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Escuela de Suboficiales de Carabineros

Santiago

La Escuela de Suboficiales de Carabineros de Santiago, ubicada en la comuna de Macul, fue otros de los recintos utilizados para la detención y tortura de presos políticos.

Fuentes de Información: Informe Valech; La Nacion; Memoriaviva

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La Nacion
Un testimonio de una mujer que vivió el infierno
20 de Noviembre 2004

El testimonio que se entrega a continuación refleja lo que efectivamente es el Informe de la Prisión Política y Tortura. La Nación.cl lo da a conocer a sus lectores autorizado por su autora, una mujer que vivió lo que relata y que no es necesario calificar. Basta sólo con leerlo.

Como ella, miles de mujeres y hombres vivieron algo similar, en distintos grados. Sólo dos reflexiones: esto ocurrió mientras millones de chilenos durante la dictadura se negaron a aceptar que era verdad lo que se denunciaba. Otros que lo supieron, entre ellos los civiles que prestaron sus servicios al régimen de facto, jamás lo denunciaron y hoy quieren pasar por inocentes ignorantes.

Entre los primeros y los segundos, a pesar de los 17 años de dictadura con todos sus crímenes, le dieron a Augusto Pinochet el 43% de los votos en el plebiscito de 1988. Algo muy parecido al apoyo masivo que tuvo Hitler entre el pueblo alemán antes de la derrota del nazismo. 

ASI ME TORTURÓ MANUEL CONTRERAS EL JEFE DE LA DINA DE PINOCHET EN TEJAS VERDES, SAN ANTONIO - CHILE: DECLARACIÓN DE LUZ DE LAS NIEVES AYRESS MORENO

En Nueva York, estado de Nueva York, Estados Unidos de América a ____ días del mes de agosto del año dos mil, ANTE MI, Alvaro Zuñiga, Cónsul General de Chile en esta ciudad, comparece Doña Luz de las Nieves Ayress Moreno (nacida en Chile con el nombre Luz de las Nieves Ayress Moreno, cuidadana chilena, de profesión tutora, domiciliada en Nueva York, Nueva York, EEUU, pasaporte No. 6.347.871-7) mayor de edad, quien demostró su identidad con su pasaporte, y expone:

1. Hago esta declaración para ser presentada como evidencia en los casos pendientes contra el General Augusto Pinochet y sus subordinados en Chile. Esta declaración la hago bajo juramento y en pleno conocimiento del delito de perjurio.

2. Los hechos son los siguientes: Nací en Santiago, Chile el 5 de octubre de 1948. Yo ingresé al Ejercito de Liberación Nacional de Bolivia, un brazo del Partido Socialista en Chile, en el año 1968, y, en 1973, seguía siendo militante y activista del ELN, trabajando con mujeres y niños en las poblaciones. También era estudiante de arte y periodismo en la Universidad de Chile. Posterior al año 1973, milité en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (MIR).

3. A pocas semanas después del golpe de estado, yo estaba en la casa de la madre de una amiga mía que estaba presa, cuando, a alrededor de las 10 de la noche, llegó un grupo de oficiales de carabineros y me arrestaron. Me esposaron y me llevaron primero a la Escuela de Suboficiales de Carabineros, y, después de dos o tres días, al Estadio Nacional. (En el Estadio los carabineros me contarían que la madre de mi amiga me había nombrado con la esperanza de salvar a su propia hija.) En la Escuela de Suboficiales, me golpearon y me dieron cachetazos. También me tocaban el cuerpo, amenazándome con avances sexuales, y me insultaban. A los presos nos tenían en unas celdas que quedaban en la parte de atrás de la Escuela, en las caballerizas.

4. Después los carabineros me llevaron al Estadio Nacional, donde estuve presa alrededor de dos semanas, siempre a cargo de carabineros y no de los militares. Me tenían en una de las torres del Estadio, sola. Yo veía abajo a los otros presos, pero ellos no me veían a mí. A menudo me interrogaban, a golpes y puñetazos, siempre encapuchada. También me insultaban; mis interrogadores tenían acentos brasileros. Eventualmente un oficial me llevó a mi casa y me dejó en libertad.

