda, Gleiser revisó a Woodward a bordo de La Esmeralda, aunque otras versiones, incluyendo el Informe Rettig, afirman que fue bajado al molo de abrigo del puerto. Fue llevado al Hospital Naval, falleciendo en el trayecto. El 25 de septiembre, fue sepultado por la propia Armada en una fosa común del Cementerio de Playa Ancha. Tras su muerte, se le envió a la familia del sacerdote el certificado de defunción, donde se anotaba la causa de muerte como paro cardíaco. 'Con eso nos conformamos', recuerda Patricia Bennets, hermana del sacerdote. 'Pero en 1975, vimos un artículo en un periódico inglés que hablaba de un sacerdote británico muerto por torturas en Chile, y ahí nos enteramos de la tortura. Eso fue mucho más horroroso que la noticia de su muerte, porque en tres años, no habíamos tenido idea de cómo había muerto realmente'.

Ciertamente la "Esmeralda" no sólo es el barco de la muerte y la tortura según ha sido acreditado ampliamente, sino que también ha pasado a ser el símbolo de las acciones criminales más siniestras que se hayan implementado nunca en los países hermanos del cono sur latinoamericano. Digan lo que digan las cúpulas del contorsionismo político chileno, su visita anual a distintos puertos del mundo continuará siendo un baldón para Chile mientras los miembros de la Armada de Chile no superen su cobardía moral, reconozcan el uso criminal que se hizo del buque y pidan perdón por las víctimas martirizadas a bordo. 

 

Testimonio de Luis Vega  (MIS PRISIONES: Experiencia personal en La Esmeralda, Isla Dawson, Melinka, Ritoque, Tres Alamos y Policía Internaciona;  LA CAIDA DE ALLENDE: anatomia de un golpe de ESTADO, fue enviado por su hija Raquel).

......Las torturas de mis hijas y mías sólo sirven como testimonio, y están insertas en el sufrimiento de todo el pueblo de Chile. Empiezan para mí a las 20.20 horas del 11.9.73 cuando, los mismos comandantes con quienes había trabajado hasta la noche anterior, al mando de una fuerza armada de sesenta hombres, fueron a detenerme al edificio de la Caja de la Defensa Nacional, donde estaba mi domicilio. Todo fue simple. Allanaron mi casa y me llevaron detenido. Más tarde, la armada, para impedir mi expulsión del país, informaría que "metralleta en mano" resistí a "las fuerzas aprehensoras". Esa versión de los hechos fue comunicada a la embajada israelí que se preocupaba por averiguar mi paradero, y a todos aquellos que indagaban por mí.

En la camioneta estaba ya Leopoldo Zúljevic, funcionario aduanero de carrera jubilado como superintendente de aduana. Y la caravana fue a detener al diputado Sepúlveda y al regidor por Valparaíso, Maximiliano Marholz. En las calles desiertas sólo se escuchaban gritos y disparos de marineros y soldados. Era una ciudad en estado de guerra. Pero las armas, estaban sólo en manos del ejército de ocupación. Los "enemigos" estábamos inermes. La caravana llegó al molo de abrigo de Valparaíso, donde estaba atracada la "Dama Blanca" el buque-escuela "La Esmeralda", transformado ahora en prisión y cámara de torturas.

Había empezado para nosotros la Operación Vela, en cuyos marcos rodaríamos de prisión en prisión bajo el yugo de crueles torturadores.

Después de la absurda ceremonia, a la que antes me he referido, en que fuimos entregados como "prisioneros de guerra", se nos informó que el país estaba en "estado de guerra". El molo estaba cubierto por miles de hombres y mujeres arrodillados con los brazos en alto, o hacinados como maderos unos sobre otros, o de bruces en el suelo, manos en la nuca, también los había afirmado en las paredes con los pies separados y sostenidos en la punta de los dedos. Y todo esto entre luches y sombras, con la luz de gas de mercurio. Todo parecía fantasmal. Irreal.

Un tipo vestido de mezclilla, con zapatillas de básquetbol, alto, rubio, ojos azules, tipo ario, me cogió del brazo, me llevó hasta la borda y me dijo:"¿Te acordai de mí, huevón? Párate aquí y no mires a ninguna parte". Era imposible no ver el espectáculo dantesco que habia abajo en el Molo. De pronto recibo un atroz golpe de trompetilla en el cuello, y la culata del AK en los riñones. No pude reaccionar, ni hablar, ni moverme, ni respirar. Y el sujeto me miró a los ojos y repitió: "Huevón, ¿te acordai de mí ahora?". Y me acordé. Dos veces lo había procesado. Y la última a raíz de un allanamiento en la casa de seguridad de Patria y Libertad en calle Montealegre del Cerro Alegre, donde fue detenido junto a Luis Gubler, un contacto de A DOS con este grupo. El nazi del AK, y otros, a puntapiés y culatazos nos condujeron hasta el "Camarote de Señores Guardiamarinas". A un lado de la puerta, un letrero con humor negro decía: "Reservado exclusivamente para señores socios". Los "socios" éramos los "prisioneros de guerra". De un puntapié me arrojaron abajo. Y un individuo me colocó, al caer de bruces, un pie en los riñones y la trompetilla del AK en la nuca. Y otros me desnudaron a viva fuerza en medio de gritos y ruidos espantosos.

El espectáculo era infernal. Las ampolletas rojas. Los torturadores vestidos con trajes de entrenamiento y máscaras negras. Me amarraron las manos a la espalda y cada uno de los diez dedos. A golpes me condujeron a las duchas, a las cuales les habían sacado la parte de la salida del agua, y caía un chorro tremendo de agua de mar a presión. Parecía una cave existencialista. Me arrancaron a viva fuerza una cadena gruesa de oro que tenía en el cuello y llevaba soldada. Hasta hoy tengo las señales que me dejaron al arrancármela. El chorro de agua partía el cráneo, y el agua entraba por los ojos, nariz, boca y oídos. Y uno sentía que se ahogaba, que reventaba, que ensordecía. Nos sacaron y nos arrojaron de bruces al suelo donde procedieron a patearnos y golpearnos a los seis hombres y una dama que ahí estábamos. Toda esa noche permanecimos tirados en el suelo, golpeados y cada cinco minutos llevados al agua. Durante unas 72 horas estuvimos sin dormir, comiendo como perros, con las manos atadas y en escudillas que colocaban en el suelo. Nos torturaron ilimitadamente y nos hicieron absurdos cargos en general: que en nuestras casas había oro, dólares, drogas, alimentos, armas; que dirigíamos grupos guerrilleros, que éramos instructores que habíamos estudiado técnicas guerrilleras en el extranjero. Esa noche había solamente una mujer. La habían detenido por haber recogido un volante del suelo en una reunión de mujeres, en solidaridad con las esposas, madres e hijas de los marineros detenidos, que se había celebrado en la Asociación de Obreros Portuarios. Ella afirmaba no haber estado. Lloraba por su hijo y su marido; y nosotros, nada podíamos hacer por ella. El día 12 éramos ya 42 hombres y 72 mujeres, hacinados. Esa misma noche del 12 un oficial ordenó poner una lona que separara el recinto de hombres del de mujeres.

El trato dado a las compañeras era infamante. Les manoseaban los pechos, glúteos, muslos; las metían bajo el agua y gritaban histéricos: "Todas las huevonas alegan estar con la regla...". Durante diez días escuché las protestas valientes, los gritos desgarradores, y los lamentos de hombres y mujeres torturados. Vi la violencia y el odio desatados. Estaban convencidos que nosotros los íbamos a asesinar a ellos en un auto-golpe del gobierno. Vi a mujeres e hijas de amigos ser torturadas. Y durante días me reconfortó la presencia siempre serena, digna y femenina de Lucía Kirberg.

Traté de resistir todo. Sentía -al igual que todos los que ahí estábamos- que tenía una tremenda responsabilidad y que no podía ser débil. En parte sentía que era responsable por haber permitido esa locura colectiva de terror y sadismo; por haber sido tan discreto y no haber denunciado a los torturadores cuando me informaron. Me aterraba pensar que nuestras vidas estaban en manos de un loco sádico a quien llamamos el "pájaro torturador". Era un psicópata que se quedaba 48 horas continuas de guardia para torturarnos.

En la madrugada del 13 me llevaron vendado y desnudo al castillo de proa, a la cámara de oficiales. Me sacaron la venda y me prestaron una manta. Había nueve oficiales de los servicios combinados de inteligencia, más un sujeto bajo, cabezón, rubio, macizo y con unas manos descomunales. De sus preguntas deduje que él estaba a cargo de la policía política. El trato de estos oficiales, debo decirlo, fue absolutamente correcto y profesional. Tenían todo el material de mi oficina. Me pidieron aclaración sobre diligencias en los sumarios. No había problema. Se trataba de procesos contra nazis. El tipo rubio y bajo trató de sacarme información sobre el paradero del estudiante cubano que el 11.7.73 había desaparecido y el presidente me encargó ubicarlo. En el motel de Reñaca, donde vivía, sólo encontramos cartas personales y la pesquisa no dio resultado positivo alguno; así informé al presidente. El sujeto rubio también quería que declarara que estaba en el cerro Los Placeres con unos "sacerdotes guerrilleros". Después me leyó una larga nómina de personas, entre las cuales estaban mis hijos, pidiéndome que le diera sus paraderos. Me acusó de ser miembro de un comité regional secreto del partido Comunista. Todo eso era ajeno a los expedientes y copias de telex sobre los cuales me pedían información. De repente este sujeto dijo: "Éste los está engañando, no les dirá nada. Déjenmelo diez minutos y lo hago cantar". Estaba equivocado: lo que él quería saber yo no lo sabía; y lo que yo sabía, no me lo preguntó. Y se retiró de la sala.

A la salida, después de un largo rato, me volvieron a vendar y amarrar. Me pusieron contra una pared de acero, y un individuo me dijo: "Concha de tu madre, éstos son los últimos momentos de tu vida". Y después se alejó y gritó órdenes de fusilamiento. Cuando dijo "apunten", vi, en una pantalla en amarillo y negro, toda clase de imágenes de mi vida. Me vi niño, con mis padres. Me vi con mi mujer, con mis hijos; ellos niños, y yo joven; y otras escenas fugaces, sin pensamiento hablado. Sólo pensamientos e imágenes. Estos "simulacros de fusilamiento" eran un aporte de los brasileños a las técnicas de tortura.

A la noche siguiente, uno de los guardias me dijo: "Levántate que vamos donde los inspectores". Me pusieron los pantalones, me vendaron y ataron las manos. Y encima una toalla. Entré en una sala grande, porque anduve diez pasos. Una voz dijo a los guardias que se retiraran. Antes, el individuo que habló me desamarró y ordenó que me esposaran a un poste de acero; me ató los pies. Me dijo: "Sé que eres karateca, que fuiste milico y que eres jefe del GAP de la provincia. Vamos a ver en qué condiciones estás...". Y sin más me golpeó el estómago, me pateó los pies desnudos, los muslos, y me hizo "pinzas" en el vientre y antebrazos. No me quejé. Era el tipo rubio de civil de la noche anterior. Él debe haber recordado que yo miré sus manos. Le dije: "Una mano golpea igual que otra mano, y todas golpean igual". Y empezó el interrogatorio. El primer tema: debía informarle las relaciones comunistas y/o socialistas de varios almirantes y capitanes de navío que me nombró; y de oficiales de ejército y carabineros. En especial de los almirantes Daniel Arellano y Raúl Montero. Le expresé que todas las relaciones habían sido dentro de funciones profesionales, administrativas, y que jamás había existido ninguna clase de relación política con ninguno de ellos. Indignado porque no sabía un asunto relacionado con el almirante Arellano, me dijo: "Luchito, me estás mintiendo; te aplicaré corriente". ¿Cómo me aplicará corriente él sólo?. Lo hizo con un aparato muy primitivo que no sabía usar. Me rompió la boca por dentro, y me produjo dos tres descargas. De pronto me dijo:"Yo sospecho que tu eres un 'soplón' del Viejo. Para mí no hay otra explicación que estés aquí. Tu eras un regalón. Nada pudimos en contra tuya, el Viejo siempre te defendió, habló bien de ti. Y hacías lo que tú querías con él. Así es que tendrás cuidado en lo que informes, si es que sales de aquí". (Se refería al almirante Merino).

