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Casa de Piedra en el Cajón del Maipo Región Metropolitana
Muy poco se sabe de este centro de detención y tortura de la DINA ubicado en el Cajón del Maipo. Declaraciones del agente de la DINA Ricardo Lawrence señalan que le centeno de detención conocido dentro de la policía secreta de la dictadura como la Casa de Piedra en el Cajón del Maipo, fue utilizada como centro de interrogatorio de algunos de os lideres del Partido Comunistas detenidos en la década de los ’70, entre ellos Victor Diaz. Pinochet, señalan los testimonios, siempre estuvo interesado personalmente en el destino final de los líderes comunistas. Tanto así que visitó personalmente a Víctor Díaz cuando éste estuvo detenido en la Casa de Piedra en el Cajón del Maipo, antes de ser trasladado al cuartel de La Reina. Victor Diaz fue mas tarde asesinado en el cuartel del la “Brigada Lautaro” de la DINA, ubicado en la Reina. Fuentes de Información: La Nacion; CIPER La Nacion Fue uno de los mejores secretos guardados del dictador Augusto Pinochet y su hombre en la DINA, Manuel Contreras, tanto que no lo rompieron ni siquiera cuando comenzaron a odiarse. Un pacto de silencio mantenido por casi 34 años. ¿Cómo lograron los hombres y mujeres de la Brigada Lautaro que su misión de exterminio no se conociera sino hasta hace unas pocas semanas? ¿Cómo pudo ocultarse durante tanto tiempo la existencia de la unidad más numerosa de la DINA? Poco más de un par de meses atrás, medio centenar de ex agentes de la Lautaro hacían sus últimas compras de Navidad y se preparaban para celebrar el Año Nuevo en familia. Cumplían sus labores diarias (algunos con tareas directivas en grandes compañías), visitaban los malls y volvían a casa con los suyos. Pero ninguno sabía lo que se venía encima, ni menos sospechaban que un sencillo ciudadano –a quien, para proteger su identidad, llamaremos “Café para Dos”–, había resuelto contar el horror que había vivido como agente de la represión: la existencia de una unidad especial dedicada a matar comunistas y preparar sus cadáveres para tirarlos al mar. Poco a poco, con especial discreción, los hombres de la Brigada de Asuntos Especiales y Derechos Humanos de la Policía de Investigaciones comenzaron las detenciones durante enero y febrero pasado. Todos fueron llamados a declarar. Todos, por cierto, negaron las acusaciones y alegaron inocencia. Varios, en tono amenazante, protestaron incluso por la “calumnia” que se levantaba en su contra. Pero eso duró algunos días. Pronto, algunos se fueron “ablandando” y empezaron a aportar más y más información al juez Víctor Montiglio. Reconocieron, por ejemplo, cómo dirigentes y militantes clandestinos del PC habían sido llevados a un cuartel de calle Simón Bolívar 8630, en La Reina, para ser asesinados. Y cómo algunos de ellos estuvieron detenidos durante meses antes de su muerte. Fue el caso de Víctor Díaz, jefe del partido en la clandestinidad hasta mayo de 1976, cuando fue arrestado, y padre de la vicepresidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), Viviana Díaz. Los otros comunistas Entre ellos, Jorge Muñoz, el esposo de Gladys Marín; Fernando Ortiz, padre de Estela Ortiz; la directora de la Junji, y Waldo Pizarro, esposo de la fallecida dirigenta de la AFDD, Sola Sierra, y padre de su actual presidenta, Lorena Pizarro. Las declaraciones de los ex agentes también coinciden con las señas de Reinalda Pereira. La investigación del juez Montiglio acerca del episodio conocido como Calle Conferencia no está concluida. Hasta donde se sabe, nadie salió de Simón Bolívar vivo para contarlo. El comando de exterminio estaba integrado por infantes de Marina, agentes civiles de la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros –entre ellos varias mujeres–, oficiales y suboficiales del Ejército, y decenas de suboficiales de todas estas