5. Me detuvieron nuevamente a mediados de enero del 1974. Yo estaba en la fábrica de mi padre, que manufacturaba artefactos de laboratorios en San Miguel, cuando llegaron muchos hombres armados, algunos con uniformes y otros no. Entre ellos estaba "El Comandante Alberto el Esteban", un hombre que había infiltrado a varios grupos y movimientos de izquierda. Yo nunca confié en él, pero un compañero del Partido Comunista le había dado mi nombre de guerra y nos habíamos visto, así que él fue el que me identificó cuando me arrestaron. (Después salió en los medios de comunicación que había un "Plan Leopardo," una supuesta acción que pretendía hacer un atentado contra las torres de alta tensión que estaban en la población Violeta Parra. Todo esto del plan fue inventado por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) para justificar el asesinato de todo el grupo de Legua. Yo caí a raíz de el supuesto "Plan Leopardo".)

6. De la fábrica me llevaron a la casa de mis padres, también en San Miguel, y ahí tomaron preso también a mi padre, Carlos Ayress y mi hermano Carlos ''Tato'' Ayress, y otros amigos que estaban en la casa. Yo me enteré cuando estaba en la calle Londres que ellos también estaban detenidos.

7. De nuestra casa me llevaron al centro de torturas en la calle Londres, donde permanecí alrededor de dos semanas en una celda, sola e incomunicada. Aquí fui torturada brutalmente. Los métodos de tortura incluían golpes, y choques eléctricos a todas las partes más sensibles del cuerpo, como los senos, los ojos, el ano, la vagina, la nariz, los oídos, y los dedos. También usaban un método de tortura que se llamaba "Pavo de Arara", en el cual me amarraban los pies y los brazos, me colgaban cabeza abajo, y me aplicaban choque eléctrico al ano. Otro método de tortura que usaban es "el teléfono," en el cual me golpeaban con fuerza los dos oídos simultáneamente. Me torturaban desnuda y encapuchada. Fui torturada en la presencia de mi padre y hermano, y una vez me forzaron a intentar el acto sexual con mi padre y hermano. Me forzaban a presenciar las torturas de mi padre, de mi hermano, y de otros conocidos que estaban presos. Varias veces en el baño de Londres me violaron.

8. En una ocasión me subieron a un camión, de noche. Yo estaba encapuchada, y no podía ver. Me dijeron que me iban a matar, y yo perdí la conciencia. Luego me acuerdo de que alguien me empujó, y yo me caí del camión. Al borde del camino escuchaba como pasaban los autos. No sé si estaban intentando matarme; no estoy segura que pasó después.

9. Aunque no supe quienes eran mis torturadores en el centro de la calle Londres, me acuerdo que tenían acentos extranjeros, argentinos y paraguayos. Ellos me convencieron que estábamos en Buenos Aires. Una vez durante las torturas me vino un choque al corazón, o algún tipo de ataque de corazón, y los torturadores se asustaron. Escuché una voz chilena que dijo dónde tenían que ir a buscar medicina, en la calle Arturo Prat, y así es como supe que estaba en Santiago. De ahí en adelante me torturaban hombres con acentos chilenos. M. D., quien después supe que había dado mi nombre bajo tortura, también estuvo en Londres durante este tiempo.

10. En febrero, probablemente a principios de febrero, me trasladaron a Tejas Verdes, y estaba nuevamente incomunicada, en una celda que estaba en un grupo de cabañas que se habían construido bajo el Presidente Allende como un lugar de veraneo para los trabajadores. El centro de torturas quedaba al otro lado de un puente, en el subterráneo de un edificio, donde habían celdas de cementos. Como siempre estaba encapuchada cuando me llevaban, no sé bien como era ese edificio.

11. Tejas Verdes era el lugar donde entrenaban a los militares para ser torturadores, y ahí sufrí torturas brutales. Me forzaban a hacer actos sexuales con un perro que había sido entrenado para participar en torturas. Colocaban ratas adentro de mi vagina, y luego me daban choques con electricidad. Al recibir el choque, las ratas se desesperaban y hundían sus garros en la carne de mi vagina. Se orinaban y defecaban en mi cuerpo, introduciéndome el virus toxo plasmosis. Los torturadores me violaron en muchas oportunidades, y me tocaban sexualmente, insultándome, y forzándome a tener sexo oral con ellos. Me cortaban con cuchillos; una vez me cortaron las primeras capas del vientre con un cuchillo, y perdí mucha sangre. También me cortaron las orejas. Aún tengo las cicatrices. Otro método de tortura era que amarraban mis brazos y pies, yo estando tendida sobre una mesa, y luego me estiraban los brazos y las piernas hasta que perdían la circulación. Muchas veces me torturaban sin interrogarme. Yo no sabía por qué me seguían torturando.