Al volver de esta sesión me golpearon, me metieron al chorro de agua. Estaba tratando de relajarme cuando llegó otro guardia: "Levántate que subimos donde el fiscal". (En Chile legalmente habían tres fiscales navales, uno en cada una de las tres zonas navales: Punta Arenas, Talcahuano y Valparaíso. El 11.9.73 se designaron quince fiscales más) Vuelta a vestirme, vendarme, ponerme una toalla y un saco encima de las vendas. Ya arriba me hicieron sentarme en una silla. Me amarraron los pies y me aplicaron "el teléfono" para que no conociera la voz del fiscal. Éste hizo que me colocaran un casco de seguridad en la cabeza, y me preguntó:"¿Sabe, colega, qué es esto? Es un casco como el que usaba el 'compañero' presidente, que no le sirvió de nada cuando nuestros soldados liberaron La Moneda". Después hizo que me colocaran una especie de chaleco burdo, de fuerte lona, y con grandes bolsillos. Me dijo: "¿Sabe lo que es esto?" Le respondí que no lo sabía. Replicó: "¿Cómo no va a conocerlo cuando Ud. ordenó confeccionar cincuenta que serían usados por los 'kamikazes' de su GAP que se mezclarían entre las tropas cuando se retiraran el 18 del elipse de Playa Ancha?". Le dije que nada de eso era verdad. "Es inútil que mienta; antes de morir su jefe Daniel Vergara en La Moneda, encontramos en su caja de fondo el Plan Zeta del gobierno, llamado Plan Djakarta para Valparaíso, y en él figura Ud. como el jefe a cargo de un GAP de 900 hombres que le entregaron los comunistas y socialistas. Ud. dispuso de 900 metralletas, parake y de 400 kilos de amón gelatina". Lo interrumpí diciéndole que jamás había oído hablar de un Plan Djakarta, excepto el de Indonesia, donde los militares masacraron a 300 mil comunistas. Debe haber hecho una señal, porque me dieron un golpe brutal en el casco hundiéndomelo hasta los ojos. Y me golpearon en la espalda, hombros, piernas y brazos. "Miente, el Plan Zeta estaba dirigido por el Ministerio del Interior, y el día de la parada militar, a través del país, los abogados del Ministerio en cada cabecera de provincia, haría asesinar a la oficialidad y a las tropas. Aquí, mientras Uds. le daban una recepción en el Salón Rojo del Palacio de la Intendencia al almirantazgo y a los altos oficiales de toda la guarnición. Ud. saldría afuera y desde la puerta dispararía y masacraría a los oficiales; en las calles, los 'kamikazes' con los chalecos que Ud. ordenó confeccionar, se mezclarían con las tropas, harían estallar la dinamita, y sus hombres los asesinarían con las metralletas". Le contesté que él no sabía lo que decía; me estaba dando una capacidad de fuego superior a la que tenía la armada y el ejército en la ciudad de Valparaíso. Conociéndome como me conocía, debía saber que de haber tenido yo esos hombres y armamentos, en ese momento no estaríamos ahí y el enfrentamiento habría sido diferente. Hizo que me golpearan nuevamente. Y agregó:"Firme esta declaración; los documentos de Daniel Vergara y el recibo por armas, municiones y dólares lo incriminan". Le respondí: "No firmaré nada, no existen tales recibos, ni Daniel Vergara me ha entregado metralletas ni dólares, ni he firmado recibo alguno. Y esto es una locura que en ningún tribunal se aceptaría como prueba". Hizo una seña. Me soltaron los pies amarrados, me quitaron el casco y el chaleco, y me golpearon salvajemente, tirándome amarrado al suelo, dándome de puntapiés. Ordenó que me llevaran "abajo". Me sacaron a rastras, y vuelta al "Camarote de los Señores Guardiamarinas", y a desnudarme, y a un largo rato bajo el agua fría y a presión. Al sacarme, ya sin vendas, un sargento me dijo:"Tú conoces el oficio. Párate en la espalda de tu amigo y ayúdalo". No entendía de qué hablaba. Miré al suelo, y ahí estaba desnudo y medio inconsciente, con la espalda sangrando y cubierto de gran cantidad de sal de mar que un esbirro aplastaba en su carne viva con la culata del automático, el ingeniero Walter Pinto, director de la ENAMI. Me obligaron a subirme a sus espaldas y, con los pies, aplastar la sal. Pinto me dijo en la Isla que entendía que había sido forzado, y que, por lo demás, mis pies le causaron menos dolor que el fusil. Pasaron largas horas de golpes y gritos. Y otra vez frente al fiscal. "¿Por qué no firma y se evita todo lo que le está sucediendo?". Le contesté: "Ya pasé la edad de la inocencia. Puede hacerme matar, pero no voy a firmar nada". Y entonces, cambió de táctica. me hizo una proposición que ya me habían hecho horas o días antes ahí mismo:"Por qué no colabora con nosotros? ¿Por qué no se une a la acción patriótica de las fuerzas armadas? Puede ser designado fiscal..." Me habían dicho que tendría un poder tan grande "como jamás te lo has soñado". Me negué; expresé que era abogado, hombre de principios, fiel a derecho y a la justicia, y que jamás podría mirar de frente ni a los míos ni a nadie si hacía algo así. Y que, por lo demás, el asunto no me interesaba, no era ese mi lugar ni mi destino. Después me habló de las actividades de otros abogados, hombres y mujeres de la UP. Expresé que nada sabía de ellos, y que debido al exceso de trabajo, extrañamente no habíamos alternado durante todo nuestro gobierno.

Debí ir y venir a diversos inspectores, por diversas y absurdas cosas. ¿Dónde vivía fulano? ¿Dónde estaba escondido Emilio Contardo? ¿Quién era Hernán Concha y por qué fue nombrado intendente? El 17 me llamó nuevamente el mismo fiscal. Me dijo: "Debe firmar, tengo copia de la declaración de Daniel Vergara, y de otros abogados del Ministerio a través del país, en las que confiesan que el Ministerio del Interior dirigía el Plan Zeta. Y Ud. organizó aquí todo el trabajo de seguridad y el GAP". Expresé que el trabajo de seguridad lo había organizado el almirante Merino (me refiero al del gobierno de la UP) con el jefe del A DOS y los únicos contactos que tuve con el llamado GAP fue como acompañante del almirante, que planificaba las medidas de seguridad. Me agregó: "No es así. Y tengo un testigo que fue su lugarteniente y Ud. lo contrató para seguridad". El testigo era un muchacho un tanto retardado mental que había sido recadero en la intendencia; yo le había conseguido trabajo como aprendiz en una fábrica de guantes "de seguridad industrial" de un amigo mío. El fiscal le preguntó al muchacho qué había de verdad en esto y éste contestó que todo era efectivo. El fiscal exclamó:"Con este huevón por testigo no llegaré a ninguna parte..." Y lo hizo salir. "Tenemos los documentos de Daniel Vergara y ellos prueban que Uds. organizaron desde el Ministerio del Interior un ejército paralelo, que daría muerte a los altos mandos y a los mandos medios de las fuerzas armadas, y que lograron infiltrar a muchos oficiales". Lo curioso es que nadie me hablaba de los informes que yo le había enviado a Daniel Vergara, y que estaban en su caja de fondos, y que comprobaban que eran los mandos altos y medios los que complotaban en contra del gobierno. ¿Había descoordinación entre la armada y el ejército? De todas maneras, desde el momento en que el nazi me golpeó decidí no declarar nada, no saber nada, no recordar nada. Bloquearme por completo. Y de ahí nadie me sacaría. No puedo aceptar la tortura. No puede haber diálogo ni entendimiento alguno con esos sub-hombres. Nadie puede destruirle a un hombre decidido su auto-respeto. Y yo los despreciaba a ellos. Y los desprecio. Sentía rabia, odio, y estos sentimientos primaban por sobre el temor o el dolor. Insistí en que nada firmaría. Y me devolvieron al camarote.

El día 14.9.73, al finalizar la tarde, los torturadores enmascarados del camarote, me dijeron: "Vamos a ser buenos. Sabemos que no pueden andar porque están acalambrados". Ordenaron que Sergio Vuskovic y yo nos levantáramos. Nos ayudaron, como cuando íbamos a torturas. Nos afirmaron a unos barrotes y empezamos a hacer lentamente flexiones. En ese momento empezó en algunos lugares de la ciudad un intenso tiroteo. Uno de los torturadores salió a averiguar. A los pocos minutos regresó gritando:"Los comunistas están asaltando el Molo para rescatar a estos huevones". Otro nos dijo a Sergio y a mí: "Si los comunistas llegan a la puerta verde (la primera entrada), a Uds. dos los fusilamos al momento, primero que nada". Lo extraño está en que el tiroteo era en toda la ciudad. Al día siguiente aparecieron 256 cadáveres de obreros en el camino a Santiago "llevados por los comunistas".

El sábado 15.9.73, después del mediodía, nos llevaron al Barco mercante Lebu. Estaba lleno de detenidos; alcancé a ver al senador demócrata cristiano Benjamín Prado en cubierta, con unos oficiales; les indicaba quiénes eran de su partido y habían sido detenidos erróneamente. Era el comienzo del Golpe. Y la DC lo apoyaba decididamente. Nos llevaron a una bodega con orines y excrementos; a la hora, llegó una nueva orden cancelando la anterior. Se trataba de "un error" y nos volvieron a La Esmeralda. Nuevamente el nazi rubio me vio, me golpeó y me hizo poner junto a mis compañeros de infortunio, en las piras humanas, colocando otros prisioneros encima nuestro. Una dolorosa experiencia. No hay nada más doloroso, asfixiante, desesperante que esta tortura. Un oficial nos buscó e increpó al nazi: "No es éste el destino de ellos. ¿Quieres que se fuguen o que los vean?". Regresamos al camarote; el Pájaro Torturador nos dijo: "Mal agradecidos, ingratos, después de tantos cuidados se fueron sin decirme adiós". En la noche, un encapuchado me sacó. Me llevó al baño y me dijo: "Un abogado habló, lloró pidió colaborar. Me besó los pies. Y lo llevaron arriba. Dijo que el hombre de confianza de Allende era Ud., y que los intendentes eran solamente decorativos, que nada sabían ni ninguna influencia tenían en el asunto de seguridad. No estoy de acuerdo con Uds., pero Ud. ha estado bien, y, yo no acepto mariconadas". Para romper el equilibrio, me dio dos bofetadas, y me dijo: "Sé que no contará esto, pero le haré una paleteada". Al día siguiente me obligó a golpear al secretario-abogado. El día 16 me llevaron delante de otro fiscal. Y ahí me di cuenta de que la información era cierta: el otro abogado había hablado. Me imputó el aparato de seguridad para la visita de Fidel Castro, el operativo de seguridad del 21.5.72. Me preguntó algunos nombres de socialistas y comunistas de un supuesto "aparato de seguridad" y de reuniones que yo habría tenido con ellos. Me mantuve en que nada sabía y que todo el aparato de seguridad era de carabineros y la armada. Que jamás había oído nombrar a esas personas. Me agregó que yo tenía contactos con gente de la armada. Le dije que sí, y cuando iba a dar el nombre de la persona del A DOS, una voz, perentoriamente me ordenó: "Sr. Vega, no lo nombre, nosotros conocemos ese asunto". Al salir me arrojaron al suelo a puntapiés, y nuevamente me hicieron el simulacro de fusilamiento. No me causó ninguna impresión. No es heroicidad. Es algo extraño; he conversado con psiquiatras interesados en esta extraña experiencia.

El día 18 nos permitieron hacer unas flexiones y pretendieron que contara chistes o cantara. Les expresé que yo estaba en calidad de "prisionero de guerra" y no de bufón o cantor. Y no canté. Después hubo una situación jocosa. El 15, después que me permitieran, o me ordenaran golpearlo, dejaron libre al secretario-abogado. No lo juzgo; había sido más de 22 años funcionario de la armada. Había sido operado de la vesícula; todas las noches a las 20 horas llegaba un paramédico de delantal blanco y un gran vaso de agua. Cumplía la orden: "20 horas, Camarote de Guardiamarinas. Purgante abogado". Ese día, a las 20 horas, llegó preguntando por el abogado; y los guardias me señalaron. El tipo me encajó todos los brebajes. Pensé que era un "tratamiento psicológico" a base de drogas para hacerme hablar. Me dije que con ninguna droga hablaría porque no me preguntan lo que sé. Y no puedo confesar mentiras o lo que no he hecho. No corría ningún riesgo. El tipo me dio tres cucharadas. A la medianoche me di cuenta de que no era la "droga de la verdad", sino un poderoso purgante. Pedí permiso para "subir al jardín para la mayor", como se dice en la jerga marinera. Esto se repitió. El 18, el sargento Pájaro Torturador me dijo: "Luchito, tú no eres cobarde, pero ¿por qué cagai tanto?". Le respondí, "muy sencillo, seguiré así mientras me sigan encajando todas las tardes tres cucharadas de purgante". Hechas las averiguaciones se constató el error y me suspendieron las dosis del brebaje. Pero "las subidas al jardín" me habían servido. Iba con un guardia que apuntaba, pero era tan estrecho, que no podía él entrar al servicio mismo, y en el suelo había diarios del día, con noticias en contra nuestra, del gobierno y de la UP.