ramas. Al mando, el jefe de la seguridad de Manuel Contreras, Juan Morales Salgado, entonces con el grado de mayor de Ejército. Treinta y seis ilustres desconocidos, que hasta ahora nunca habían sido procesados, hoy están encausados o presos. Y la lista aumentará en los próximos días. Son los hombres y mujeres de la Brigada Lautaro, la más numerosa y a la vez la más desconocida de la DINA, y a la luz de lo que se sabe de la indagatoria, tal vez la que usó los métodos más crueles para asesinar. Sumando a otros siete ex agentes que ya habían sido procesados entre los años 2000 y 2005, además del ex ministro de Interior e integrante de la Junta Militar César Benavides, también imputado, la causa de Calle Conferencia acumula hasta hoy 44 procesados, convirtiéndose en el juicio por violaciones a los derechos humanos que más reos tiene hasta ahora. Curiosamente, y por esas argucias legales a las que suelen echar mano algunos ministros de corte nostálgicos de la dictadura, Manuel Contreras fue beneficiado con un tecnicismo jurídico conocido como “cosa juzgada” y quedó fuera del proceso. Del sarín al cianuro La forma de exterminio fue variada. Veamos el caso de Víctor Díaz: primero, los infantes de Marina Sergio Escalona Acuña y Bernardo Daza Navarro le amarraron una bolsa plástica en la cabeza para asfixiarlo, mientras una teniente de Ejército, Gladys Calderón Carreño, le inyectaba cianuro en las venas para acelerar su muerte. Otros murieron bajo los efectos del gas sarín. Un hecho que se ignoraba, puesto que las víctimas de esta macabra técnica de la DINA se contaban, hasta ahora, con los dedos de una mano. El mismo Michael Townley, responsable del laboratorio químico que el sindicato criminal de Contreras armó en 1976 en una casa de Lo Curro, estuvo en el cuartel de Simón Bolívar ensayando con sarín fabricado por el químico Eugenio Berríos; ahora se sabe, para también matar comunistas. Según confesó uno de los ex agentes al juez Montiglio, un día tuvieron que sacar de ahí a Townley “porque resultó afectado por el gas”. Otros testimonios hablan asimismo de prisioneros asesinados a golpes o con refinadas formas de tortura. Las órdenes de exterminio emanaban directamente de Contreras, jefe operativo de la DINA, y eran transmitidas a Morales Salgado, entonces su leal subordinado y ahora uno de los que comenzó a aportar información del caso. En la investigación hay antecedentes que, inequívocamente, permiten concluir que cada uno de estos crímenes fue perpetrado con el conocimiento y la anuencia de Augusto Pinochet. Fue el mismísimo dictador el que decidió la suerte de las víctimas de Simón Bolívar, convertido en un cuartel altamente selectivo. Pinochet, señalan los testimonios, siempre estuvo interesado personalmente en el destino final de los líderes comunistas. Tanto así que, según relató el agente Ricardo Lawrence, visitó personalmente a Víctor Díaz cuando éste estuvo detenido en la Casa de Piedra en el Cajón del Maipo, antes de ser trasladado al Cuartel de La Reina. Del Puma al mar La “preparación” para este último viaje fue la misma que la DINA utilizó cada vez que hizo desaparecer los cadáveres. Los envolvieron con sacos paperos, les amarraron con alambre un trozo de riel al cuerpo, volvieron a ponerlos en sacos –que ataron con más alambre– y los transportaron en camionetas hasta el lugar donde esperaba el helicóptero. Éstos despegaban con su carga macabra, enfilaban hacia la costa de la V Región y se internaban mar adentro para soltar su carga. Así desaparecieron Díaz y el resto de sus compañeros. Otro de los procesados es el ex piloto de los Puma brigadier (R) Antonio Palomo Contreras, uno de los que condujo los vuelos de la muerte. Soberbio y arrogante, Palomo era el piloto preferido de Pinochet y por largo tiempo condujo el Puma destinado a su uso personal. El 15 de septiembre, Palomo recibió de Pinochet la misión de trasladar en helicóptero al general Carlos Prats hasta la frontera con Argentina, cuando el recién instalado dictador mandó a su antecesor al exilio, antes de ordenar su muerte. También piloteó el Puma de la Caravana de la Muerte, al igual que Luis Felipe Polanco, otro de los procesados.