12. Una vez fui torturada directamente por Manuel Contreras, a quien lo pude divisar porque la venda que cubría mis ojos estaba floja. Después lo reconocí en fotos. El me torturó con otra mujer, una alemana que estaba presa y quien a veces la torturaban conmigo porque pensaban que nos parecíamos y que quizás éramos hermanas.

Ella era la ex-mujer de Bautista van Schown. Contreras daba órdenes y supervisaba, pero también participaba directamente en las torturas. En esta sesión, él me golpeó, me dio cachetazos, y me insultó.

13. En Tejas Verdes yo me puse muy débil y enferma; mi vagina y útero estaban infectados y muy dañados por la tortura. Un sargento me traía paños y vinagre para que me tratara de curar. Una vez me dijeron que yo había tratado de suicidarme, y me mostraron un cordel colgado del techo de mi celda, pero yo no tengo recuerdo de haberlo puesto ahí, y pienso que quizá ellos lo pusieron. A través de un pequeño hoyo en mi celda yo podía ver a quienes pasaban; a veces veía a mi hermano y mi padre. A mi solo me veían los otros presos cuando los guardias me llevaban al baño. A M D. también la habían trasladado a Tejas Verdes, pero no estaba incomunicada.

Ella es testigo de que yo estaba en Tejas Verdes, y probablemente vio en la condición débil en que me encontraba. Yo también fui testigo de cómo torturaban a una mujer embarazada, que se llamaba Ana María.

Un doctor la supervisaba, y les decía a los torturadores cuándo podían seguir.

14. En marzo de 1974 fui trasladada a la Cárcel de Mujeres en la calle Vicuña Mackenna, en Santiago, que estaba bajo la administración de una orden de monjas carceleras. Aquí yo estuve en libre plática, y me quedé en un patio con las otras presas políticas; a las presas políticas nos tenían apartados.

15. En abril me di cuenta que estaba embarazada, y esto lo confirmó el Dr. Mery, un doctor militar que ejercía en la Universidad Católica, y quien me dijo que yo debiera estar orgullosa de tener un "hijo de la patria". Mi embarazo causó gran controversia. A estas alturas mi caso era internacionalmente conocido, debido a los esfuerzos de mi madre y familia de denunciar lo que me estaba pasando, y también a que una mujer que estuvo presa conmigo en la cárcel de mujeres de Vicuña Mackenna había logrado sacar al extranjero una declaración mía. Fuí entrevistada por la Cruz Roja Internacional, la Comisión Kennedy, Amnistía Internacional, la Comisión Internacional de Derecho Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas, por el Obispo Aristía de Santiago, un Dr. Phillippe, y por el Cardenal Raul Silva Henríquez, quien venía a ver a su sobrina, que también estaba presa. Un grupo de esposas de militares vino a visitarme, y me prometieron la libertad si yo no hacía mas declaraciones sobre mi embarazo y mi tortura, y me amenazaron con quitarme mi hijo una vez que naciera.

16. Las monjas ofrecían ayudarme a pedir permiso para un aborto. Yo no era religiosa, pero por estar en una cárcel cuidada por religiosas, tenía que elevar una solicitud al cardenal, y del cardenal al Papa. En Chile el aborto es penado por la ley de cinco años y un día. Yo estaba muy mal físicamente, y si me hacía un aborto clandestino en la prisión me podía morir, y por tal motivo decidí tener el hijo. Después de haber sobrevivido meses de tortura y detención, no les iba a dar el gusto a los militares de morirme. Sin embargo, en abril o mayo, comencé a tener mucho dolor en el vientre, y a perder coágulos de sangre. Aborté en forma espontánea. No recibí atención médica durante el embarazo ni la pérdida.

17. Yo nunca tuve un proceso legal. El General Bonilla, quien se interesó en mi caso, mandó un oficial a entrevistarme a la cárcel acerca de mi embarazo y del abuso sexual y otras torturas que había sufrido. En esta entrevista, el oficial me dijo que en un momento hubieron tres distintos procesos en contra mí, pero que los procesos eran tan contradictorios uno con el otro, que las cortes militares se declararon incompetentes en mi caso. Después hubo una orden de trasladarme al campo de concentración Pisagua, con pena de fusilamiento, pero el General Bonilla la bloqueó; él no estaba de acuerdo con el trato de los prisioneros y las prisioneras. Sin embargo, fuí condenada a estar presa "en virtud del estado de sitio."