El 19 por la noche me llevaron al fiscal que me imputaba los hechos relacionados con la visita de Fidel Castro y los del 21.5.72. No lograron progresar y me devolvieron al camarote. Solamente me metieron bajo el chorro. Más tarde me llevaron nuevamente ante el inspector de las "manos grandes". Me amarró, me golpeó contra el poste de acero, e hizo que otros me pisaran los pies con sus botas. Y empezó a pedirme datos sobre el almirante Merino. Si era verdad que Merino deseó ser intendente, cómo se portaba en las reuniones del comité político de la UP, y respecto a los almirantes Montero, Arellano, Poblete y otros, como un coronel y algunos mayores de carabineros y el ejército. E insistió en vincular al almirante Montero con el partido comunista. De pronto me dijo: "¿Quién es Hernán Concha?, sabemos que fue auditor general del ejército y que es apolítico. ¿Por qué lo nombró Allende? Sabemos que trabajaba en el Ministerio de Defensa con la comandancia en jefe y que de ahí salió la recomendación. Pero no sabemos quién se lo recomendó a Allende". Le respondí que las mismas preguntas ya se me habían hecho. Y que, por lo demás, había sido un intendente parecido al abogado Carlos Soya; serio, responsable y respetuoso de la ley. No sé si estaba cansado, pero ordenó que me volvieran al camarote. Y vuelta a las acusaciones colectivas, cama por cama. Una serie de preguntas absurdas en ese mundo extraño y alucinante del Camarote de Señores Guardiamarinas. Vi torturar en público a Bartolo Vaccareza, dueño de un edificio en que funcionaba el periódico "El Popular", donde sostenían que habría funcionado una escuela de guerrillas comunistas. Vi quejarse al Dr. Gilberto Zamorano, a quien habían sacado de su cama del hospital. Vi vejar al neurocirujano Dr. Mario Contreras, presidente de la Asociación Internacional de Neurocirugía. Y entre las cosas absurdas de estos alienados, vi su enfermo orgullo nacionalista. Habían detenido a jóvenes peruanos, bolivianos, brasileños, argentinos, franceses, norteamericanos; a todos ellos, con sus propios cuchillos de comandos les cortaban espantosamente el pelo. Y los torturaban. Todos eran muchachos jóvenes, y en las torturas gritaban. Y se les despertó el patriotismo: "El chileno resiste más la tortura que el extranjero". Después de torturarlos a ellos, nos torturaban a nosotros. Los golpes eran iguales, pero nosotros éramos hombres ya mayores y no nos quejábamos tanto. Soportábamos más. Y oficiales y marineros decían: "¿Ven? Hasta estas mierdas traidoras de la Unidad Popular son más valientes que Uds.". El 18, el Pájaro Torturador se puso un guante de béisbol. Dijo:"Les voy a pegar igual, pero con este guante no les dolerá tanto y habrá más ruido. Estamos en Fiestas Patrias...".

El 20 de septiembre, como a las 0.30 horas me llevaron al castillo de proa. El inspector de las "manos grandes" me dijo: "Acabo de hacer cagar de dolor a un amigo tuyo... Ahora te toca a ti". Y agregó:"No sentís el olor a mierda que hay aquí?" Le dije que con los trapos que tenía en la cabeza, la falta de sueño y el nerviosismo no sentía nada. "Putas que tenís suerte, huevón -me dijo- yo ya vomito". Y siguió diciéndome: "Me has mentido todo el tiempo, has negado saber lo que te preguntan, y te has pasado por el forro de las huevas a todos. Pero ahora hablarás. Voy a empezar con mi golpe de 'martillo' en tus hombros. Y me los golpeó con la mano empuñada desde arriba hacia abajo; creí que me habían sacado los brazos. Y me dijo, "aquí está tu declaración como jefe del GAP. O la firmas o aquí te quedai". Le dije que me permitiera una pregunta. "Aquí estás para contestar, no para preguntar. Pero pregúntame". Y le dije: "¿Cree Ud. que si yo hubiera tenido 900 hombres armados estaría aquí desnudo y amarrado?". Me dijo: "Buena pregunta". Y agregó:"A lo mejor te habrías arrancado por tu cuenta...". Me dijo que sabía que habían armas. Le expresé que no, que ellos habían allanado y nada habían encontrado. Y que no detenían a los señores que tenían fusiles con miras telescópicas alegando que eran "cazadores", "sportman". Me dijo: "Firma que eras jefe del GAP. Lo eras ¿para qué te creas problemas? Veremos si ahora con la corriente bien aplicada sigues tan gallo". Hizo que me dieran un golpe de corriente en el pecho. Me doblé en el poste de acero y me azoté la cabeza.

En ese momento entró un oficial y dijo: "Alto, no me toques a Luchito, él tiene otro destino". Responderá, pero no aquí. Me lo llevo". El inspector le dijo que yo tenía que terminar un asunto con él. La respuesta fue: "Si va a hablar, que lo haga voluntariamente. Que me diga por qué los milicos pusieron a Hernán Concha para crearnos problemas, dónde está Guastavino, dónde está Emilio Contardo, que estuvo con él hasta el 10 a las 18 horas; quiénes son los otros dirigentes secretos del PC aquí, y dónde está la lista de los del GAP, y dónde está escondido el cubano". Le dije que yo estaba fuera del PC muchos años, que era secretario general del Instituto Chileno-Chino. Me interrumpió: "Ese instituto tuyo era del PC. El de los chinos está en calle Pedro Montt, en los altos del teatro Imperio. Y tú fuiste a China como espía soviético. Bien, habla". A los 10 minutos me dijo: "¿Sabís que más, Luchito? Me tenís más enredado que un plato de tallarines. Lárgate". Me llevaron al camarote. A los 10 minutos, a siete de nosotros, en silencio, nos hicieron afeitarnos, lavarnos, vestirnos correctamente. Y de "La Esmeralda" nos pasaron a un bus lleno de infantes de marina armados. Nos hicieron sentarnos separados, y fuimos advertidos que, a la primera palabra, gesto o movimiento, nos dispararían. Fuimos hacia el centro de la ciudad. Pasé cerca de mi casa, a la cual ya nunca volvería. Atravesamos una ciudad en guerra, nos dirigimos por Avenida España a Viña del Mar. Al llegar al final de la Avenida Libertad pensé que íbamos a la Escuela de Telecomunicaciones, y pensé que allí sería reconocido; y todo terminaría para mí. No, seguimos hacia Quintero. Y en una playa fuimos alumbrados con focos de camiones militares. Pensé que seríamos asesinados allí y arrojados al mar nuestros cadáveres. Y también me equivoqué. En la Base Aérea de Quintero nos entregaron a un comandante que nos dio su nombre y grado, y nos presentamos. Nos dijo que tenía órdenes selladas de enviarnos en avión a un lugar determinado. Si nosotros le dábamos nuestra palabra de no hacer nada en contra del avión, nos daría facilidades. Lo hicimos, como era lógico, y tuvimos un viaje sin tensiones; aún cuando no sabíamos adónde íbamos. Suponíamos que éramos relegado a la ciudad de Punta Arenas. Pese a todo, aún éramos muy ingenuos.

 

Criminales y Cómplices:

Comandante Jorge Sabugo Silva, Oficial Jaime Román Figueroa (a cargo del Buque); capitán Carlos Fanta; Teniente Rodríguez (Infantería de Marina); Teniente Luna (Infantería de Marina); teniente primero Ricardo Monje Sergio Arce (abogado), Kenneth Gleiser (Medico)

 

Fuentes de Información: Informe Rettig; Libro: “Sangre sobre la Esmeralda”;  "Testimonios de Tortura en Chile";  “Mis Prisiones”; “La Caída de Allende”; PunroFinal; La Nación; Piensachile.cl; PrimeraLinea.cl; zonaimapacto.cl; El Ciudadano; Cambio21; Archivo Memoriaviva


PuntoFinal

29 de octubre de 1999

Las Cuentas de la Armada

El almirante sigue mintiendo. Sus palabras se pierden entre los cerros y el viento de Valparaíso. Pero la memoria de los porteños víctimas de la represión de la Armada es obstinada y certera. Nadie ni nada podrán borrar jamás el horror entronizado a las orillas del Pacífico, entre la garúa nocturna, los arreboles del atardecer y los sempiternos pelícanos de la bahía. Es que el 11 de septiembre de 1973, junto a los barcos de guerra estadounidenses participantes en los denominados ejercicios UNITAS, la escuadra retornó a puerto a fin de vincularse a las unidades en tierra para dar comienzo al golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende. El temprano copamiento de la ciudad transformó a ésta en un gigantesco campo de concentración donde se enseñorearon el miedo, la tortura y la crueldad. La Armada, con inusitada ira y profundo desprecio clasista, reprimió a los porteños y, para tal efecto, desplegó todos sus efectivos, incluidos cadetes de la Escuela Naval. Habilitó, también, varios lugares de reclusión como la Academia de Guerra Naval, el cuartel Silva Palma, y los buques Maipo, Lebu y Esmeralda donde se torturó a miles de aterrorizados habitantes de Valparaíso.

Sin embargo, el almirante Jorge Arancibia, jefe de la Armada, continúa sosteniendo que en aquellos lugares de detención "jamás se torturó a nadie", que tan sólo constituyeron instancias de tránsito para albergar a prisioneros producto de las circunstancias extraordinarias que se vivían. Pero, miente el almirante y miente conscientemente, pues es imposible que no haya estado en conocimiento de lo sucedido en los recintos de la Armada. Son millares los testimonios de víctimas que experimentaron en carne viva la violencia y el odio de oficiales y clases de la aparentemente flemática marina chilena. Tal es el caso de María Eliana Comené, estudiante de castellano de la hacia adentro. Ellos estaban pegados en todas las paredes, yo conté ocho infantes de marina, algunos encapuchados y otros con las caras pintadas de negro. Me dicen que me desnude. Yo empecé a desnudarme y me dejé puesta mi parte de abajo, porque tenía puesto el apósito de la menstruación. Entonces, cuando me obligaron incluso a sacarme el calzón yo dije que no podía, porque estaba indispuesta. Me obligaron a hacerlo y ahí ya viene toda la rebeldía femenina, la rebeldía del luchador, por mucho que nos quisieran hacer sentir como animales llegaba el momento en que la dignidad del ser humano se rebelaba contra todo eso. Y fue tal mi ira, la indignación, que me saqué los calzones, tomé el apósito con sangre y se lo puse en el rostro al teniente que estaba dirigiendo el grupo. Luego de eso, todavía desnuda, por orden del teniente, dos infantes de marina por detrás, me tomaron los glúteos y se agacharon para mirar por el ano". Tal era la calidad moral de los marinos del almirante, los mismos que no trepidaron en violar mujeres para demostrar su poder y su lastimosa hombría, cubriendo sus rostros con pasamontañas y ocultando sus grados. En la Esmeralda, recuerda María Eliana, "había violencia las 24 horas del día, sacaban a los compañeros, los golpeaban, los torturaban, volvían morados y vomitando sangre. Cuando me trasladaron al Lebu estábamos separados de los compañeros quienes se encontraban en las bodegas. Nosotras estábamos en los camarotes y éramos tantas que no podíamos respirar, teníamos que dormir sentadas en el suelo. Nos daban de comer una sola vez al día, a las 9 de la mañana. Eran unos porotos que hasta gusanos tenían, una vez que reclamamos nos dijeron burlándose que para qué nos quejábamos si nos daban 'carne'". Pero la alimentación no era lo que más preocupaba a las prisioneras políticas, sino que el trato inhumano y cruel por parte de sus aprehensores, la mayoría jóvenes marinos. Aunque también las torturaban civiles y, como en el caso de María Eliana, carabineros. Ella había tenido el infortunio de haber sido detenida con ocasión de la retoma de la Universidad Católica en el puerto en los meses previos al golpe. Fue agredida por carabineros al mando de un teniente de apellido Pérez, sin embargo, logró defenderse y golpear a sus agresores.