CIPER Carlos Ibáñez del Campo, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende fueron algunas de las visitas que el fundador del diario Clarín, Darío Sainte Marie, recibía frecuentemente en su residencia en San José de Maipo. En la llamada Casa de Piedra también estuvo Augusto Pinochet, cuando fue expropiada y convertida en un recinto de adiestramiento, tortura y juerga. Hoy, los Sainte Marie intentan recuperar el lugar donde fueron depositadas las cenizas del mítico Volpone, trasladadas en secreto por su familia desde Madrid. Las escalofriantes historias que ocultaba el cuartel de exterminio de la DINA de calle Simón Bolívar, y que han sido develadas por la investigación del juez Víctor Montiglio y llevadas a la pantalla por Informe Especial de Televisión Nacional, han provocado un duro impacto. Pero no es la única cárcel de la dictadura que se había mantenido secreta hasta ahora. La Casa de Piedra, la residencia de Volpone en un sector del Cajón del Maipo, es quizás el cuartel más importante y desconocido de los que tuvo la DINA. Construida en la década de los ‘30 por la familia Bulnes Correa, está ubicada en el primer tramo del camino a Lagunillas, un poco más arriba de San José de Maipo. En 1939 fue comprada por el empresario gastronómico Domingo Fuenzalida, quien en 1955 la vendió a su amigo Darío Sainte Marie Soruco, en $3.500.000 de la época. Más conocido como Volpone, Sainte Marie había fundado un año antes el polémico diario Clarín, que llegó a ser el más vendido de Chile hasta su clausura el 11 de septiembre de 1973. El “tío Chicho” Los 400 metros cuadrados de la vivienda eran tan singulares como su nuevo dueño. A falta de un pasillo, para cruzar desde el living hasta el comedor había que recorrer casi todas las habitaciones, un salón decorado con motivos chinos y el despacho privado de Volpone. Carmen Kaiser recorría anticuarios en busca de adornos, traía telas del extranjero y asistía a remates. En ellos, más de alguna vez se disputó atractivas piezas con el poeta Pablo Neruda. Si bien Volpone tenía otro departamento en Santiago, por un largo tiempo su residencia principal fue la Casa de Piedra. Si al departamento que Volpone tenía en el centro capitalino algunos llegaron a llamarlo “La Moneda chica”, Casa de Piedra fue su residencia principal y un importante centro de reuniones políticas al más alto nivel. Por ahí pasaron las más altas figuras políticas de la época, incluyendo a tres presidentes. Sainte Marie fue un asesor de confianza de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931 y 1952-1958) y luego también muy cercano a Eduardo Frei Montalva (1964-1970). Según recuerdan algunos testigos de la época, el entonces mandatario DC solía llegar acompañado de su esposa María Ruiz-Tagle, y le gustaba que en invierno lo esperaran con sopaipillas. Con Salvador Allende tuvo una compleja y larga amistad. Para los hijos de Volpone llegó a ser simplemente el “tío Chicho”. Allende disfrutaba en esos parajes de unas enormes chuletas de novillo acompañadas de papas con mote -uno de sus platos favoritos- y otras veces conversaba en privado con el dueño de casa al borde de la piscina. Bernardo Leighton, Radomiro Tomic, José Tohá y Carlos Altamirano, entre muchos otros protagonistas de las más altas decisiones del país, asistían a los asados, cenas y reuniones políticas que organizaba Volpone en la enorme mesa del comedor. A Volpone no le gustaba dejar su casa. Se despertaba a las seis de la mañana y mandaba de inmediato a su mayordomo a buscarle, en bicicleta, los primeros diarios del día a San