18. Dos presas, M .D. y María Emilia Tijaux, estaban conmigo en la cárcel de mujeres, y son testigos del estado débil en que me encontraba. Eventualmente mi caso se puso demasiado complicado debido a toda la controversia que estaba causando, y, como no tenía condena oficial de la corte, en marzo del 1975 me trasladaron a Tres Alamos.

19. En Tres Alamos, donde permanecí hasta diciembre del 1976, fui sometida nuevamente a violaciones, amenazas, insultos, y otras torturas sicológicas. El Comandante Pacheco, quien estaba a cargo de Tres Alamos, me abusaba constantemente, sometiéndome a acosos sexuales durante casi dos años. Le gustaba pasearse por el campo de concentración conmigo a su lado. Yo estaba muy débil, y me desmayaba con frecuencia. Me quedaba en una celda con ocho otras compañeras. Otra presa, Marcia Scantlebury, también fue muy abusada por el Comandante Pacheco.

20. En la primavera, no me acuerdo en qué mes, nos trasladaron a las prisioneras de Tres Alamos por un mes a Pirque, en la cordillera, porque venía a Chile un grupo de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, y querían evitar una visita a Tres Alamos. Fue para dar una buena imagen ante la delegación de la ONU. Yo estaba muy deprimida, y me sentía ansiosa. Comía y lloraba mucho. La belleza del lugar de alguna manera me quebró sicológicamente.

21. Después de un mes nos llevaron de vuelta a Tres Alamos. Seguimos organizándonos para hacer trabajos de artesanía para vender afuera. Nacieron tres guaguas, y las cuidábamos entre todas. Mi madre y mis tías me visitaban en Tres Alamos. En esta época mi madre estaba haciendo las gestiones para que yo pudiera salir a Alemania.

22. En diciembre, salí expulsada de Chile por la dictadura con 17 compañeros y compañeras. La dictadura publicó un decreto especial para expulsarnos, dejándonos sin derecho de regreso. En esta lista estaban Gladys Díaz, Víctor Toro, Luis Corbalán, y 15 compañeros más. Muchas organizaciones internacionales, como la Cruz Roja, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas, y "CIME", ALTO COMISIONADO DE LA N.U. y la solidaridad de los pueblos del mundo, ayudaron a sacarme. En Berlín tenía conocidos, y me quedé con Nuria Nuñez, y también con Gilde Botay. En este tiempo me dedicaba a denunciar públicamente lo que estaba pasando en Chile, y viajé mucho.

23. En octubre o noviembre del 1977, me fui a vivir a Cuba, y ahí recibí atención médica en el Calixto García, un hospital de La Habana. Me trataron por un virus toxo plasmosis, con el cual había sido infectado por las ratas, y que ataca la córnea del ojo. No podía tener hijos, y me reconstruyeron la vagina y todo mi cuerpo para poder engendrar. También me trataron por infecciones vaginales, por decalcificación, y por sordura, causada por la tortura "el teléfono." Me operaron las pies, que me habían golpeado mucho, y me arreglaron las cicatrices que tenía en el vientre y en las orejas. No me acuerdo de todos los tratamientos que recibí. El hospital tomó interés en el caso de mi familia, y nos entrevistaron a mí, a mi padre y a mi hermano, y nos dieron terapia psicológica. Cuba era la única parte del mundo donde nos podíamos operar ya que el costo era muy alto y ahí todo fue gratis.

24. He tenido muchas secuelas físicas y sicológicas debido a la tortura que sufrí en Chile. Tengo dolor permanente en el cuello, las manos, las rodillas y los pies. Tengo marcas y cicatrices en todo mi cuerpo. Cuando veo una rata, tengo un reflejo de dolor en mi vagina. También tengo un estado de ansiedad constante, y he tenido pesadillas y depresión. He superado algunas de las secuelas sicológicas, por ejemplo, el miedo al encierro que me surgió a causa de las violaciones que sufrí en el baño del centro de torturas de la calle Londres. Pero sigo siendo muy sensible emocionalmente. Mi familia fue destruida, dividida y toda mi vida cambió después del golpe militar.