Obviamente jamás pensó que el devenir político le enfrentaría una vez más al sádico teniente, esta vez a bordo de la motonave Lebu. Pero así fue, en una oportunidad -relata María Eliana- "me llevaron a un camarote que había sido habilitado como sala de interrogatorios y allí estaba este teniente que me comienza a manosear y a gritar diciendo: ¡defiéndete ahora, pos, huevona! Me corrió mano de una manera espantosa, fue más de una hora de sólo eso. Estaba vendada y humillada por lo que estaban haciendo, impotente ante lo que estaba pasando, ante los gritos espantosos que se escuchaban". Pero no era sólo en el barco que se torturaba y degradaba a centenares de porteños. También sucedía en otros centros de tortura de la Armada. Por la Academia de Guerra Naval, en el cerro Playa Ancha, pasó también María Eliana. "Allí estuve como cuatro semanas, me sacaban todas las noches para interrogarme, me golpeaban los oídos con las manos, me ponían corriente en la lengua, en la vagina. Nos sacaban para divertirse con nosotros, para abusar sexualmente. Fueron violaciones masivas. Al final una se desconecta, trata de subliminar lo que está pasando, pero es imposible de olvidar, de hecho, cuando ya me encontraba en la cárcel, hice una seria infección, con vómitos y fiebre. Me enviaron al Hospital Naval y ahí dijeron que era sólo un ataque de vesícula y me enviaron de vuelta a la cárcel. No obstante, era algo mucho más serio. Era gonorrea, y era imposible saber cómo y dónde la había contraído, ¿en la Esmeralda, en el Lebu, en la Academia? Lo único claro es que quedé con el endometrio total y absolutamente destruido".

ACADEMIA DE GUERRA NAVAL: CASA DEL HORROR

Y fueron millares las vidas destruidas física y sicológicamente en las casas del horror de la Armada en Valparaíso, El Belloto, Colliguay, Puchuncaví y Talcahuano. Por tales centros de detención y tortura pasó Humberto Arancibia, presidente del sindicato de trabajadores de Enadi, ex Compañía de Gas de Valparaíso. Fue detenido en Villa Alemana el 3 de octubre de 1973 en la noche. Fue trasladado por los infantes de marina que le detuvieron al cuartel Silva Palma en el puerto. Llegamos, recuerda Humberto, " a una sala grande repleta de gente, hombres y mujeres tirados en el suelo, muchos con el pelo cortado a bayonetazos. Un infante me preguntó por qué me encontraba ahí. Le respondí que no sabía, que simplemente era dirigente sindical. Exactamente, me dijo para preguntarme por otros dirigentes, para ver si habían robado o no". Los marinos, los militares, sabían perfectamente bien que nadie había robado nada, del mismo modo que sabían que nadie iba a atentar contra la integridad física de los miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias como pretendieron hacer creer a través de la difusión de un absurdo Plan Zeta. Simplemente intentaban justificar lo injustificable: la represión, las masacres, la tortura, las violaciones.

Por ello, "alrededor de una hora después de haber llegado, continúa Humberto, me vendan, me ponen sobre la cabeza una capucha negra, me amarran las manos a la espalda y me sacan de la pieza. ¡Así que tú eres Carlos Nicolás! (administrador de la Compañía de Gas), me dicen mientras me dan un golpe en la boca del estómago. Perdí la respiración, me dan palos en la espalda, en las costillas, todo esto camino al interrogatorio. Siento que llegamos a una pieza, tomo aire: no, yo me llamo Humberto Arancibia alcanzo a decir. ¡Por qué no dijiste eso antes conche tu madre! Me gritan. Ahí me di cuenta lo que me esperaba, como iba a ser el tratamiento. En la sala de torturas me pegan con las manos abiertas en los oídos (teléfono), combos en el estómago, palos en las costillas. Todo el tiempo tenía las manos y los pies amarrados con alambre. En un momento pensé que me iban a colgar, pero en realidad lo que hicieron fue ponerme corriente. Esto se repitió muchas veces en medio de todo tipo de insultos".

Luego de una interminable noche de tormentos Arancibia fue trasladado al buque Lebu. "Parecía un barco pirata -señala Humberto- con hombres hacinados en las bodegas del barco. Estaban barbones, algunos con el pelo cortado a cuchillo, con abrigos, frazadas, sucios y hambrientos. A veces nos tiraban pedazos de pan y lo compartíamos entre todos. Lo mismo hacíamos cuando, por milagro, aparecía una naranja. La comíamos entre seis, hasta la cáscara nos comíamos. Más adelante nos daban fideos, masas de fideos más bien. También porotos llenos de gorgojos. Cada comida era vigilada por marinos armados. No todos comían sí, había un compañero de apellido Villarroel a quien mantenían en una jaula desnudo y nunca le daban de comer.

Los marinos nos obligaban a levantarnos a las seis o siete de la mañana. Subíamos a la plataforma del buque y nos manguereaban desnudos en el frío de la mañana. Está claro que no teníamos dónde hacer nuestras necesidades y, en algún momento, pusieron mitades de tambores de aceite -que llamaban 'chutes'- donde comenzamos a orinar y defecar".

En el Lebu se denigraba a la gente, se intentaba deshumanizar al supuesto enemigo, hombres y mujeres, sin importar la edad. También se interrogaba y torturaba. Los interrogatorios selectivos y más brutales se llevaban a efecto en la Academia de Guerra Naval. Allí fue llevado nuevamente Humberto. "Me dijeron que me había reído de ellos la primera vez, me pusieron un paño en la boca y me tiraron contra la muralla y comenzaron a golpearme. Perdí la noción del tiempo, del espacio, pensé que me iban a matar. El estar ahí, aunque no te torturan era igual, porque se sentían gritos, golpes, lamentos desgarradores de gente que se moría. Siempre se estaba en un estado emocional tenso, sabías que después te iba a tocar a ti, ibas a pasar por el mismo proceso. No se tenía ninguna esperanza, no sabías si ibas a salir vivo. Eran varios los que se habían intentado suicidar lanzándose por alguna de las ventanas del cuarto piso de la Academia o golpeándose contra unos pilares que había en la sala grande".

Llegaba a tal punto el pánico, la desesperación, la violencia contra gente indefensa, que no fueron pocos los que prefirieron morir a continuar soportando el horror de la tortura. Sin embargo, el almirante Arancibia insiste en que en los recintos navales jamás se torturó. Incluso en aquellos lugares donde no se interrogaba, imperaba un régimen de represión permanente y de castigos humillantes para los presos políticos. Tal es el caso del campo de concentración de Isla Riesco o Melinka, ubicado en Colligüay al interior de Valparaíso. Allí, cada vez que llegaba un nuevo grupo, se organizaba en la noche, cuando los prisioneros se encontraban encerrados en sus cabañas, un montaje de amedrentamiento. Se oían ráfagas de ametralladoras y fusiles automáticos, se explotaban minas del sector que rodeaba el campo, amén de gritos y carreras. Al día siguiente se informaba a los prisioneros que un grupo de "extremistas" había intentado rescatarlos durante la noche y que habían sido eliminados por la guardia del campo. Si sucedía nuevamente -advertían- lo primero a eliminar era el peligro interno, es decir, los presos.

TORTURAS A MARINOS DEMOCRÁTICOS

Además, se castigaba a muchos sumergiéndolos en pozos de excrementos y orina, a culatazos, hundiéndoseles en la basura u obligándoles a correr a latigazos. Eran los infantes de marina los que torturaban de esta manera. Y tenían experiencia, pues fueron los que iniciaron la práctica masiva y sistemática de la tortura en agosto de 1973 al detener y flagelar a un grupo de marinos constitucionalistas que denunciaron los intentos golpistas de la Armada. Antonio Ruiz, cabo segundo, mecánico electrónico con mención en control de fuego, fue uno de ellos. Antonio Ruiz recuerda vívidamente el día en que fue detenido, "fue el 7 de agosto de 1973 en Talcahuano. Oficiales de inteligencia me sacaron de la unidad para trasladarme al Fuerte Borgoño. Allí había un escuadrón de al menos doce cosacos esperándonos. Me obligaron a sacarme la ropa y comenzaron los golpes, comenzó el tratamiento de guerra. Pasamos a ser el enemigo. Para los infantes de marina era una práctica en vivo, fuimos sus conejillos de indias. El oficial que nos interrogaba, para que no se notaran los golpes, usaba guantes mojados. Nos metían en tambores de excrementos y orina; dos cosacos nos sujetaban de las piernas y nos hundían en los tambores hasta que no podíamos respirar. Era tal la desesperación ante la tortura y las amenazas que al final uno se rebelaba y encaraba al oficial gritándole: ¡mátame conche tu madre! A ellos no les importaba lo que uno decía o sentía; al contrario, perfeccionaban las técnicas de tortura día a día. Al poco tiempo ya no te sujetaban por las piernas, sino que habían instalado una roldana desde donde te lanzaban al tambor con excrementos. Nos tenían amarrados de pies y manos, nos amenazaban de muerte y hubo muchos simulacros de fusilamiento. Eramos como 50 los detenidos, pero finalmente quedamos menos de la mitad. Había gente de filiación azul (Asmar) y de filiación blanca, tanto de la dotación Escuela como de la Escuadra. Posteriormente fuimos derivados a la cárcel de Talcahuano en tránsito y, finalmente, a la cárcel de Concepción. Allí nos pilló el golpe, nos despertamos con los disparos, presentimos la muerte, Carabineros se hizo cargo del presidio y nos amenazó con que tendríamos que pagar. Se hizo un simulacro de fusilamiento y toda mi vida pasó delante de mí, muy rápido. Esperaba con los ojos cerrados la muerte. Afortunadamente no sucedió nada y, eventualmente, fuimos traslados a Valparaíso, pasando por el campo de concentración de Isla Riesco o Melinka, cuartel Silva Palma y la cárcel pública del puerto. Otros marinos democráticos fueron detenidos y torturados en el Fuerte Miller de la Infantería de Marina en Las Salinas, y en la Escuela de Ingeniería de Viña del Mar.

A 26 años del golpe de Estado iniciado en Valparaíso, el almirante Jorge Arancibia sigue negando que la Armada violó masivamente los derechos humanos. Entonces ¿por qué habría que creer en sus supuestas buenas intenciones al impulsar junto al gobierno una "mesa de diálogo" destinada -también supuestamente- a poner término al problema de los derechos humanos?

Ningún aparente gesto conciliatorio puede ocultar el hecho irrefutable de que el sacerdote obrero Michael Woodward fue asesinado en la Esmeralda, su Esmeralda, señor almirante

RESPONSABLES DE TORTURAS DE LA ARMADA

Vicealmirante. Adolfo Walbaum Wieber, Cdte. I Zona Naval

Vicealmirante. Pablo Weber Munnich, Cdte. en Jefe de la Escuadra

Contraalmirante Hugo Cabezas Videla, Jefe E.M. de la Armada

Capitán de Navío (CN) Sergio Huidobro Justiniano,

Cdte. Cuerpo Infantería de Marina (IM) C.N.

Guillermo Aldoney Hansen, Jefe EM. I Zona Naval

C.N. Marcos Ortiz Guttmann, subjefe EM.Armada

C.N. Carlos Borrowman Sanhueza, director Escuela Naval Arturo Prat

C.N. Raúl López Silva, director Academia de Guerra Naval

C.N. Homero Salinas Núñez, director Escuela de Ingeniería Naval

C.N. Arnt Arentsen Pettersen director Escuela del Cuerpo de IM

C.N. Jorge Sabugo Silva, Cdte. Buque Escuela Esmeralda

C.N. Hernán Sepúlveda Gore, Cdte. Destacamento IM "Miller" de Viña del Mar

C.N. Cristián Sloraker Pozo, Jefe EM de la Escuadra

C.N. Oscar Horlscher, Director Hospital Naval Almirante Nef

Capitán de Fragata (CF) Jorge Davanzo Cintolesi, Director Escuela de Armamentos

CF.Víctor Valverde Steinlen, director Escuela de Operaciones Navales

CF. Hernán Soto-Aguilar Cornejo, subdirector Escuela Cuerpo IM

CF. Jorge Valdés Romo, subdirector Escuela Naval Arturo Prat

CF. Patricio Villalobos, Cdte. Base Aeronaval de El Belloto

CF. Ernesto Huber Von Appen, Cdte.Aviación Naval

CF. Julio Vergara, Jefe Servicio de Inteligencia Naval, I Zona Naval

Cte. Santa Cruz IM, Cuartel Silva Palma, Valparaíso

Cap. Bunster, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Jaeger, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Koeller, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Acuña IM, Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Federico Stigman Servicio Inteligencia Naval

Tte. Luna, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Tapia, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Maldonado, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Alarcón, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Letelier, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Boetsch, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Schuster, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Luis Rebolledo IM, Motonave Lebu

Tte. Guillermo Morera IM (r) Motonave Lebu

Tte. Rafael Yussef ( r) Motonave Lebu

Tte. Rodriguez IM, Buque Escuela Esmeralda

Tte. Juan Gonzalez IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Suboficial Aguayo IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Cabo Soto IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Cabo Bustos IM, Campo de Concentración de Isla Riesco


PuntoFinal.cl

Nº 581

26 de noviembre, 2004

TORTURADA en la “Esmeralda”

La furia la estremece y desgarra, cada vez que María Eliana rememora el dolor y la humillación de la tortura, aquí, en el Valparaíso de los vientos, en el hermoso caos del puerto de todos, a pasos de la bahía donde, hace treinta años, estuvo anclado un velero que le cambió la vida para siempre. La furia estremece los sentidos y desgarra la piel, porque la Armada continúa negando lo evidente: que detuvieron y torturaron a millares de chilenos y chilenas. Y está claramente establecido que el buque escuela Esmeralda fue utilizado como centro de detención, tortura y asesinato, tal como sucedió con otras dependencias de la Armada, el buque Lebu, la Academia de Guerra Naval, el cuartel Silva Palma, entre otros. En todos ellos estuvo María Eliana Comené. Hoy, tres décadas después, la joven estudiante universitaria de esa época, recuerda el doloroso periplo que compartió con miles de víctimas de la represión militar que, en el puerto, vistió por sobre todo uniforme de marino.