José de Maipo: misión que el hombre debía repetir a medida que iban llegando los matutinos, para que su jefe pudiese leerlos tomando el desayuno en cama. La otra historia La Casa de Piedra quedó a cargo del cuidador Luis Olguín, quien vivía ahí con su mujer y sus dos hijos. Tras el golpe, los militares tardaron un par de días en llegar a la casa de Volpone. Cual película de guerra, lo primero que vio Luis Olguín fueron comandos boinas negras cuerpo a tierra, otros lanzándose en paracaídas desde helicópteros, mientras un grupo amenazaba con echar la reja abajo con una motoniveladora. “Me encomendé a la Virgen del Carmen”, recuerda Olguín, quien fue encañonado junto a su mujer y con pistola en la cabeza tuvo que abrir todas las puertas de la casa. -No dijeron qué buscaban, pero supongo que armamento o si había gente escondida, pero ahí no había nada -cuenta. En un momento, los uniformados empezaron a empujar una puerta batiente por ambos lados y creyeron que alguien oponía resistencia. Dispararon y el militar que estaba al otro lado resultó herido. Se fueron, pero la misma escena se repitió otras cinco veces. Olguín se resistía a partir. Temía que terminaran por destruir los caros muebles que alhajaban la casa. Hasta que lo expulsaron. Lo que pasó después en la Casa de Piedra ha permanecido en secreto hasta ahora. Los habitantes de San José de Maipo comentan que ahí estuvieron los militares, que la usaban para hacer fiestas. La verdad es más cruda. Rosa Acevedo es la vecina más cercana. Su casa está empinada sobre la ladera del cerro por lo que pudo ver algo de lo que ocurría allí abajo. Por temor guardó silencio hasta ahora. Al principio, cuenta, fue ocupada por uniformados. Meses después, éstos fueron reemplazados por civiles. Lo primero que hicieron fue envenenar a todos los perros de los alrededores, de modo de poder entrar a las casas sin guardianes que ladraran. En esa primera etapa los civiles eran en realidad un equipo de elite de la DINA. El recién creado organismo de seguridad entrenaba a sus agentes en las Rocas de Santo Domingo, pero los cursos de inteligencia se realizaban en Casa de Piedra. Así lo declaró el brigadier (r) Pedro Espinoza al ex ministro Juan Guzmán, en el juicio por la desaparición de Juan Maino, dando cuenta de lo que fue la Operación Colombo. Según Espinoza, en mayo de 1974, el general Augusto Pinochet lo destinó a la DINA para que organizara la Escuela Nacional de Inteligencia que funcionó en el Cajón del Maipo, cargo que mantuvo hasta diciembre de 1974. La escuela fue trasladada luego a Rinconada de Maipú. Pero no todo era entrenamiento. Allí se organizaron importantes operaciones. Está judicialmente probado que fue desde la Casa de Piedra que salió el comando encabezado por el oficial de Ejército Armando Fernández Larios que secuestró desde la Penitenciaría al ex gerente de Cobre Chuqui David Silbermann el 4 de octubre de 1974. Tras pasar por diversos cuarteles de la DINA, Silbermann desapareció sin dejar rastro. “Ya después uno empezó a saber qué era la DINA”, reconoce Rosa Acevedo, recordando que los ocupantes de la Casa de Piedra trataron de integrarse con los lugareños: “pedían cosas, circulaban todo el día y se acercaban a hablar de cualquier tema”. Así, jóvenes que usaban nombres falsos ejercían una sutil vigilancia. De eso se percató cuando una vecina terminó casándose con uno de los militares a quien todos le decían Marcelo, pero se llamaba Juan Carlos. Rosa nunca tuvo idea de la Escuela de Inteligencia, pero identifica claramente un cambio del equipo en 1975, cuando comienzan “los tiempos más duros”. También recuerda que en 1975 helicópteros sobrevolaban su casa y aterrizaban en los jardines de la Casa de Piedra. Cree haber divisado en uno de ellos al general Pinochet con sus lentes oscuros, lo cual le confirmó uno de los agentes: Miguel Cifuentes Vargas. Cifuentes vive