25. Estoy dispuesta a viajar a Chile para atestiguar sobre mi caso, y los casos de mi hermano y mi padre.

ANTE MI QUE DOY FE: Luz de las Nieves Ayress Moreno.

 

La Nacion
Domingo 3 de agosto de 2003
Relatos de las víctimas uniformadas del 11 de septiembre: Ni orden, ni patria 

Luego del Golpe de Estado de 1973, un grupo de oficiales de Carabineros fue acusado por el general César Mendoza de “tener influencias marxistas”, enjuiciados dentro del proceso al general Alberto Bachelet y marginados de la institución, a cuyos cuarteles aún tienen dificultades para ingresar, pese a que fueron absueltos. A 30 años de los hechos cuentan su historia y piden justicia por el trato recibido.

Cerca de las diez de la mañana del 12 de septiembre de 1973, mientras el país aún no se recuperaba del impacto del golpe de Estado y se vivía el primer día de gobierno militar, el mayor (R) Eduardo Núñez Perrow estaba retenido en el casino de la Escuela de Suboficiales de Carabineros sin comprender qué estaba sucediendo en un Chile que comenzaba a cambiar para siempre.

En el patio, efectivos atrincherados lanzaban locos disparos defendiéndose de un supuesto ataque del MIR que, por cierto, nunca ocurrió. Pese a su calidad de retenido, y respondiendo al cargo de jefe de régimen interno de dicha dependencia que aún creía poseer, Núñez detuvo la balacera y atravesó el recinto para llegar a su oficina y comunicarse con su mujer. Al verle llegar y levantar el teléfono, un carabinero dejó su puesto de guardia, hecho que ni la orden de su superior evitó. “Dile a los niños que mejor entren a la casa”, advirtió el entonces mayor a su esposa. Al salir Núñez de la habitación, el director de la Escuela de Suboficiales, coronel Lautaro Melgarejo, lo golpeó y lo botó al suelo mientras lo insultaba y acusaba de estar contactándose con elementos del MIR. “Llévenselo al medio del patio para fusilarlo” fue la orden de Melgarejo. Años después y poco antes de morir, acota Núñez Perrow, “me pidió disculpas por haber hecho eso”

El recuerdo aún está fresco en su memoria, pero lo relata con tranquilidad, la misma que con que enfrentó a su superior cuando éste le sacó a tirones las presillas de su uniforme. “Lo único que quería saber era por qué me querían matar, nunca tuve absolutamente nada que ver con política. Mi posición fue contraria al golpe, Carabineros estaba identificado con la Constitución, con la defensa de la vida y la integridad de los ciudadanos. En consecuencia, una adhesión a un movimiento golpista era olvidarse de lo que era ser carabinero”, afirma Núñez.

HISTORIAS REPETIDAS

La historia de este oficial es similar a la vivida por cerca de 50 carabineros, quienes -al negarse a participar del golpe de Estado que derrocó el gobierno de Salvador Allende- fueron separados de la institución y tachados de peligrosos y marxistas.

A 30 años de lo ocurrido, no sólo Núñez tiene esas imágenes vivas.

Los mayores (R) Víctor Derviniadis Paredes, Zenón García Gallardo y el capitán (R) Oscar Díaz Ortiz también quieren justicia, ya que mientras las otras ramas de las Fuerzas Armadas han hecho gestos por reincorporar al personal separado de sus filas tras el golpe de Estado, Carabineros aún los mantiene “marcados” en los archivos de la Dirección General.

Además, y pese a que la prohibición “de libre acceso a aquellas dependencias que no fueran las destinadas a la atención de público” para el personal que aparece en un listado secreto que las FF.AA. elaboraron en 1973 fue dejado sin validez en 1999, algunos de ellos han tenido dificultades objetivas producto de esa prohibición, por ejemplo, cuando a uno de ellos le fue vedado el acceso a una comisaría, donde pretendía ingresar en su calidad de abogado.

Tras varios intentos frustrados por regularizar su situación, en enero de 2003 una parte de este grupo presentó una demanda en contra del fisco por daños y perjuicios provocados por las torturas y vejámenes que sufrieron, tanto de parte de sus propios compañeros como por funcionarios de la Fuerza Aérea en la Academia de Guerra, en el proceso denominado “contra Bachelet y otros”, en que finalmente fueron absueltos.