En la “Esmeralda” fue asesinado el sacerdote Miguel Woodward y, además, se torturó a mucha gente. Usted estuvo también ahí...
“Sí, a mí me detuvo Carabineros el 13 de septiembre, al mediodía, en mi casa. En un bus me llevaron a la 4º Comisaría en Viña. Luego me trajeron a la intendencia de esa época, hoy Primera Zona Naval. En la noche, alrededor de las once, los marinos nos llevaron a la Esmeralda. Al llegar al barco nos bajaron a empujones por las escaleras. Estaba a oscuras, pero no iba vendada y por eso me di cuenta que era la Esmeralda. Nos tiraron hacia donde estaban los camarotes de los oficiales, no eran de los marinos, porque eran salas grandes con tres camarotes en fila. Me pasaron inmediatamente al baño, un baño enorme donde me hicieron desvestirme y dejar la ropa en una banca de madera. Y me empezaron a revisar, a ver si tenía alguna cosa escondida en el cuerpo, por lo tanto a meterme los dedos en la vagina, en el ano, mirarme los oídos, la nariz. Era un grupo de muchachos, todos con caras pintadas de negro, no sé si eran oficiales, porque todos vestían iguales”.

El tratamiento violento y humillante fue desde un comienzo, entonces...
“Sí, claro. Luego me pasaron a la ducha, y ese fue quizás para mí el momento más difícil, aunque después lo pasé peor. Ahí me sentí tremendamente vejada, humillada por ser obligada a estar desnuda, por las tocaciones sexuales, los comentarios que hacían, las burlas de todos los marinos. Hasta ahora tengo una pesadilla: estoy en un baño y en el baño pasa mucha gente y no puedo estar tranquila. Entonces, me despierto llorando.
Después los marinos me tiraron a la última litera en un camarote. Me tocó la tercera litera de arriba. Me di cuenta que estábamos separados: los hombres estaban tras una cortina hecha con frazadas. Los hombres estaban muy mal, a ellos los torturaban de manera brutal. Yo los veía cuando llegaban, por ejemplo Sergio Vuscovic, alcalde de Valparaíso durante la Unidad Popular, tuvo un ataque de vómito, de sangre. Los compañeros, muchos de ellos ex autoridades y dirigentes de la zona, llegaban arrastrándose, pero no se quejaban.
Me hicieron dos interrogatorios en la Esmeralda, todos violentos, humillantes, con golpes y abusos sexuales. Les causaba placer torturarnos, disfrutaban tocando para saber tu reacción, esperaban que gritáramos, pero gritar, para mí, era peor. A veces era mejor dejar que hicieran lo que quisieran para que te dejaran tranquila. También, si nos movíamos o pedíamos permiso para ir al baño, nos pegaban con las culatas, no nos dejaban dormir. Estábamos en un camarote rodeadas de armarios metálicos. No podíamos saber si era de día o de noche, sólo escuchábamos gritos, llantos de las compañeras que suplicaban que no las tocaran. Había una alemana a la que la golpeaban constantemente. Había mujeres de todas las edades, incluso niñas de quince años y eran torturadas física y psicológicamente. Para soportar la situación yo contaba los pernos y los remaches del buque. Así me abstraía del horror de la Esmeralda. Y ahí estuve hasta que nos sacaron a todas, yo fui una de las últimas que salí”.

¿Adónde las llevaron?
“Nos trasladaron al Lebu, un buque de la Compañía Sudamericana de Vapores, de Ricardo Claro, que se lo había cedido a la Armada para los prisioneros. La Esmeralda estaba casi al final del molo y el Lebu estaba en la punta. Nos llevaron en un bus y era impresionante, porque estaba el molo cubierto de gente en el suelo, todos prisioneros. Los marinos nos metieron en un camarote, a diferencia de los hombres que estaban en las bodegas del barco. Los camarotes eran pequeñísimos y habíamos dentro unas 25 mujeres. Tanto que en la noche teníamos que dormir sentadas en el suelo con las piernas recogidas. En turnos nos poníamos cerca de la puerta para tomar un poco de aire, aunque había un marino de guardia que no nos dejaba acercarnos.
En el Lebu no estábamos encapuchadas, así que conocíamos muy bien a los marinos y, al igual que en la Esmeralda, éramos mujeres de todas las edades. De hecho, un día llegó una niña de uniforme escolar. Nos tenían encerradas y nos daban comida una vez al día, tallarines, porotos con gusanos y arvejas secas en caldos indefinibles. De repente llegaba un pan, una fruta, pero era la excepción”.

VIOLACION EN EL LEBU

¿En el “Lebu” los marinos también torturaban?
“No sólo los marinos. También había carabineros y civiles que torturaban. En una ocasión, cuando me tocó el turno de acercarme a la puerta del camarote para respirar mejor, se asomó a la ventanilla un teniente de Carabineros que conocía, porque había sido detenida antes del 73 en Valparaíso, en la acción de retoma de la Universidad Católica. Me llevaron a la comisaría Barón y trataron de revisarme, pero me defendí y fue ese teniente el que me golpeó y, luego me dejó botada en una celda. Era el mismo teniente Pérez que aparecía en el Lebu y me quedó mirando, con odio. El, con otros carabineros y marinos, empezó a llamar a las mujeres; primero mandaron a buscar a una joven de chaleco blanco, luego llevaron como a cinco o seis jóvenes, hasta que al final, me llevaron a mí. Era un camarote desocupado, enorme, que estaba en una esquina. Estaba muy oscuro, pero a él lo vi claramente porque no estaba encapuchada. Además, me recibió con groserías y diciendo “ésta es la chora que quiero” y gritando “defiéndete ahora, huevona”. Me sentó a empujones en un sillón y empezó a tocarme y golpearme, me desvistió a la fuerza y ahí mismo me violó. Hizo lo que quiso conmigo y los otros que se encontraban en el camarote se reían y burlaban. Después, me ordenó vestirme y peinarme, me obligó a ordenarme antes de salir. Además de los garabatos me dijo: “Ya nos vamos a ver de nuevo”.

No fui la única torturada en el Lebu, por supuesto. Cuando llegaban las mujeres al barco, primero pasaban por la sala de tortura y después las tiraban al camarote. Alrededor de diez días después, me mandan a llamar de la Academia de Guerra, y ahí empezó nuevamente el terror. Me interrogaban los marinos y carabineros”.

¿La Academia de Guerra Naval fue el principal centro de detención y tortura de Valparaíso?
“Sí, cuando llegué a la Academia, el primer día me pasaron inmediatamente a interrogatorio y me empezaron a hacer el teléfono, a golpear los oídos con ambas manos abiertas. Yo sabía que para aliviar el dolor tenía que gritar y empecé a gritar, y un compañero, que no sé quien es, que estaba en la misma pieza parece, empezó a reclamar por lo que me hacían. Y le pegaron de tal manera que se sentían los golpes, los quejidos. Fue horrible y tuve que dejar de gritar. Así se dañaron mis tímpanos. En la Academia estuve aproximadamente tres semanas. Me sacaban todas las noches para interrogarme. Preguntaban acerca de supuestas armas, pero era para amedrentar, para dejarte a nivel de cosa y no de persona.
En la Academia se escuchaban gritos día y noche. A mí me golpearon, me violaron y me aplicaron electricidad. La corriente era horrible, porque da espasmos que no se pueden controlar. Y te ponían corriente en los pechos, la vagina, la boca, quemaduras de cigarro en las nalgas, en los brazos y en los muslos. Una noche me llevaron y me sacaron la ropa: me obligaban a desnudarme cada vez que decía un no, o que daba una respuesta que no les satisfacía. Me sentí tremendamente vejada, empezaron a tocarme, a manosearme, a hacerme cosas. Me devolvieron a la sala como a las cuatro de la mañana o más tarde, porque estaba aclarando. Me puse a mirar por los hoyitos de las ventanas tapadas con banderas de los barcos y empecé a llorar. Un compañero se dio cuenta y me abrazó. Nadie se movió, excepto él. No me preguntó nada. Fue una cosa muy linda. Te hace sentir que no estás sola.
Lo concreto es que te van ablandando físicamente, con golpes, con violaciones, con electricidad, y después llega el golpe psicológico, cuando ya no te quedan defensas. De hecho, había una carabinero mujer que me interrogaba violentamente, con mucho ataque psicológico. Los marinos nos sacaban a las mujeres para divertirse con nosotras, para abusar sexualmente. Y siempre estábamos encapuchadas o vendadas. El teniente Pérez, de Carabineros, también estaba en la Academia, ahí lo vieron varias personas. Tenía rango, en el Lebu hacía lo que quería. Recuerdo muy bien que andaba con pistola, y en un momento la tomó, no sé para qué, pero pensé que me podía matar, realmente creí que iba a salir muerta”.

CARA A CARA CON EL TORTURADOR

Tengo entendido que se encontró con uno de sus torturadores. ¿Cómo fue eso?
“Al hombre no lo volví a ver nunca más después de mi detención. Sin embargo, hace poco tiempo estaba en el café de Falabella, en Valparaíso, con una amiga. De repente me quedé helada, porque a pesar de que ha cambiado mucho, no sé si fue por los ojos o por instinto, lo reconocí. Entonces le digo a mi amiga: ‘Oye, mira, el paco Pérez’. Estaba conversando con un viejo, y me quedé paralizada. Yo había pensado muchas veces lo que le iba a decir cuando lo viera. Pero no fui capaz de moverme; pagamos rápidamente y salí, pasé por su lado, lo miré, pero no me atreví a hacer nada. Me tiritaban las piernas. Y estaba tan enojada conmigo después. Estaba indignada conmigo misma.
Yo hice una declaración en Punto Final hace un par de años. Ahí menciono a Pérez. Un ex preso político, que era carabinero y también trabajó en la Comisaría de Viña del Mar en ese tiempo, me dijo que se llamaba Carlos Pérez San Martín, y que es gerente de operaciones del club Santiago Wanderers. Desde que le hicimos una funa estoy más en paz. Pero cuando lo veo, me vuelvo a acordar del café y me da mucha rabia, me dan ganas de ir a hablar con él. Pero todo el mundo me ha dicho que no lo haga, es peligroso, dicen que es matón, que tiene gente. Entonces no me he atrevido, ha pasado tanto tiempo...

Pero el azar permitió que usted se cruzara con el ahora capitán (r) Carlos Pérez en el supermercado...
“Sí, hace poco estaba en la fila de la carnicería del supermercado cuando alguien me pasa a llevar, me doy vuelta y me encuentro cara a cara, a no más de diez centímetros, con Carlos Pérez, con mi torturador.

Le pregunté: ¿No se acuerda de mí?
- No señora. ¿Dónde la conozco? respondió.
- La ultima vez que nos vimos fue en el Lebu...
- ¿En el Lebu? Yo no tengo ningún problema con derechos humanos, dijo inmediatamente, delatándose solo.
A mí esto no me lo contaron, le dije. No se me van a olvidar nunca su cara ni su voz, porque usted me echó a perder la vida. A esas alturas ya tenía un nudo en el estómago, pero no podía perder la calma, era importante mantener mi dignidad a pesar de todo. Pero siguió negando todo, como hacen los cobardes. Como han hecho los militares todo este tiempo”.

COBARDIA DE LA ARMADA

¿Cree que el informe sobre prisión política y tortura servirá para hacer justicia en su caso y en tantos otros?
“Cuando entregaron el informe al presidente Lagos pensé que no era cierto. Es algo que nunca esperé ver en vida, pero después surgió el enojo. Primero, porque la derecha sigue diciendo que somos todos responsables. Pero haber tenido ideas de Izquierda no es equivalente a haber torturado y matado. Realmente, es vergonzoso el aprovechamiento político. Soledad Alvear jamás ha hecho nada y ahora que es pre-candidata saca la voz. Lo que diga el presidente Lagos no es importante. Lo que nos interesa es que el informe se publique completo, que se sepa lo que hicieron estos criminales”.