hoy en la población El Esfuerzo de San José y no quiere recordar nada. Sin embargo, la discreción no era su fuerte cuando vivía en Casa de Piedra. “Fíjese que vino mi general”, le contaba a Rosa Acevedo, y también mencionaba a otros importantes personajes, como José Toribio Merino, Humberto Gordon y Michael Townley. -Se juntaban todos acá -dice la vecina. La presencia de Pinochet fue ratificada en 2005 por el agente de la DINA Ricardo Lawrence ante el ministro Víctor Montiglio, en la investigación sobre el destino de los dirigentes comunistas desaparecidos desde una casa de calle Conferencia. El oficial de Carabineros dijo que los principales dirigentes del PC fueron llevados “a un cuartel en el Cajón del Maipo conocido como La Casa de Piedra” por orden de Germán Barriga (agente que se suicidó en enero de 2005), quien dirigía la Brigada Lautaro de la DINA. -En una de esas visitas se presentó en el lugar el general Pinochet, quien llegó a conocer a Víctor Díaz, secretario general del PC. En esa conversación, Víctor Díaz le dijo a Pinochet que cometía un error al meterse en contra del PC, porque era como intentar vaciar el mar con un balde, algo que nunca se iba a poder lograr. Lawrence también declaró que los dirigentes comunistas fueron asesinados ahí, ensacados y llevados en una camioneta hacia Peldehue, donde fueron subidos en un helicóptero y luego lanzados al mar. Sin embargo, en el mismo proceso se ha determinado que al menos Víctor Díaz fue asesinado en el cuartel Simón Bolívar, aunque no se descarta que otros dirigentes de la comisión política del PC hayan muerto en Casa de Piedra. Se sabe que los cuerpos que llegaron a Peldehue venían de distintos centros, como Villa Grimaldi y Simón Bolívar. Otro rastro del horror en Casa de Piedra fue hallado por el ministro Alejandro Madrid. Investigando la muerte del cabo Manuel Leyton, descubrió que este era uno de los comandos que participó en el lanzamiento de cuerpo de prisioneros al mar. Montiglio recibió testimonios de que Leyton era el que quemaba sus rostros y dedos con un soplete para que no fueran identificados. Algunos de esos capítulos ocurrieron en Casa de Piedra. Para evitar que revelara ese secreto, Leyton fue asesinado con gas sarin en marzo de 1977, luego de haber sido detenido en posesión de dos renoletas robadas, una de ellas pertenecía al detenido desaparecido Daniel Palma, abuelo de la actriz Leonor Varela A juicio del abogado del Consejo de Defensa del Estado Daniel Martorell, Casa de Piedra “no fue un lugar de detenciones prolongadas sino de tránsito”. Hasta ahora la Casa de Piedra no ha aparecido en los listados de centros de detención ni fue mencionada en el Informe Valech. Y esto porque al igual que el cuartel secreto de Simón Bolivar no hay registro de sobrevivientes. Pero hay una excepción. Las hermanas María Teresa y María Magdalena V.K., eran agentes civiles de la DINA y cumplían labores de oficina y de acompañantes de los oficiales. En una declaración policial dejaron testimonio de parte de lo que allí vivieron. -Junto a mi hermana fuimos detenidas y trasladas hasta una casa en el Cajón del Maipo donde fuimos interrogadas separadamente. A mi hermana la maltrataron. El motivo fue que María Teresa tenía una amiga peruana de mucho antes que ingresara a la DINA, y esta peruana trabajaba en la Embajada de Perú, entonces el comandante (Vianel) Valdivieso presumía que nosotras le pasábamos información a esta mujer, lo que nunca ocurrió -relató María Magdalena. -Quedé detenida y encerrada en una pieza de esa casa, durmiendo en una colchoneta en el piso. Por una ventanilla me dejaban ver a mi hermana que estaba en otra dependencia. Permanecí en estas condiciones más de una semana, sufriendo todos los días apremios físicos, me sacaron fotos desnuda y me pusieron corriente a cara descubierta…Presumo que eran de la Agrupación Lautaro, porque