BUSCANDO EQUIDAD

A fines de los convulsionados años 60 en Carabineros había un grupo de oficiales que, además de preocuparse del orden, la seguridad ciudadana y hacer cumplir las leyes, miraba más allá y buscaba respuestas a sus inquietudes sociales. Y la caridad, siempre debe partir por casa.

 “Queríamos hacer cambios en Carabineros, terminar con las diferencias odiosas. Había que terminar con eso de que sólo los oficiales eran ‘señores’. Nosotros sosteníamos que genéricamente todos debían ser oficiales, pero Carabineros siempre ha estado más cercano a la estratificación militar que a lo policial, debido a su origen”, dice el mayor (R) Víctor Derviniadis, quien en 1973 estaba a cargo de la 17ª Comisaría de Radiopatrullas, en la que prestaba servicio como teniente el actual general director de la institución, Alberto Cienfuegos.

Las discriminaciones sociales y la mala situación en que vivían algunos carabineros era motivo de preocupación para Derviniadis, quien junto a Zenón García se movilizó para conseguir viviendas dignas para los carabineros, las que fueron entregadas en 1972 en la Prefectura de Radiopatrullas en un acto que, señala Derviniadis, “la Dirección General no tomó en cuenta”.

Por esta preocupación social que buscaba elevar la condición del carabinero, comenzaron a ser tachados de reformistas tanto en la prensa de derecha como al interior de Carabineros. “Nuestros mismos compañeros se encargaban de indisponernos, estábamos marcados, no como marxistas, pero como tipos más evolucionados que queríamos hacer más cosas, éramos adelantados a nuestra época”, recuerda Víctor Derviniadis desde su oficina en calle Teatinos, donde actualmente mantiene una empresa de seguridad.

Zenón García rememora la época en que estuvo destinado en el sur del país, “donde me tocó llegar a casas con el piso de tierra, con familias enteras con tuberculosis en una situación deplorable. Entonces uno va viendo muchas injusticias y va tomando conciencia”.

Esta situación, sumada a su inquietud por estudiar derecho, fue marcando un perfil algo distinto al carabinero común y corriente, que vio con buenos ojos la llegada de Salvador Allende a la Presidencia de la República “por todos los cambios sociales que se proyectaban que, si se lograban, eran realizaciones que eran buenas desde todo punto de vista”.

Desde su cargo de comisario de la 1ª Comisaría de Arauco, en Lebu, el capitán (R) Oscar Díaz también veía nacer estas inquietudes. “Una vez fui a Cunco y encontré al carabinero Walter Illanes Sánchez viviendo en una verdadera pocilga con su señora, por lo que hablé con el general Antonio Díaz de quien yo era ayudante, para que pudiera ocupar las dependencias del casino de suboficiales, pese a que la Dirección General no lo permitía” cuenta Díaz, quien meses después sufrió aquello de ‘las vueltas de la vida’: el 11 de septiembre, tras su detención, el carabinero a quien había ayudado lo reemplazó en el cargo de comisario y, mientras él era trasladado en calidad de detenido hacia Santiago, utilizó el patio de su casa donde aún vivía su esposa, embarazada de seis meses, como lugar de tiro y práctica con ametralladoras.

 “Mi señora tuvo que ser operada y mi hija nació prematura, debió ser operada del corazón y aún no logra recuperarse”. 

UN GOLPE BAJO

Llegaba 1973 y la tensión en Chile se respiraba en todos los rincones. Carabineros ya sufría una división en su interior y comenzaban a destacar los oficiales constitucionalistas “y los conspiradores que estaban liderados por el general Arturo Yovanne desde Valparaíso, iba a los casinos, se contactaba con los oficiales y organizaba todo” señala García.

La figura del entonces general director, José María Sepúlveda, es señalada como clave por este grupo de ex uniformados, pues le adjudican la responsabilidad de no haberse opuesto al golpe y de tener “una actitud ambigua”.

El 29 de junio de 1973, cuando se produjo el “Tancazo”, el general Sepúlveda se encontraba fuera del país en una gira de carácter diplomático. Tras lo que se ha llamado el ensayo general del posterior golpe de Estado, Sepúlveda no apuró su regreso al país, lo que cayó mal en cierto sector de la oficialidad de Carabineros.