El almirante Vergara, comandante en jefe de la Armada, dice que él pone las manos al fuego por sus hombres.
“El almirante Vergara se va a quemar. Da rabia la cobardía de la Armada al no reconocer sus crímenes. El ahora senador Jorge Arancibia era capitán de fragata a cargo de un barco en San Antonio. También me merece dudas que diga que no sabe nada. Ahí estaba Tejas Verdes y no sólo participaba Contreras en la represión, también había marinos. La Armada abusó de las personas en sus dependencias. A mí me detuvieron, torturaron y violaron marinos”.

¿Han pasado treinta años y por primera vez se conocerá, al menos de manera sistemática, lo sucedido a miles de torturados. ¿Ayudará esto a aliviar el dolor de las víctimas?
“Hay consecuencias físicas y psicológicas profundas. Tienes que empezar a convivir con esto, siempre he dicho que soy exiliada y nunca voy a acostumbrarme. No es mi Chile, es un Chile que a mí no me ha dado nada, al contrario, me quitó mucho. Las pesadillas nunca se me han pasado. Me despierto angustiada, porque creo que estoy detenida en la Esmeralda, cuando los marinos con la cara pintada me desvisten, me revisan, me meten al agua. Es el primer signo de humillación, donde enfrentamos al enemigo de manera real. No puedo olvidar, porque a mí me golpearon, me pusieron corriente, me violaron y me contagiaron gonorrea, cosas que ni siquiera mi familia sabe.

Hace un par de años subí a la Esmeralda acompañando a periodistas de la BBC de Londres. Empecé a sentir los olores, los gritos, todo lo que había sentido antes. Caí en una profunda depresión, hice crisis de pánico y estuve encerrada en mi casa cuatro meses. Fue horrible, no dormía, las pesadillas eran continuas. Ningún informe hará olvidar lo que pasamos, lo que sufrimos”


La Nacion

12 de Mayo del año 2007

La confidente del torturador


Por primera vez la mujer de un implicado en crímenes durante la dictadura cuenta la experiencia de ser la confidente obligada de pasajes horrorosos de nuestra historia. Después de guardar un culposo silencio, Patricia Gallardo Callahan se atrevió a romper con el miedo que la inmovilizó por más de tres décadas. Su ex marido, Ricardo Monje Mohr, estuvo a bordo de la Esmeralda y actualmente es un alto funcionario de la ENAP.

Atormentada durante 34 años por las confesiones que le hizo su marido, el teniente primero (R) Ricardo Monje Mohr, uno de los infantes de marina que estuvo a bordo de la Esmeralda y el Maipo en los días posteriores al golpe militar, Patricia Gallardo decidió dar “un grito de libertad” y contar a LND esa verdad que hasta ahora le quita el sueño. Nunca pensó, cuando tenía 20 años, que el entonces gentleman de beatle rojo al que conoció en Punta Arenas se transformaría en asesino y agente de seguridad. Era Navidad y una prima la invitó a una celebración en el Club de la Unión de Punta Arenas donde le presentó a un marino de Osorno, con quien desarrolló una estrecha amistad casi inmediatamente. Ella se sentía protegida por su estirpe varonil y en 1971 contrajeron matrimonio en Punta Arenas, la ciudad natal de Patricia y lugar de destinación de Monje. Fue así como en 1972 por motivos de trabajo el matrimonio se trasladó a Viña del Mar. Allí Patricia comenzó a vivir la peor pesadilla de su vida, que se atrevió a contar a este diario una vez que leyó el artículo “El exorcismo a la Dama Blanca”, publicado hace tres semanas (edición del 22 de abril), donde se revelan detalles de la avanzada investigación sobre los crímenes cometidos en el buque escuela Esmeralda.

Mientras leía los nombres de algunos de los infantes de marina responsables de los tormentos contra los detenidos en el improvisado centro de torturas, Patricia se daba cuenta que los conocía a todos. Sin embargo, faltaba uno fundamental, su ex marido, quien habría sido el jefe directo de los marinos, y que a su vez había estado bajo las órdenes del capitán de navío (R) Ricardo Riesco. Éste ya reconoció en el proceso que presenció torturas en el buque escuela.

Patricia contó a LND que, aunque no tiene justificación, no se había decidido a hablar antes por miedo (está separada de hecho con Monje y en proceso de divorcio). Y durante años vivió, según asegura, violencia intrafamiliar. Quizás por eso, al iniciar la conversación, sus manos tiemblan y las ideas continuamente se pierden en su mente. Tiene demasiados recuerdos amargos, pero sin duda el más duro tiene relación con la muerte del jefe del departamento de investigaciones de Aduanas y militante socialista, Luis Enrique Sanguinetti Fuenzalida, ocurrida el 14 de septiembre de 1973. “Mi marido no tendría por qué haberme entregado una información de esa naturaleza. Yo no estaba preparada para una cosa así. No fui a la Escuela Naval, no era su par ni su compañera de armas, sino su esposa. Hasta ahora ha sido un cargo de conciencia terrible”, reflexiona la mujer antes de entregar los detalles que enriquecen y ponen rostro a la versión que hasta ahora se manejaba acerca de la muerte de Sanguinetti.

Según el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Sanguinetti se habría suicidado en “un rapto de desesperación” en la cubierta del carguero Maipo –buque que estaba atracado en el molo de Valparaíso junto al Lebu y a la Esmeralda-, producto del lamentable estado en que se encontraba luego de haber sido víctima de torturas.

La misión del 11 de septiembre

-¿Su marido le habló sobre el caso de Luis Sanguinetti?

-Me dijo que lo detuvieron en el edificio de Aduanas con un grupo de comandos. Según él, Sanguinetti y más funcionarios de ese departamento estaban acuartelados, intentando defender el lugar. Por eso los tomaron detenidos y me contó que los llevaron hasta la Esmeralda.

-¿Le entregó detalles sobre el trato que le dieron?

-Sí, lamentablemente me contó. Mi gran error debe haber sido preguntar cuál fue su misión la noche del 10 al 11 de septiembre. En forma muy despectiva me dijo que había visto morir a una persona por sus ideales, que obviamente no eran los de él.

-¿Cómo le relató el pasaje?

-Me contó que este hombre no quería seguir contestando más preguntas, que no tenía nada más que decir y que prefería morir. Entonces lo llevaron a la cubierta del Maipo y lo instigaron de tal manera para que se suicidara, diciéndole “que si era....”, (se detiene y piensa). Me reveló las palabras que usaron contra él, pero no quiero repetirlas para no dañar a la familia del señor Sanguinetti. Luego abrieron las compuertas de las tres bodegas que estaban vacías. Según, mi ex marido, Sanguinetti se tiró desde ahí.

-Usted tuvo la posibilidad de entregar esta información a organismos de derechos humanos ¿Por qué no lo hizo?

-Tendría que entrar en detalles que no corresponden, pero había miedo, siempre lo hubo. Ha intentado declararme loca, como cuando la Comisión Rettig pasó por donde vivíamos y hasta el día de hoy trata. Si es cierto, bienvenida sea mi locura, porque después de muchos años puedo gritar la verdad y hacerla pública. Y me he sentido cobarde por no hacerlo. No tengo excusa, seguramente para muchas personas no voy a tenerla, pero sí había razones.

-¿Qué tareas cumplió después Ricardo Monje?

-Entre el ‘73 y el ’75 estuvo a cargo de los comandos que salían todas las tardes, un convoy bastante grande de camiones. Él es quien iba a la cabeza del convoy a allanar todas las poblaciones de Valparaíso y Viña del Mar. Como me había comentado a la hora que salía, yo me paraba con el auto en la playa Los Marineros y lo veía pasar.

-¿Su ex marido le contó sobre su estadía en la Esmeralda?

-Lógico. Me contó cómo a la gente detenida la llevaban a la Esmeralda y que, debido a que se llenó, empezaron a llevarlos al Maipo y a otro buque.

-¿Usted le preguntaba otros detalles sobre las acciones que llevaba a cabo?

-Yo no podía hablar nada, lo correcto era lo que él hacía. La comunicación con él era muy difícil. No había explicaciones para eso, porque no debía preguntarlo. Él contaba lo que quería contar y yo no podía ir más allá.

-¿Le habló sobre más interrogatorios o torturas?

-No se refería en esos términos. Era algo mucho más suave. Nunca ocupó la palabra tortura, era mucho menos duro.

-¿Y cómo se refería a las personas que eran torturadas?

-En forma muy despectiva.

MENTIR EN EL FRÍO

Ricardo Monje fue contactado por LND en ENAP Magallanes, Punta Arenas, lugar donde reside actualmente. En conversación telefónica, explicó que se desempeña como jefe de seguridad de la compañía, también que fue infante de marina y confirmó que estuvo a bordo de los buques Esmeralda, Lebu y Maipo. Si bien reconoció a otros marinos que han confesado su presencia en torturas, negó cualquier participación de su parte. Respecto del caso de Sanguinetti, sólo se limitó a decir: “Desconozco esa parte y efectivamente es así. No estoy eludiendo la responsabilidad”.

En 1977 Monje pidió la baja de la institución aduciendo “pérdida de la motivación”. Difícil de comprender tomando en cuenta que se trataba de un hombre que mostraba un grado de “fanatismo extremo por la institución”, advierte su ex mujer. Sin embargo, en ese momento, Patricia le creyó y luego de una corta estadía en la capital, Monje fue contratado por ENAP Magallanes. De esta forma, el matrimonio volvía a la tierra natal de Patricia. Ella recuerda que su ex marido le propuso que ingresaran al movimiento religioso católico Schoenstatt. Patricia no tenía problema, pero le pareció incorrecto que su marido, siendo un luterano de origen alemán y oriundo de Osorno, le hiciera una propuesta de ese tipo. “Recuerdo que ahí la gente me preguntaba si él era agente y yo callé. Ricardo participaba de los retiros, hizo la primera comunión como católico. Pero en la casa en su vida diaria no rezaba. Cuando nos separamos (’87) volvió de inmediato a la iglesia luterana”, recuerda Patricia.

-¿En algún momento él le señaló que no se había alejado de la institución, sino que se había convertido en agente?

-No, pero no era evidente. Simplemente era así.

-Aparte del silencio que guardó respecto de mentiras evidentes de su marido ¿Le tocó ejercer alguna otra labor conspirativa?

-Hubo un tiempo en que Ricardo fue trasladado fuera de Punta Arenas y yo me quedé en la ciudad. Ahí sucedieron unos hechos tremendamente extraños, angustiantes para mí. Antes de irse me señaló que me iban a llamar por teléfono y que la persona al otro lado de la línea sólo hablaría si contestaba yo, nadie más de la casa. Efectivamente, me llamaban estas personas y me daban una cifra de cuatro dígitos y yo inmediatamente tenía que llamarlo a él dándole una clave de números. A las tres horas aparecía de vuelta en Punta Arenas.

-¿Alguna vez se enteró de los efectos de este trabajo de inteligencia?

-Una de esas ocasiones en que lo llamé por teléfono, él volvió a la casa y escuché que entraron unos tipos a la una de la mañana. Jamás se me ha olvidado. Le dijeron ‘mi teniente, tenemos orden de arrestar a José Ruiz de Giorgio’ (ex senador que entonces era dirigente de la ENAP). Su respuesta fue ‘están locos. En este momento sería como agarrar a un chancho por la cola. Yo les voy a indicar cuándo’ (ver recuadro). Al día siguiente partió de vuelta a su trabajo.

Para Patricia, la declaración policial entregada el jueves en la Brigada de Asuntos Especiales de Derechos Humanos no fue suficiente. Necesitaba también dar una entrevista pública porque hasta ese momento sentía una gran deuda con la familia Sanguinetti y con las mujeres torturadas en la Esmeralda. “Si hubiera declarado sólo con reserva de identidad habría sentido que mi labor no estaba completa y estaría actuando escondida, tal como él lo hizo”. LND

La detención de José Ruiz de Giorgio

Patricia Gallardo fue contactada por el Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, que evaluó su relato como “coherente” y el jueves pasado prestó testimonio ante la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigaciones, por lo que Ricardo Monje podría ser interrogado en los próximos días.

Contactado por este medio, el ex senador DC José Ruiz de Giorgio señaló que, aunque no conoció personalmente a Monje cuando éste llegó a ENAP Magallanes, no pasó inadvertido. En ese momento, Ruiz De Giorgio era dirigente sindical de la compañía refinadora de petróleo. “Sabía que Monje venía de la Armada y lo veía con recelo, ya que sospechábamos que la gente que estaba o venía de instituciones de las fuerzas armadas cumplía labores de inteligencia para el Gobierno. Además, en ese tiempo había muchos informantes que no estaban relacionados con instituciones castrenses, así que, en general la gente estaba muy atemorizada”, cuenta.

El domingo 26 de febrero de 1984, en medio de una visita de Augusto Pinochet a Magallanes, Ruiz De Giorgio fue detenido por Carabineros junto a 15 personas más. Ese día, el dirigente sindical junto a otros manifestantes culminaron una serie de protestas contra Pinochet en el llamado “Puntarenazo”, ocasión en el que ex dictador recibió bolsas con excrementos frente a la Catedral de Punta Arenas.