cuando terminó todo, pasamos por esta agrupación, me metieron en una pieza, me hicieron desnudar y me sacaron fotografías para presionarme y que no los denunciara -agrega la declaración de su hermana María Teresa. Ambas hermanas viven hoy en la Quinta Región. Noches de juergas La casa, que aún conservaba algo del glamour que tuvo en la época de Volpone, resultaba ideal para eventos muy secretos en los que habrían participado también agentes de otros países Latinoamérica y que se encontraban en Chile en la gestación de la Operación Cóndor, como lo reconoció otro de los agentes que participó en dicha fiesta. Para entonces, y según lo confirmó el ministro Jorge Zepeda que investigó exhaustivamente las operaciones secretas de los jerarcas de la Colonia Dignidad, la casa tenía un sofisticado sistema de comunicaciones a través de una torre y aparatos que fueron instalados por los alemanes de la Colonia. Un sistema especialmente diseñado para las necesidades que exigía el despliegue de la Red Cóndor. Lo aislado del lugar también se prestaba para que los militares que custodiaban la casa organizaran largas y regadas noches de juerga. A Rosa Acevedo le llegaba el eco de la música a todo volumen. Hasta que un día Miguel Cifuentes llegó acongojado: sus compañeros se habían tomado la plata y no tenían provisiones. Lo invitó a comer a condición de que dejara la metralleta en la puerta. Otra de las llegadas de Cifuentes sería imborrable: le pidió manzanas para dar a los “prisioneros”, ya que todos se habían ido y no les dejaron alimento. Así se enteró Rosa que en la Casa de Piedra había detenidos. Pero nunca los vio… -Fue la parte más fuerte, más dura… Porque yo escuché golpes, sufrimiento -confiesa. Durante 1976 aparecieron al menos 14 cuerpos no identificados en el Río Maipo. Los familiares de los desaparecidos recibieron el dato de que en la zona estaba la casa de Darío Sainte Marie, ocupada por organismos de inteligencia. Fue fácil sumar ambas informaciones. Sólo en 1980, Servando Jordán, el primer ministro en visita para casos de desaparecidos, tuvo la confirmación de que la Casa de Piedra había sido un recinto de la DINA. El primero en reconocerlo fue el entonces ministro del Interior, Sergio Fernández, quien respondió por escrito que la CNI, “ha expresado que, en virtud de lo dispuesto en el DS Nº56, de 3.II.77, del Ministerio de Tierras, se asignó a la mencionada ex Dirección (DINA), el inmueble fiscal ubicado en el camino a Lagunillas, comuna de San José de Maipo, que antiguamente perteneció al referido Saint-Marie” Tres meses después Fernández rectificó a través de otro oficio diciendo que en realidad la DINA ocupó la casa antes del decreto “pero se ignora la fecha en que ello ocurrió, como asimismo la persona o personas que estuvieron a cargo de dicho inmueble”. Y Manuel Contreras le precisó en 1981 (20 de noviembre) a Jordán que la casa fue cedida a la DINA en 1974, y que tras la disolución del organismo continuó siendo ocupada por la CNI. “No está en mi conocimiento el hallazgo de cadáveres en las aguas del Río Maipo”, concluye Contreras. El misterio de los cuerpos persiste hasta hoy. Rosa Acevedo recuerda que después de 1980 los militares se fueron de la casa y allí se instaló una familia hasta el regreso de la democracia. Entonces la vivienda fue saqueada y ocupada por drogadictos. No dejaron ni las cañerías. Hasta que la vecina logró avisar a la familia Sainte Marie de que podían regresar. Hoy nadie habita la casona. Salvo Paola, una de las hijas de Volpone que vive en Barcelona y la ocupa cada vez que visita Chile. En el mismo terreno, pero en una casa vecina, vive otro de los hijos de Sainte-Marie, Jean Paul, junto su esposa y sus dos hijos. Todos los días tienen a la vista el añoso nogal a cuyos pies están sepultadas las cenizas del mítico patriarca. |
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