“Yo me sentí derrotado en el momento que el Presidente Allende confirmó en el cargo al general Sepúlveda, porque sabía que él no iba a ser capaz de oponerse al golpe que ya se estaba preparando y que yo intuía iba a producirse el 18 de septiembre o antes”, señala Zenón García recordando, además, que el candidato para reemplazar a Sepúlveda era el general Rubén Álvarez Oyarzún, quien era un conocido constitucionalista, y que luego fue señalado como “pro marxista” por la fallecida diputada del Partido Nacional Silvia Pinto en un reportaje de la revista Qué Pasa, entonces dirigida por el historiador Gonzalo Vial Correa, publicado sólo cinco días antes del golpe.

Tal como lo esperaba el mayor (R) García, el 11 llegó y aquellos carabineros “adelantados a su época” inmediatamente fueron separados de la institución. Con los días sufrirían torturas físicas y psicológicas.

“Solicité permiso para irme a la casa de mi suegra en Valparaíso y me trasladé con mi mujer y mis hijos. A los cuatro días de estar allá se produjo un tremendo y desmedido operativo con 50 carabineros a cargo del mayor Néstor Paiva Valdés, en el cual allanaron la casa de mi suegra e incluso la arrinconaron a ella y a mis hijos con ametralladoras” recuerda el mayor en retiro Derviniadis.

“Al ser detenido fui desvinculado del cargo y ahí se acabó Carabineros para mí, porque pasé a ser un prisionero, me retiraron la Tipcar, el revólver. Derviniadis, a quien se calificó como “hombre de confianza del régimen marxista, siendo que jamás conocí al Presidente Allende”, fue trasladado a la Prefectura de Valparaíso, donde el entonces teniente coronel Rodolfo Stange le mostró la orden de detención, causa 1-73 “contra Bachelet y otros”, donde se ordenaba su inmediato traslado a Santiago en calidad de detenido e incomunicado. “Yo no sabía qué pasaba, no conocía al general Bachelet. Stange me dijo ‘lea atrás’. Ahí se consignaba que yo era mayor de Carabineros, que estaba armado, que era altamente peligroso, y que estaría reunido con otros individuos en el cerro Playa Ancha. Ahí me expliqué la ferocidad con que entraron a la casa de mi suegra, porque se les notaba su odio”, recuerda Derviniadis.

EN LA ACADEMIA DE GUERRA

Zenón García corrió la misma suerte. “A las once de la mañana del 11 de septiembre el coronel Lautaro Melgarejo me dice que soy prisionero de guerra y de ahí tuve que defenderme ante la fiscalía. Me tuvieron detenido, luego llegó la orden de dejarme en libertad y al otro día fui a la escuela a dejar mis uniformes y todo, no quería saber nada más con Carabineros”.

García y Derviniadis -junto al fallecido mayor (R) y periodista Juan Bastidas- se encontrarían días después en la Academia de Guerra, donde según cuentan, “tenían todo preparado, los que iban a estar a cargo de los consejos de guerra e incluso tenían una radio que alcanzaba a tomar una señal desde Cuba donde escuchaban los discursos de Fidel Castro, para crear ambiente e imaginarse que estaban en una guerra real, peleando con el enemigo”. 

Luego de ser sometidos a diversas torturas -que incluyeron golpes y aplicación de electricidad- ordenadas por el fiscal a cargo de la causa “contra Bachelet y otros”, Orlando Gutiérrez, fueron obligados a firmar una declaración y trasladados a la Escuela de Carabineros.

Allí, si bien no sufrieron apremios físicos, fueron sometidos a diversos vejámenes, como darles comida empapada en orina y excremento. “Aún causa asco recordarlo” señala Derviniadis, mientras que García prefiere olvidar “por una especie de autodefensa, para mi higiene mental”.

Una vez en libertad, Víctor Derviniadis partió al exilio en Canadá, mientras Zenón García, Eduardo Núñez y Oscar Díaz permanecieron en Chile, “en pésimas condiciones y constantemente perseguidos”, cuenta este último.

TODO SIGUE IGUAL

En los ochenta formaron el Taller de Estudios Policiales, entidad que publicó boletines, realizó foros y charlas donde criticaron la forma cómo se estaba manejando la institución, sobre todo porque “había pasado a ser una entidad netamente represora luego que el general César Mendoza le entregara la institución al Ejército” afirma Zenón García.