Patricia recuerda que cuando vio que Ruiz de Giorgio era detenido, el corazón se le apretó. “Yo había escuchado a mi marido decir que había que detenerlo en el momento adecuado, así que mi angustia fue muy grande”.


El Ciudadano

5 de Julio 2011

Ex marineros chilenos torturados repudian a “La Esmeralda” desde Estados Unidos

Ex marineros prisioneros políticos de la Armada de Chile residentes en el norte del Estado de California, realizaron una
llamado público a repudiar y protestar la visita a San Francisco del Buque Escuela Esmeralda programada entre el 20 y 24 de julio.
El marinero primero Jaime Salazar y el operario tercero Víctor Martínez estuvieron entre los primeros prisioneros políticos chilenos en el caso conocido como los “marineros constitucionalistas”, cuando fueron detenidos en los meses
previos al Golpe de Estado de septiembre de 1973. “Cuando supimos del complot militar en contra del gobierno constitucional de Salvador Allende nos negamos inmediatamente a obedecer las órdenes de la oficialidad golpista”, dijeron. Los marineros, miembros del Comité de Chilenos Contra la Tortura, piden que la marina de Chile, la única institución armada -financiada por el Estado y los contribuyentes- que no ha reconocido ni pedido disculpas por los horrorosos crímenes cometidos durante la dictadura militar, “abra un diálogo histórico con sus víctimas y familiares”. Para limpiar el nombre de la llamada Dama Blanca “es necesario un proceso de desagravio que incluya la reconciliación e indemnización”, manifestaron. La organización Amnistía Internacional (AI) ha “publicado numerosos testimonios sobre víctimas de tortura al interior de La Esmeralda”. Una de tales víctimas fue el sacerdote chileno-inglés Michael Woodward, quien “falleció como resultado de las torturas propinadas por miembros de las fuerzas de seguridad a
bordo de La Esmeralda” (AI, Junio, 2003).
Otras naves conocidas y utilizadas por la Armada como centro de detención y tortura fueron ElMaipo (estimado de mil prisioneros) y El Lebu (cuatro mil). Este último navío fue cedido a la armada, para transportar detenidos, por la Compañía Sudamericana de Vapores, empresa de propiedad del ya fallecido empresario Ricardo Claro. Según los estimaciones de testigos, por La Esmeralda pasaron hasta 500 detenidos políticos. Otros informes sobre violación de los Derechos Humanos a bordo de La Esmeralda fueron presentados por Amnistía Internacional (AMR 22/32/80), Comisión Interamericana de Derechos Humanos (OEA. Oct.74), Senado estadounidense (361-16/JUN/86) y Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (Chile. Tercera Parte, Capítulo I, Sección 2 f.2.).

Cárcel de cuatro mástiles
“El Almirante Merino -quien se hizo del mando de la Armada al producirse el golpe– y los comandantes posteriores nunca tuvieron el valor de reconocer y pedir disculpas a las víctimas y familiares por haber utilizado como centro de torturas este buque -orgullo de todos los chilenos”, dijo Martínez. “Este hermoso velero de cuatro mástiles fue convertido en una cárcel flotante donde se interrogaba y torturaba a ciudadanos. Por eso ha sido condenado y repudiado en sus viajes”. Los mas significativo ha sido “la poca colaboración de la Armada de Chile con la justicia chilena. Esto continua hasta el día de hoy”, manifestó Martínez.
Martínez dijo que se está haciendo un llamado “a todos en el Área de la Bahía de San Francisco a repudiar esta visita y seguir repudiándola hasta que el alto mando de la marina, como lo han hecho otras instituciones armadas, reconozca sus acciones en contra de los derechos humanos”.

Testimonio de una víctima
Cuando sucedió el golpe militar “yo ya estaba en una prisión de la Marina, a unos 30 metros sobre los muelles de Valparaíso”, recuerda Salazar. “Teníamos vista panorámica de todo lo que estaba pasando. Vi La Esmeralda y otros buques en el Puerto. Vi a cientos de prisioneros con las manos detrás de sus cabezas, otros amontonados en camiones y buses. Eran trasladados a La Esmeralda a la fuerza…, pude ver claramente la brutalidad y escuchar desgarradores gritos del dolor. “De apoco, La Esmeralda dejo de ser mi querida ‘dama blanca’. El buque fue trasformado en un centro de tortura y su imagen fue manchada con sangre y dolor para siempre… Días mas tarde los
comedores del Cuartel Silva Palma fueron transformados para albergar a docenas de mujeres prisioneras que venían desde La Esmeralda. Escuché sus historias, sus horribles experiencias. La mayoría denunciaron haber sido violadas. Fui testigo de sus horribles condiciones físicas y mentales. “Sé que la actual tripulación en La Esmeralda no tiene nada que ver con esas atrocidades. No tengo nada en contra de ellos. Solo espero que el alto mando de la Armada reconozca públicamente los formidables errores del pasado”, dijo Salazar Cuando el hermoso navío de 4 palos cruce el debajo del puente Golden Gate, y la joven tripulación -como yo a la edad de 17 años demuestre sus habilidades, los silbatos dicten las órdenes, los cañones saluden y los himnos se escuchen, yo seré transportado 38 años atrás cuando en esa misma Armada yo era un joven marino prisionero y torturado por oponerme al fatídico golpe militar”, concluyó Salazar.


El Clarin

24 de Septiembre 2013

La Concertación debe explicaciones: ¿Continuará Bachelet su negación de la verdad y la reparación?

El liderazgo de la Concertación debe explicarle a sus bases y al país porqué bajo sus sucesivos gobiernos no hizo nada para sancionar a los responsables de las torturas aplicadas en el buque escuela Esmeralda; ni para efectuar una reparación moral a las víctimas. Es más, aquellos gobiernos continuaron enviando al buque a todo el mundo como si nada hubiese pasado en él; lo “defendieron” frente a las manifestaciones de protesta que suscitaba, particularmente con ocasión del 30º aniversario del golpe; y determinaron simplemente ¡sacar a Europa de su ruta anual para disminuir el bochorno internacional!
Debemos recordar que el propio Informe Rettig certificó que la Esmeralda fue utilizada como recinto de detención y tortura en los días posteriores al 11 de septiembre: “En el caso del Buque Escuela Esmeralda, las investigaciones practicadas por esta Comisión permitieron comprobar que una unidad especializada de la Armada se instaló en su interior con el objeto de interrogar a los detenidos que se encontraban en la misma nave y a los que eran traídos desde otros recintos de reclusión de la Armada. Esos interrogatorios, por regla general, incluían torturas y malos tratos” (Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación; Tomo I, p. 293). Y que ¡el propio Comandante en Jefe de la Armada, Miguel Angel Vergara, reconoció en diciembre de 2004 la veracidad del Informe Rettig respecto de la Esmeralda!

Pese a ello, los gobiernos de la Concertación no hicieron nada por sancionar los gravísimos delitos allí cometidos. Recién en 2002, los familiares del sacerdote británico-chileno, Miguel Woodward, se querellaron por su muerte, producto de torturas ocurridas en la Esmeralda. Y en 2005, varios miembros de la Agrupacion de ex Presos y Torturados en la Esmeralda presentaron una querella colectiva en la materia. Aunque, dada la proverbial debilidad del Poder Judicial chileno en la materia, no ha habido todavía sentencias condenatorias finales; y probablemente nunca las haya o sean con penas simbólicas…

Respecto de las numerosas manifestaciones suscitadas especialmente en Europa ante la recalada de la Esmeralda en sus puertos –que en los diarios y canales de televisión chilenos han sido sistemáticamente ocultadas o minimizadas; lo mismo que entre los líderes aliancistas y concertacionistas- y las correspondientes defensas de esas visitas hechas por los presidentes de la Concertación, resaltan las de Ricardo Lagos con ocasión del vergonzoso periplo efectuado en 2003. Lagos, al despedir al buque escuela, afirmó que “con ustedes zarpa una parte de la Patria, de la historia y tradiciones de Chile, y el espíritu de la Armada. Durante su travesía ustedes serán embajadores de nuestro país y llegarán a otros territorios con el orgullo de encarnar un país que es una pequeña estrella en el sur del mundo y que es respetado por su democracia y derechos humanos” (La Segunda; 16-7-2003).

Posteriormente, el 21 de junio, luego de que la fuerza de las manifestaciones obligó a suspender la recalada del buque en varios puertos europeos, señaló que no se arrepentía de haber despedido oficialmente la nave: “Me parece que tenemos que asumir la historia como es y creo que el que en el Esmeralda se pueden haber cometido excesos y violaciones de derechos humanos, o como dicen en algunos países, incluso asesinatos, muertes –que no me consta- eso nada tiene que ver con los jóvenes que no habían nacido al momento del golpe” (La Segunda; 16-7-2003). Sin embargo, el 15 de julio, en declaraciones efectuadas ante la BBC de Londres, indicó que “esta vez creo que fue un error” el que la Esmeralda haya realizado su gira (La Segunda; 16-7-2003).

¿Qué determinaron el presidente Lagos y la ministra de Defensa, Michelle Bachelet (y luego ella como Presidenta), ante ese remezón de la conciencia mundial? No efectuar acciones a favor de la verdad, la justicia, la reparación y la memoria histórica respecto de las horrendas violaciones de derechos humanos cometidas allí. Solamente, evitar que el navío recalase en los años siguientes en los puertos en que hubiese mayor conciencia de respeto de los derechos humanos. Ello ha significado eliminar de plano toda visita a Europa. Y que cuando en algunos puertos americanos se efectúan importantes manifestaciones (como San Francisco en Estados Unidos; y Vancouver en Canadá) o simplemente no aceptan recibir al buque (Victoria en Canadá); los uniformemente conservadores medios chilenos desinforman completamente a la población, y aquí no ha pasado nada…

Ahora que se plantea la candidatura de Bachelet como más progresista, ¿continuará –en caso de ser nuevamente presidenta- respaldando dichas políticas de negación de la verdad, la justicia, la reparación y la memoria histórica respecto de la Esmeralda? ¿o buscará la justicia haciéndose parte en los procesos; o efectuará importantes reparaciones morales, denominando, por ejemplo, Miguel Woodward al Esmeralda; o convirtiendo a este barco en un Museo fondeado en Valparaíso; y donde se presente la historia del puerto, incluyendo por cierto, la fatídica labor asignada a la embarcación en los días posteriores al golpe?

Es decir, los dirigentes de la Concertación no solo debieran dar una explicación por este pasado; sino que además proponer un curso futuro de acción que enmiende las profundas injusticias e insensibilidades morales y humanas que configuran dicho pasado; si es que realmente han readquirido su antigua sensibilidad al respecto...


Cambio21

17 de Mayo 2014

Definitivo: Fallos judiciales determinan una verdad que no queríamos saber: en el buque-escuela Esmeralda se torturó salvajemente

El fallo del ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, Julio Miranda, establece una verdad jurídica que fue secreto a voces por años en Chile. A bordo del buque insignia de nuestra Marina, se torturaba y violaba de manera despiadada, también se asesinó. Las condenas fueron una nueva bofetada. Tres años y un día a dos suboficiales. En total sólo estarán 19 días presos.

La sentencia recayó en la causa criminal Rol Nº 943-2007, donde se investigó el delito de secuestro de María Eliana Comené Hidalgo, Alberto Enrique Neumann, Claudina Rosa Moreno Cortes, María Elvira Huerta Sánchez, María Isabel Vásquez Pezoa y Rosa Angélica Huerta Sánchez.

Los suboficiales Bertalino Segundo Castillo Soto y Jaime Segundo Lazo Pérez, resultaron responsables y condenados a tres años y un día de cárcel, a la que nunca irán, pues se les conmutó la pena.

Eso obtuvieron por secuestrar y luego torturar a 6 personas a bordo del buque escuela Esmeralda. Sólo dos suboficiales, sin que nadie más resultara culpable, en un buque con centenas de marinos, con oficiales a cargo... sólo 2 culpables. Algunos otros fueron eximidos de responsabilidad, por haber muerto o habérseles declarado dementes.

"Quédense quietos tenemos órdenes de disparar"

Consta en la hoja (fojas) 2.573 del expediente "que el día 11 de septiembre del año 1973, se encontraban reunidas un grupo de personas en el Cerro La Cruz, convocado por un dirigente de la CUT, de nombre Manuel Solís. Transcurridas unas horas llegaron a dicho lugar, dos camiones de la Armada siendo rodeada la casa por personal de dicha repartición. Los hicieron acostarse en el suelo con las manos en la cabeza y las piernas separadas, comenzaron a insultarlos y descalificarlos, dando golpes de pies y con las culatas de los fusiles que portaban".