Con el retorno a la democracia la situación no cambió. Previo a las elecciones presidenciales de 1989 este grupo manifestó todo su apoyo a la candidatura de Patricio Aylwin, pero después se llevaron una sorpresa. “El difunto mayor Juan Bastidas, estando en la Intendencia de la Décima Región, se acercó al Presidente Aylwin y le preguntó por la situación de los exonerados de las FF.AA. y éste le contestó que no existían los exonerados en las FF.AA. Nos negó pese a que nosotros habíamos trabajado por él”, cuenta hoy con desencanto Oscar Díaz desde su casa de La Cisterna.

Luego, la primera Ley de Exonerados Políticos no los consideró y la segunda, de 1998, les compensó en cierta medida, pero no en lo que ellos solicitan. “Quiero que me restituyan a mi escalafón, porque me cortaron ilegalmente la carrera donde seguramente hubiera llegado a general por lógica consecuencia de ver quienes llegaron después a ese puesto” dice Eduardo Núñez.

Además, “una pena por un delito criminal dura 15 ó 20 años, pero nosotros estamos así para toda la vida y no cometimos ningún delito, al contrario, yo no tuve absolutamente nada que ver con política porque mi llamado a retiro no tuvo un fundamento y, al parecer, fue una confusión porque había un carabineros de apellido Núñez que se relacionaba con alguna gente de los cordones industriales”, aclara Núñez Perrow.

Oscar Díaz piensa que “así como el general Mendoza dio la orden de expulsarnos, como Pinochet prohibió que nosotros pudiéramos acceder a trabajos en el sector público o privado, el general Cienfuegos podría hacer lo mismo y reconocer que quienes estuvieron apegados a la institucionalidad fuimos nosotros y no ellos que gozan de las prebendas y beneficios que les dio la dictadura”.

Actualmente Víctor Dervianidis y Zenón García viven sus días laborales en el centro de Santiago, mientras Oscar Díaz atiende un negocio de lavado de automóviles y Eduardo Núñez dirige su escuela de yoga clásico en Ñuñoa. Separados en el diario vivir, pero unidos por el recuerdo de su injusta salida de una institución a la que dedicaron más de dos décadas y donde siempre defendieron la Constitución y el uniforme.

"ALGUIEN ME VA A TENER QUE PAGAR LOS DAÑOS"

El 24 de enero pasado, con el patrocinio del abogado Eduardo Echenique, los mayores (R) Víctor Derviniadis, Eduardo Núñez y Héctor Salinas junto con los capitanes (R) Oscar Díaz y Jaime Silva, presentaron una demanda ante el Primer Juzgado Civil por indemnización de perjuicios en contra del fisco.

“A nosotros no nos dejaría felices un arreglo honorífico, que podamos entrar a los clubes o a los casinos. Hemos sido tratados como delincuentes siendo que los delincuentes fueron ellos, que incluso tuvieron que ampararse en la Amnistía. A mí alguien me va a tener que pagar los daños sufridos”, señala Derviniadis.

El controvertidolistado secreto
En 1999 estos ex carabineros presentaron un recurso de protección por la existencia de un listado secreto -al que La Nación Domingo tuvo acceso-, que prohibía a cerca de mil 500 ex funcionarios de todas las ramas de las FF.AA. ingresar a los cuarteles porque “su presencia podría facilitar la oportunidad para trabar contactos con elementos jóvenes, aún no compenetrados profundamente de la tradición y mística institucional, fáciles de ser persuadidos por ideologías foráneas”.

En el comparendo, el abogado de la Dirección General reconoció la existencia de este listado secreto, pero aclaró que mediante otro documento con el mismo carácter había quedado sin validez. Esto fue confirmado por el jefe del Departamento de Comunicaciones de Carabineros, coronel Raúl Retamal, quien señaló a LND que “mediante la circular N° 1.546 de fecha 27 de Diciembre de 1999, Carabineros de Chile dejó sin efecto tal prohibición, por haberse constatado que sus prescripciones habían caído en desuso desde hacía algunos años”.

Sin embargo el año pasado al mayor Víctor Derviniadis no pudo obtener la TIPCAR y, a través de una averiguación que le hizo el general (R) Claudio Calderón dado que tras los trámites no obtuvo una notificación oficial, supo que le fue negada porque tenía “antecedentes en la computadora de la


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