Luego los subieron a un transporte, tendidos boca abajo y trasladaron al molo de abrigo, en dicho sector los colocaron en la pared, sus captores, un grupo de marinos simuló fusilamientos. Más tarde fueron todos llevados a bordo del "Buque Escuela Esmeralda". La bienvenida que les dieron, consistía en insultos y golpes de culatazos.

Las torturas comenzaron más tarde. "Recuerda una testigo: "el día 13 de septiembre, fui violentada por un grupo compuesto por ocho marinos al interior de un baño, donde entre golpes debí sacarme la ropa interior para ver si tenía algo oculto al interior de mi cuerpo". No fue la única vez ni la única que sufrió esas crueldades.

Otra testigo cuya declaración consta de fojas 2575, recuerda haber identificado entre los detenidos a Sergio Vuskovic, Alcalde de Valparaíso de la época, Alberto Neumann, María Eliana Comené, las hermanas María y Rosa Huerta, entre otros. Recuerda que todos los días la interrogaba el personal de la Armada, en los cuales la agredían de golpe y puño, además de los malos tratos, durante toda la permanencia en el "Buque Esmeralda", las hacían escuchar las golpizas que eran objetos los demás, "nos maltrataban por diversión", señala.

La violencia incluía aplicación de electricidad, golpes con cualquier objeto contundente que dispusieran los torturadores, puños y pies y, desde luego, violaciones colectivas a las mujeres. Los detenidos ilegalmente eran trasladados desde la Esmeralda al buque Lebu y desde allí al Maipo, todos anclados en Valparaíso. También eran algunos trasladados ocasionalmente a tierra a una unidad de carabineros.

El Plan Cochayuyo

Justamente un miembro de carabineros declaró en el proceso: "k) Declaración de Ricardo Alejandro Riesco Cornejo, de fojas 326, ratificada a fojas 536 y fojas 1.181, en la que señala que el día 12 o 13 de septiembre de 1973, se le ordenó que debía presentarse en el "Buque Escuela Esmeralda", lugar donde fue notificado que debía proceder a la custodia de todas las personas que llegaban al Buque y de todas las personas que ya estaban recluidas".

Continúa señalando: "los detenidos eran interrogados al interior del Buque Escuela, específicamente, en la cámara o comedor de los guardiamarinas, por un grupo de personas externas, a la nave llegaban vestidos de civil y estaban a cargo del Capitán de Fragata Jaime Román (fallecido). Según se entera, el personal interrogador pertenecía a Carabineros de Chile, ignorando sus nombres.

Agrega que en una ocasión presenció un interrogatorio, en donde se utilizó la aplicación de corriente eléctrica para que el detenido confesara más rápido".

Según los propios torturadores, participaban de los interrogatorios, entre otros: los Sargentos Alejo Esparza, Jaime Lazo, Bertalino Castillo, apodado "El Choro", Francisco Prado Espejo, Valentín Riquelme, apodado "Gerónimo", Francisco Lagos, y Héctor Santibáñez y Juan de Dios Reyes Bazeur. El plan destinado a apresar contrarios al régimen en la V región, se denominaba "Cochayuyo".

En el Lebu las mujeres, Maipo a Pisagua y la Esmeralda el centro de tortura.

Según la declaración de Rafael Guillermo Mac-Kay Backler, de fojas 373, 1.061 y judicial 1.284, ratificada a fojas 1.287, "al llegar a Valparaíso el día 11 de septiembre de 1973, desde Talcahuano, se enteró del pronunciamiento militar. El Comandante de la Esmeralda Capitán de Navío Jorge Sabugo, le comunicó a los guardiamarinas que al Molo de Abrigo llegarían personas en calidad de detenidas, debiendo proceder a guiarlos desde el momento que bajaran de los camiones hasta el Buque Lebu o Maipo".

"Comenzaron a llegar gran cantidad de personas entre hombres, mujeres y algunos extranjeros, situación que se daba de día y noche". Manifiesta Mac-Kay.

Otros guardias de la Esmeralda declararon que "los prisioneros estaban recluidos las 24 horas del día en el entrepuente de la guardiamarina, donde aproximadamente había cinco corridas de literas dobles, recuerda, que en ocasiones eran sacados del lugar por un acceso restringido, al cual no tenía acceso, algunos detenidos llegaban quejándose del dolor, ante lo que les suministraba dipirona". Agregan que, "los detenidos al interior del Buque Escuela eran de sexo masculino, pero recuerda que había una mujer extranjera que estuvo por poco tiempo, las mujeres eran recluidas al interior del Buque Lebu".

Entre mil y mil 500 detenidos sólo en el Maipo

Se estima por un carcelero, que al interior del Maipo hubo entre mil y mil 500 detenidos después del golpe. La declaración judicial de Augusto Pedreros Silva, de fojas 565, es clara: "a partir del día 11 de septiembre de 1973, me correspondió la labor de guardia de mar, lo que realizaba en la puerta de entrada del edificio de la ACANAV, a fin de controlar el ingreso del personal". Recuerda que "el ingreso de los detenidos civiles era por el Cuartel Silva Palma y desde allí eran llevados por los Infantes de Marina hasta el tercer piso, lugar habilitado para el interrogatorio en la ACANAV".

Y continúa: "Los detenidos eran formados uno tras otro, con un brazo apoyado en el que le antecedía, iban encapuchados. Agrega, que uno de los interrogadores durante el primer tiempo era el Oficial Jaime Román Figueroa, quien había sido profesor de la Academia. Posteriormente, comenzaron a cumplir dicha función un grupo de Infantes de Marina, cuyo jefe era un Suboficial de apellido Leiva. Señala que los interrogatorios eran acompañados de torturas, pues se escuchaban los gritos de los detenidos, la que consistía, entre otras, en aplicar corriente, esto lo afirma por haber visto, en ocasiones, a funcionarios de Investigaciones llevar en sus manos magnetos. Por último, señala que en el recinto había personal de Carabineros, recordando, en especial, a una Teniente apodada "La Paloma", la que correspondería a la Teniente Patricia Orellana Alvarado, a quien veía pasar a las salas de interrogatorios".

Placas de electricidad a las detenidas

Una testigo señaló a fojas 2.588: "Me llevaron con una especie de bolsa de un género duro en su cabeza, luego, en una oficina donde habían tres oficiales, me sacaron la bolsa y esposas, uno de nombre Cristian Gantes y Jaime Román Figueroa, allí fui interrogada".

"No recuerdo si al día siguiente o en horas después de ese hecho, me volvieron a cubrir la cabeza con una bolsa y me llevaron a un piso superior, llegando a una especie de calabozo, allí me ataron de espalda a un palo de madera, con unas esposas, me sacaron la ropa de la cintura hacia arriba, en el interrogatorio me preguntaban por las armas, a la vez que me ponían unas placas con electricidad y para que no me desmayara me tiraban agua en forma violenta o se tiraban sobre mi bruscamente, dicho interrogatorio se repitió varias veces consecutivas y era dirigido por Jaime Román Figueroa a quien podía identificar por su perfume y voz. Por último, -agrega-, en la Esmeralda estuvo hasta el día 18 de septiembre de 1973".

Lo que declaró uno de los condenados

Fojas 2600: "Que prestando declaración indagatoria y probatoria el acusado Bertalino Segundo Castillo Soto, a fojas 192, 340 y 1.033, señala (...) Respecto de los detenidos que interrogaban, éstos llegaban a la Academia de Guerra trasladados por Carabineros de Chile y Gendarmería de Chile. (...) Señala además, que debía vestir de civil al momento de interrogar a una persona, cubriendo su rostro con pasa montaña para que no lo reconocieran, a fin de prevenir futuros atentados o represalias personales o familiares.

Manifiesta que las técnicas de interrogatorio eran solamente de diálogo, solo preguntaba y ellos respondían, no había golpes, tortura ni tratos degradantes o inhumanos, como tampoco aplicación de corriente eléctrica o tormento de otro tipo".

Condenas constituyen una nueva bofetada a las víctimas

Las declaraciones son de un cinismo que irrita, por lo que el magistrado en visita las desechó por no estar conforme con la realidad de los hechos. Sin embargo, habiendo transcurrido tanto tiempo, se les absolvió de las violaciones, pues el tribunal no las pudo tener por acreditadas, y aunque ellas acontecieron, no logró tampoco el juez convencerse que los condenados fueron los que violaron a las mujeres. Tres años y un día la condena. Sumados los beneficios, nunca estarán presos por las aberraciones que cometieron.
Sólo los 19 días al ser detenidos por primera vez.

Se estima por organizaciones de Derechos Humanos en 500 los detenidos políticos que estuvieron en la Esmeralda, 1000 en el Buque Maipo y 4000 en el Buque Lebu. Por el Estadio de Valparaíso pasaron cerca de 3000 mil personas, por la Academia de Guerra y el Cuartel Silva Palma, 4000, todos los cuales fueron torturados y varios de ellos, asesinados.

Un testimonio cruento

María Eliana, estudiante de castellano relata: "Ellos estaban pegados en todas las paredes, yo conté ocho infantes de marina, algunos encapuchados y otros con las caras pintadas de negro. Me dicen que me desnude. Yo empecé a desnudarme y me dejé puesta mi parte de abajo, porque tenía puesto el apósito de la menstruación. Entonces, cuando me obligaron incluso a sacarme el calzón yo dije que no podía, porque estaba indispuesta. Me obligaron a hacerlo y ahí ya viene toda la rebeldía femenina, la rebeldía del luchador, por mucho que nos quisieran hacer sentir como animales llegaba el momento en que la dignidad del ser humano se rebelaba contra todo eso. Y fue tal mi ira, la indignación, que me saqué los calzones, tomé el apósito con sangre y se lo puse en el rostro al teniente que estaba dirigiendo el grupo".

No fue suficiente: "Luego de eso, todavía desnuda, por orden del teniente, dos infantes de marina por detrás, me tomaron los glúteos y se agacharon para mirar por el ano". Seguramente fueron los mismos que violaron mujeres para demostrar su poder y rebajar la dignidad de las detenidas. Cubrían sus rostros con gorros pasamontañas y ocultaban sus grados. "En la Esmeralda, -recuerda María Eliana-, había violencia las 24 horas del día, sacaban a los compañeros, los golpeaban, los torturaban, volvían morados y vomitando sangre".

"Cuando me trasladaron al Lebu estábamos separados de los compañeros quienes se encontraban en las bodegas. Nosotras estábamos en los camarotes y éramos tantas que no podíamos respirar, teníamos que dormir sentadas en el suelo. Nos daban de comer una sola vez al día, a las 9 de la mañana. Eran unos porotos que hasta gusanos tenían, una vez que reclamamos nos dijeron burlándose que para qué nos quejábamos si nos daban carne'".

El trato fue realmente inhumano y cruel. Entre los torturadores también hubo civiles y carabineros. En una oportunidad -relata María Eliana- "me llevaron a un camarote que había sido habilitado como sala de interrogatorios y allí estaba un teniente que me comienza a manosear y a gritar diciendo: ¡defiéndete ahora, pos, huevona! Me corrió mano de una manera espantosa, fue más de una hora de sólo eso".

El horror de la Academia de Guerra Naval

Por la Academia de Guerra Naval, en el cerro Playa Ancha, pasó también María Eliana. "Allí estuve como cuatro semanas, me sacaban todas las noches para interrogarme, me golpeaban los oídos con las manos, me ponían corriente en la lengua, en la vagina. Nos sacaban para divertirse con nosotros, para abusar sexualmente. Fueron violaciones masivas. Al final una se desconecta, trata de subliminar lo que está pasando, pero es imposible de olvidar, de hecho, cuando ya me encontraba en la cárcel, hice una seria infección, con vómitos y fiebre".

"Me enviaron al Hospital Naval y ahí dijeron que era sólo un ataque de vesícula y me enviaron de vuelta a la cárcel. No obstante, era algo mucho más serio. Era gonorrea, y era imposible saber cómo y dónde la había contraído, ¿en la Esmeralda, en el Lebu, en la Academia? Lo único claro es que quedé con el endometrio total y absolutamente destruido", termina relatando.

El sacerdote Miguel R. Woodward

Se calculan en unas 40 las mujeres detenidas que estaban en la Esmeralda, las cuales fueron sometidas a todo tipo de maltratos, torturas, vejaciones y violaciones. Entre los detenidos cabe destacar la presencia del sacerdote católico chileno-británico, Miguel R. Woodward, quien falleció a consecuencia de las torturas cuando el 22 de septiembre de 1973 se le llevó al Hospital Naval de Valparaíso por indicación de un médico de la misma Armada. Aunque la Iglesia Católica reclamó su cuerpo, nunca le fue entregado y se lo sepultó en una fosa común sobre la cual posteriormente se construyó un camino.


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